OCHO
Wisteria
Cuatro meses después…
Nada más pisar la terraza, sé que Ronan se ha lucido.
La casa de playa se alza solitaria en una media luna de arena pálida, enmarcada por palmeras frondosas y una extensión de agua turquesa tan cristalina que puedo ver las conchas brillando bajo la superficie.
El aire es cálido y salobre, el sonido de las olas constante pero relajante. No se ve un alma.
—Es nuestra —dice Ronan, acercándose por detrás y rodeándome la cintura con los brazos, siempre con cuidado de no apretar mi barriga—. Sin vecinos. Sin personal. Solo tú, yo y el océano.
Me recuesto contra él y ya noto cómo mi cuerpo se relaja después de meses de invierno gris en la ciudad.
Empezaba a encontrarme mal, sobre todo con Ronan fuera por trabajo la mayor parte del día.
Él se dio cuenta. Seguramente por eso me trajo aquí, a este paraíso tropical.
Mi marido es tan considerado que el amor me desborda el pecho.
Tengo tanta suerte de vivir esta vida, de haber conocido a este hombre perfecto y haberme casado con él, cuando tantos otros nunca encuentran a su alma gemela.
—La vida contigo ya es como una luna de miel —digo, aferrándome a su brazo y besándole el hombro—. No tenías que hacer esto, pero es perfecto.
Ronan se alimenta de mis pechos cada mañana en el desayuno y luego otra vez por la noche en la cama mientras me folla hasta que me quedo dormida.
Se ha convertido en nuestra rutina obscena.
Me encanta ser su esposa lechosa y embarazada, darle el néctar nutritivo que necesita para sentirse mejor después de un duro día de trabajo, dejar que se derrame dentro de mi suave coño para aliviar todo el estrés del curro.
La sensación de su semen goteando por las paredes de mi coño, recordándome cómo quedé embarazada, alimenta un anhelo oscuro y tabú en mi interior.
Me encanta ser esposa. No. Me encanta ser su esposa.
Cada día es como un sueño. Cada mañana tengo el privilegio de cocinar para él.
Me colma de las mejores cosas materiales, de citas y regalos caros, aunque no los necesito.
Pero insiste en cortejarme, en tratarme como la mujer más especial de su vida.
Tenemos una empleada doméstica y también una cocinera que viene cuando estoy demasiado cansada o enferma para cocinar.
Lleva un tiempo insistiéndome suavemente en que contrate a una niñera para tener tiempo libre cuando nazca el bebé.
Pero quiero pasar cada segundo con él y con mi recién nacido. Quiero atesorar nuestro vínculo.
Ronan me aprieta la enorme barriga. Ya se nota, con seis meses de embarazo. A pesar de los dolores de espalda y las molestias, ver mi vientre hinchado siempre me llena de alegría. Estoy deseando conocer a nuestro pequeño, disfrutar de lo que queda de mi embarazo con Ronan. Solo nosotros dos.
Amo mi cuerpo maternal, cómo me hace sentir una mujer fértil y preciada.
Siento que estoy cumpliendo mi propósito, nutriendo a este niño dentro de mí, complaciendo a mi marido, y mis TikToks han despegado aún más desde que anuncié mi embarazo.
A mis seguidores les encanta verme como ama de casa embarazada, disfrutando de las comodidades de la vida doméstica mientras me preparo para dar a luz.
—Vamos a nadar —me susurra al oído—. Quiero verte en bikini. Quiero ver cómo mi hijo te ha estirado el vientre y te ha convertido en una preciosa mamá embarazada.
Cuando abro el equipaje en el dormitorio luminoso y espacioso, me quedo paralizada.
Dentro hay bikinis —diminutos—, un puñado de ropa interior delicada y quizás dos pareos. Eso es todo.
Me doy la vuelta y levanto un bikini con expresión incrédula.
—Ronan... ¿dónde está el resto de mi ropa?
Está apoyado en el marco de la puerta, completamente impasible.
—La tiré.
Me quedo boquiabierta.
—¿Que hiciste qué?
—Quiero que estés desnuda y accesible en todo momento —sus ojos bajan a mi barriga, visible ahora incluso a través del vestido veraniego que llevé en el vuelo—.
Quiero ver esta barriga expuesta y orgullosa todos los días.
Llevas seis meses embarazada de mi hijo, cariño, y quiero tu cuerpo sexy a la vista.
Quiero saber cuándo tus preciosas tetas están goteando.
Niego con la cabeza, medio exasperada, medio sonrojada.
—Eres ridículo.
Sonríe como si acabara de hacerle un cumplido.
Más tarde, caminamos hacia el agua, la arena cálida entre los dedos de mis pies.
El océano está tibio como el agua de un baño, las olas suaves me acarician las rodillas mientras entramos.
La mano de Ronan no me abandona: me apoya la espalda, me rodea la cintura, me estabiliza contra el suave vaivén de la marea.
—Cuidado —murmura cuando intento adentrarme más—. No pienso dejarte salir de mis brazos.
—Sé nadar, ¿sabes? —digo, salpicándole un poco.
Solo sonríe con suficiencia y me atrae hacia él hasta que mi barriga presiona contra su abdomen.
—Estás muy embarazada y eres mía. Eso significa que te llevo en brazos, te guío, te mantengo a salvo. No es negociable.
Pongo los ojos en blanco pero le dejo hacer. El agua brilla a nuestro alrededor, la luz del sol centellea en las ondas, y por primera vez en meses me siento verdaderamente ligera. Nos reímos cuando una ola me pilla desprevenida; al instante, sus brazos se tensan para sujetarme.
—Esto es más un viaje premamá que una luna de miel —bromeo mientras flotamos en aguas poco profundas.
Sus labios me rozan la sien.
—Llámalo como quieras. Mientras estés aquí conmigo, con mi bebé en tu vientre, es perfecto.
Suspiro y me recuesto contra su pecho mientras las olas nos mecen suavemente. Es cálido, sólido, todo lo que necesito: mi marido, mi protector, el mejor paisaje de este paraíso aislado.
Flotamos en el agua cálida, sus manos firmes en mi cintura, el sol besándome la piel. Mi barriga parece más prominente aquí, aligerada por el agua, pero sigue presionando entre nosotros como el recordatorio que es. Seis meses.
Apoyo la barbilla en su pecho; las palabras brotan antes de que pueda detenerlas.
—Ronan... no podemos ocultar esto para siempre. Ya tengo seis meses de embarazo. La gente empezará a darse cuenta.
Entrecierra los ojos ligeramente, no con enfado sino con aire pensativo.
—Continúa.
Respiro hondo.
—He estado hablando con mi madre.
Se queda quieto y noto que me aprieta un poco más.
—¿Ah, sí?
Asiento rápidamente.
—Le dije que vivo con el padre del bebé, que estamos casados... pero no le dije quién eres —me tiembla la voz—. Está contenta por mí. Contenta de que alguien cuide de mí. Solo que... quiere verme. Y conocer a su nieto.
Las lágrimas me escuecen antes de que pueda contenerlas. —Nos ha invitado a cenar tantas veces. No te lo dije porque tenía miedo de que te enfadaras por haber hablado con ella a tus espaldas.
Él alza la mano de inmediato y me seca las lágrimas con el pulgar antes de que caigan. —No llores, Sugar.
Su voz es suave, serena.
—Hiciste lo que necesitabas para sentirte mejor. Nunca intentaría controlarte así.
Niego con la cabeza mientras las palabras se me escapan atropelladas.
—Cuando nos casamos, era tan feliz, Ronan. No pude evitarlo. Quería contárselo a alguien. Quería que mi madre lo supiera.
Su boca se relaja en una sonrisa apenas perceptible.
—Lo entiendo. La familia es importante para ti. Y estás embarazada; es natural que quieras el apoyo de tu madre. Ella ya ha pasado por esto, entiende cosas que ni yo puedo comprender.
El nudo en la garganta se me hace más grande.
—Es solo que... no quería decepcionarte.
Se inclina y me besa despacio, con la mano cálida en mi nuca.
—No me has decepcionado. Si acaso, soy yo quien lo siente. Siento haberte obligado a guardar este secreto. Deberíamos haberlo resuelto antes. Es que me puse demasiado protector contigo y con el bebé.
Se aparta lo justo para mirarme a los ojos.
—Acepta su invitación. Iremos juntos la semana que viene. Se lo contaremos todo. Y aunque no lo acepten, nada cambia. Siempre te querré. Estamos casados. Eso no se discute.
Siento una opresión dulce en el pecho.
—Quiero que nuestros hijos conozcan a sus abuelos —susurro.
Su mano desciende hasta acunar mi vientre mientras el agua nos lame suavemente.
—Y los conocerán —dice con firmeza—. Haré todo lo posible para que así sea.
Me abraza allí, en el agua, y el calor de su cuerpo y el latido constante de su corazón me envuelven. Mi barriga se aprieta contra él, y sé que él también lo siente: la vida que hemos creado, la personita que necesitará el amor de más gente que nosotros dos.
Y por primera vez en meses, la idea de volver a casa no me llena de temor. Parece... posible.