Obsesión prohibida (Fantasías prohibidas picantes nº 4) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Wisteria

Dos años después…

Dos años después, y sigo sin poder evitar trajinar en la cocina, aunque esté de siete meses.

Llevo en equilibrio un plato rebosante de huevos revueltos y tostadas, ignorando cómo Ronan entrecierra los ojos en cuanto entro en el comedor.

—Sugar —dice, con esa voz grave de advertencia—, deja ese plato. Estás demasiado embarazada para andar con esto.

Lo dejo frente a él de todos modos, con una sonrisa dulce.

—Estoy bien.

El aroma de las tortitas recién hechas llena el aire mientras me acomodo en mi silla.

Mi mirada se dirige a él al instante: está cortando un pequeño triángulo para nuestra hija, lo desliza con suavidad en su tenedor y se lo ofrece como si sirviera a la realeza.

Ella lo coge, pero falla a la primera y se le queda una mancha de nata montada en la mejilla.

Él se la limpia con la esquina de una servilleta y su expresión se suaviza. Se me encoge el corazón.

Cuando levanta la vista, me pilla mirándolo.

—¿Qué? —pregunta.

Apoyo la barbilla en la mano y dejo que mi sonrisa se vuelva lenta, un poco soñadora.

—Solo pensaba que hice bien en quedarme embarazada otra vez. Te mereces otro hijo al que mimar.

Su sonrisa se ensancha, lenta y varonil.

—Y te lo agradezco, señora Silver. Te quedaste embarazada tan pronto después de nuestra hija… que apenas te he visto sin esta preciosa barriga.

Su mirada desciende hasta mi vientre, con los ojos cálidos y esa mezcla de orgullo y posesividad que siempre me hace estremecer.

—Quizás me gusta que me veas así —bromeo.

—Me gusta más que eso —dice—. Ahora… ¿quieres que te masajee esos tobillos hinchados?

—Acepto esa oferta.

—Estira las piernas debajo de la mesa —ordena.

Apoyo un talón sobre su rodilla y él empieza a amasarme el arco del pie con los pulgares. Cierro los ojos con la primera presión profunda.

—Dios, qué bien se te da.

—Se me da bien cuidarte —dice sin perder el ritmo.

Sonrío con suficiencia y abro los ojos.

—Mira quién habla, el hombre que todavía hace la mitad de la crianza, cuando se supone que yo soy la esposa tradicional que se encarga de todo lo de los niños.

Arquea las cejas.

—¿Se supone?

—Ese era el trato —digo, fingiendo severidad—. Yo me encargo de la casa, las comidas y los niños. Tú… trabajas y estás guapo con traje.

—¿Y si quiero hacer las dos cosas? —contraataca mientras me masajea justo donde más lo necesito.

—Entonces supongo que me estás mimando —digo, conteniendo una sonrisa.

Se inclina ligeramente sobre la mesa con una sonrisa de suficiencia.

—Si te estoy mimando, ¿por qué sigues preparando el desayuno estando de siete meses?

—Porque me encanta. Nunca noto los dolores cuando lo hago para vosotros dos.

Su expresión se suaviza.

—Aun así, me propongo que pases menos tiempo de pie.

Pasa a mi otro pie y dejo escapar un pequeño suspiro, hasta que un dolor agudo me atraviesa el pecho. Bajo la mirada y veo unas manchas húmedas extendiéndose por mi camisa.

Él lo nota al instante y se le oscurece la mirada.

—¿Te duelen los pechos?

Asiento.

—Un poco.

—Me encargaré de ellos después del desayuno —dice, bajando la voz.

Mis labios se curvan.

—¿Lo prometes?

—Come —dice con firmeza—. Luego ve a nuestro dormitorio. Hoy voy a dejar a nuestra hija con sus abuelos. Llevan tiempo suplicando que se la llevemos.

Sonrío, ya imaginando el resto del día.

—Bien. Porque tengo muchas ganas de pasar un tiempo a solas contigo.

La mirada que me lanza desde el otro lado de la mesa deja muy claro que ya está planeando exactamente cómo transcurrirá ese tiempo a solas.

Me siento en el borde de nuestra cama con el corazón latiéndome de anticipación mientras espero a Ronan.

Estoy completamente desnuda, con mi vientre redondo asomando orgulloso, testimonio de la vida que crece dentro de mí.

Tengo los pechos pesados y llenos, con regueros de leche materna seca que decoran mi piel como una obra de arte secreta e íntima.

Me encanta la sensación de gotear leche; es un recordatorio constante del milagro que está ocurriendo en mi cuerpo.

El sonido de sus pasos resuena por la casa, cada vez más fuerte a medida que se acerca a nuestro dormitorio.

Mi coño se contrae de anticipación, ya húmedo y listo para él.

La puerta se abre, y ahí está: mi esposo, el amor de mi vida, tan guapo como siempre.

Viene sin camisa, dejando a la vista los duros planos de su pecho y los músculos marcados de sus abdominales.

Dos años juntos no han hecho nada por disminuir su atractivo salvaje y masculino.

Sus ojos se encuentran con los míos y una sonrisa hambrienta, depredadora, se extiende por su rostro.

—Joder, Sugar —gruñe con voz baja y ronca—. Pareces un jodido festín, preciosa y embarazada, lista para que te devore. Voy a follarte hasta que no puedas ni pensar.

Se acerca a mí con paso firme, sin apartar los ojos de los míos. Cuando llega a la cama, me toma el rostro entre las manos y me besa profundamente, con su lengua explorando mi boca con un hambre que iguala la mía. Gimo contra sus labios, mi cuerpo ya anhelando más.

Se aparta y va dejando un rastro de besos por mi cuello, mi clavícula, hasta llegar a mis pechos.

Se lleva uno a la boca, chupa suavemente al principio, luego con más fuerza, y me arranca un jadeo de lo más hondo.

Mis manos se enredan en su cabello mientras se deleita con mi carne, con la boca codiciosa e insistente.

—Tu leche sabe tan jodidamente dulce, Sugar —murmura contra mi piel, cambiando a mi otro pecho—. No me canso de ella.

Bebe de mí con la boca caliente y húmeda, enviándome descargas de placer directamente al centro.

Mi coño palpita de necesidad, con el clítoris hinchado y sensible.

Parece percibir mi desesperación, porque su mano se desliza entre mis piernas y sus dedos encuentran mi clítoris para rodearlo lentamente.

—Ronan —gimo, moviendo las caderas contra su mano—. Por favor...

Suelta mi pecho con un suave chasquido, los ojos oscurecidos de deseo. —A cuatro patas, Sugar —ordena—. Quiero ver esa hermosa barriga de embarazada rebotar mientras te follo.

Obedezco al instante, me doy la vuelta y me ofrezco a él. El aire fresco roza mi coño húmedo y mi clítoris hinchado y carnoso. Mis pliegues palpitan con calor íntimo, con el deseo de sentir su polla deslizándose en lo más profundo de mí.

Mi marido gime y me agarra las caderas mientras se posiciona detrás de mí. Siento el calor de su polla contra mi entrada y empujo hacia él, desesperada por sentirlo dentro.

Se hunde en mí con una sola embestida poderosa y me llena por completo.

Grito, mi cuerpo se aprieta a su alrededor, el placer es abrumador.

Empieza a moverse, sus caderas golpean contra las mías, su polla me penetra con una fuerza que me deja sin aliento.

Sus testículos chocan contra mi trasero con sonidos sucios y húmedos que son música para mis oídos.

—Dios, qué jodidamente bien se siente, Sugar —gruñe, clavándome los dedos en la carne—. Tu coño está tan apretado, tan húmedo. Y tu barriga... joder, tan redonda y llena. Estás tan hermosa así, madura y lista para reventar.

Sus palabras me provocan escalofríos de placer por toda la columna, y empujo hacia él, saliendo al encuentro de sus embestidas. Mis pechos se balancean debajo de mí, goteando leche con cada movimiento, salpicando la colcha. Gime ante la vista y aprieta el agarre en mis caderas.

—Mírate, Sugar —dice con voz ronca—. Tus tetas están goteando sin parar, incluso cuando acabo de drenarlas. Eres una jodida fuente de crema, siempre lista para alimentarme, para satisfacerme.

Sus palabras son sucias, crudas, pero me excitan aún más. Siento mi orgasmo acumularse, mi cuerpo tensarse mientras sigue embistiéndome, su polla alcanza un punto profundo en mi interior que me atraviesa con olas de placer.

—Ronan, voy a correrme —jadeo, el cuerpo temblándome por la fuerza del orgasmo inminente.

Jadeo y pierdo la voz momentáneamente cuando su polla se clava en mí con fuerza. Embiste de nuevo y esta vez golpea mi cérvix. Siento las réplicas de nuestro contacto por todo el cuerpo.

Los muslos me tiemblan, a punto de ceder. La respiración se me entrecorta. Los huesos se me derriten.

Flaqueo, pero mi marido me sostiene la barriga para mantenerme en posición.

Desliza lentamente una mano hasta mi cadera, la sujeta con firmeza mientras mece su polla bruscamente en mi coño de embarazada.

Mi cuerpo ruega por rendirse, por soltar la tensión que me aprieta el estómago.

Ronan siempre me hace sentir la mujer más sexy del mundo.

Gruñe mientras me llena con su polla, abriéndome por completo.

He dado a luz, he empujado un bebé entero fuera de mi coño.

Y aun así, todavía me cuesta manejar su polla.

Su polla monstruosa me llena hasta el borde, hasta que los ojos me escuecen de lágrimas.

Me frota el clítoris con el pulgar y me llena el torrente sanguíneo de éxtasis caliente e inquebrantable. El clítoris me palpita. El coño se me aprieta, suplicando alivio.

—Córrete para mí, Sugar —ordena con voz áspera de necesidad—. Déjame sentir cómo tu coño se aprieta alrededor de mi polla. Déjame oírte gritar mi nombre.

Con una embestida final y poderosa, me hace llegar al clímax. El orgasmo explota dentro de mí, el cuerpo me convulsiona mientras grito su nombre, el coño se me aprieta con fuerza a su alrededor. Se corre conmigo, su polla pulsando mientras me llena con su semilla caliente.

Nos desplomamos juntos sobre la cama, los cuerpos resbaladizos de sudor y leche, la respiración entrecortada en jadeos irregulares. Me atrae hacia sus brazos, me sostiene cerca, sus labios presionan besos suaves contra mi frente.

Me siento hermosa y eufórica justo después de que me deja destrozada. Durante el sexo, acepta cada parte de mi cuerpo, cada regalo de la maternidad, y lo reclama todo como suyo. Al fin y al cabo, él es quien me preñó y me llenó las tetas de leche.

Las sábanas están enredadas alrededor de nuestras piernas, el suave aroma del ambientador flota por la habitación climatizada. Tengo el cuerpo cálido, lánguido, todavía vibrando por cómo acaba de tocarme, como si fuera algo sagrado.

El brazo de Ronan me rodea, su palma extendida sobre mi barriga con ese gesto instintivo y protector que tiene ahora. Sus labios me rozan la sien y se demoran allí antes de hablar.

—Nunca dejaré de estar agradecido por ti —murmura—. Por esta familia que me has dado. Por nuestra hija... por este pequeño que viene en camino. Nunca supe cuánto deseaba esto hasta que llegaste tú.

Inclino el rostro hacia el suyo, el corazón se me encoge. —Y yo nunca dejaré de estar agradecida por ti. Por atesorarme. Por desearme, no solo como tu esposa, sino como la única mujer en tu cama. Por enseñarme que mi cuerpo es hermoso, incluso cuando yo misma no lo creía.

Sus ojos se suavizan, pero también hay calor en ellos: ese deseo constante e inquebrantable que he visto en él desde el principio.

—No solo te deseo —dice en voz baja—. Te anhelo. Cada día. Siempre lo haré.

Sonrío y le pongo la palma en la mejilla. —Bien. Porque no pienso irme a ninguna parte.

Se inclina y nuestras bocas se encuentran en un beso lento y profundo, que no habla de urgencia, sino de todo lo que hemos construido. El amor. La confianza. El hogar que hemos creado para nuestros hijos.

Cuando por fin nos separamos, apoyo la frente contra la suya y lo respiro. —Te quiero, Ronan Silver.

Su boca se curva en esa sonrisa familiar y peligrosa. —Te quiero, señora Silver. Siempre.

Y en la quietud de nuestra habitación, con su mano cálida sobre nuestro hijo y su beso aún en mis labios, sé que no hay ningún otro lugar en el mundo donde quisiera estar.