29. Ransome
RANSOME
—Muchachos… —Mi papá camina de un lado a otro en el almacén, frente a la fila de camiones. Tiene un ladrillo de cocaína en la mano y lo balancea mientras asiente—. Estamos en pleno negocio.
—Tengo que decir que es la mierda más pura que he visto en mi vida —dice uno de los conductores—. O que he probado… —Se ríe de su propio chiste.
Mi papá le lanza una mirada de advertencia. —No te descuides.
—Jamás probaría el polvo y conduciría.
—Ni en el trabajo. Ni en ningún otro sentido —insisto—. No contratamos usuarios.
—No debería tener que decirles esto, caballeros —la voz de mi papá se eleva, resonando por todo el edificio—.
Este es el trabajo más grande que jamás hayamos emprendido.
Somos los vendedores número uno en las calles de Nueva York.
No solo en la ciudad, sino en todo el estado.
Y creo que podemos afirmar que ahora también cubrimos las zonas aledañas.
No se puede conseguir nieve tan pura en ningún otro lugar.
Y nuestros proveedores no se la venden a nadie más.
Lo que significa el doble de responsabilidad. El doble de precauciones.
—El doble de dinero —bromea alguien, y ambos giramos la cabeza para mirarlo.
Agarro al tipo por el mono.
—El doble de cerebro sacado a través de la cara, al estilo momia, mientras me miras hacerlo, si no te callas la puta boca y te tomas esto en serio.
El tipo palidece. Asiente rápidamente y se queda en silencio. Lo dejo caer al suelo. De todas formas, me tienta cumplir mi promesa… los conductores siempre se pueden reemplazar… porque que se joda cualquiera que se atreva a faltarme al respeto.
Salvo ella.
O tal vez especialmente ella.
Mi papá no para de hablar del trabajo y de lo que está en juego mientras yo intento calmarme.
De reojo, veo a Baron observándome. Me conoce.
Me conoce mejor que nadie, salvo Maverick y mi propia madre.
Mi madre, por supuesto, no participa en estas conversaciones.
No le gusta saber mucho de este asunto, salvo el nivel de peligro en el que nos encontramos, para saber qué cara de póquer poner en las fiestas y con qué fervor rezar por mí antes de acostarse.
Por otro lado, Maverick no participa en reuniones de este calibre. Si bien lo consideramos parte de la familia, es un tipo impredecible. Un riesgo. Y mi papá no confía en él.
Sé lo que Baron está pensando. O al menos lo que intenta averiguar.
Sabe que algo me preocupa. Algo que me hace irritable con la gente, me distrae del trabajo y me pone en un estado de tensión constante.
Ya es bastante malo que piense que este trabajo es arriesgado.
Pero tener que lidiar con Amara en medio de todo esto… bueno, no se lo recomendaría a nadie.
Mi papá aprovecha la oportunidad para hablar con los conductores sobre los detalles de su trabajo por centésima vez. El primer viaje fue un éxito, pero podrían hacerlo mejor. Mientras los regaña, Baron me aparta.
Tengo la vista fija en la pared de ladrillos blancos repleta del inventario de la primera tanda. Sin embargo, mi mente está a unos treinta minutos de distancia, en un ático de una habitación con vistas a Staten Island.
—¿Todo bien, jefe? —La voz de Baron proviene de detrás de mí.
—Bien.
—Pareces… frustrado.
—Ya dije que estoy bien —respondo bruscamente.
No intento ser un cretino. Baron es la personificación de la buena gente, pero aun así, no me gusta que me presionen.
—Déjame adivinar. Estás pensando en una mujer.
—Barry… —le advierto.
—Lo veo en tu cara, primo. Te está atormentando. Las mujeres hacen eso.
Quiero mandarlo a la mierda. Decirle que no es asunto suyo. Que se centre en el trabajo y me deje mi vida personal en paz.
Por otro lado, Amara sí me está volviendo loco.
—Es mi asistente —admito finalmente.
—Ya me lo imaginaba.
Le lanzo una mirada fulminante. —¿Qué se supone que significa eso?
Baron me mira con complicidad. —Ella sí que armó revuelo en la fiesta.
—Sí, bueno, ya no tendrás que preocuparte por eso. Estoy trabajando en enseñarle las normas de etiqueta.
—Así que estás involucrado —concluye.
—Es complicado.
Baron asiente lentamente. —¿Y estás seguro de que vale la pena?
Me giro para mirarlo. —¿Estás cuestionando mis decisiones?
—No. Pero cuestiono tus motivos. —Lo miro fijo, pero él continúa—. Escucha, lo entiendo. Es una chica encantadora, no me malinterpretes. Si tuviera que adivinar, diría que también tiene carácter. Más que Jenica. Pero Jenica es la opción lógica.
—Jenica fue elegida para mí.
—Hay reglas para convertirse en pakhan —me recuerda innecesariamente.
—Y estás dando por sentado que pienso seguir esas reglas.
—Oh, nunca supuse que seguirías las reglas —dice con una sonrisa—. Solo quiero asegurarme de que, si te vas a ir por tu propia vía, tengas un plan. Hay mucho en juego. —Baron mira los camiones—. Sobre todo ahora. Y los Chadovich lo huelen. Tristan lo huele.
—Lo sé —digo bruscamente—. Y esa es parte de la razón por la que hago lo que hago.
Amara puede ser útil. Es inteligente. Y no está ligada a una familia que intenta arruinarnos la vida.
Puede que no crea en las tradiciones de la vieja escuela Bratva la mayor parte del tiempo, pero sí conozco las ventajas de tener una socia cuando estoy al mando.
—Lo entiendo. Solo me aseguraría de que no esté ligada a nada más. Ni siquiera a tu corazón.
No me gusta lo que Baron insinúa. Pero me hace reflexionar. Se le da bien, eso hay que reconocerlo. No bajo la guardia con nadie, pero Baron me conoce.
Me vuelvo hacia él de nuevo, perdiendo un poco la agresividad. —Me discute todo.
—Es una mujer —dice Baron riendo—. ¿Qué esperabas?
—No, quiero decir… —Me paso la mano por el pelo, frustrado, buscando las palabras para describirla. Pero Amara Parker desafía toda descripción—. Me deseaba. Mucho. Y estoy acostumbrado. Pero ahora se resiste. Siempre busca la manera de complicarme la vida. ¿Qué se supone que debo hacer con eso?
Baron reprime una sonrisa. —Yo empezaría por no tomarla como rehén.
—No la tengo como rehén —espeto.
Baron me mira. —¿Puede irse?
—Cuando yo diga que pueda.
Él levanta las cejas.
—Sabe demasiado.
—¿Qué sabe? —pregunta.
No digo nada. Porque yo tampoco lo sé del todo.
Baron continúa. —Solo digo que me recuerda a La Bella y la Bestia. No va a bajar a cenar si la amenazas con derribar la puerta. No puedes forzar la conexión.
—No necesito conectar con ella. Solo necesito que me obedezca.
—No creo que funcione así. Si quieres que todos crean que no puedes casarte con Jenica porque tu corazón pertenece a otra persona, tienen que verlo. Y no lo van a ver si es algo forzado.
—Entonces, ¿qué quieres decir? ¿Enamorarme de ella? —Resoplo—. Porque ni hablar.
—Tal vez no sea amor. Pero no te vendría mal intentar conquistarla un poco. Incluso podría ser útil. En más de un sentido.
Las palabras de Baron me resultan desagradables. Y eso suele ser señal de que tiene razón, lo cual detesto. Pero sé que, si mi plan es evitar casarme con la reina Chadovich, voy a tener que convencer a la gente de que lo nuestro es real.
Diablos, a estas alturas, me conformaría con que Amara no me odiara.