Epílogo #2
Quería despertarla antes de que vinieran las otras y lo hicieran ellas. No sabía cómo la tratarían. Tras unas diez bofetadas fuertes, volvió en sí.
«¡Gracias a Dios!».
Como a mí, le llevó unos minutos despejarse. Me miró confundida. «La pobre Becca no tiene ni idea de lo que nos espera».
—¿Qué coño ha pasado, Kit? ¿Dónde cojones estamos? ¿Por qué estás aquí sentada y desnuda?
Mantuve la voz calmada. No quería asustarla. Aunque ya había pasado por algo parecido, no estaba segura de poder sobrevivir a la brutalidad que nos esperaba. Sé cómo trabajan los traficantes, y no tienen piedad.
—No sé dónde estamos, Beck.
Me acerqué a su oído para que no pudieran oírme.
Le susurré:
—No pierdas la cabeza. Tienes que confiar en mí y mantener la calma. Estoy segura de que Atlas nos encontrará. Haz lo que esta gente diga. Son peligrosos y violentos, y que lo sepas, tú también vas a estar desnuda dentro de poco.
Se tapó la boca con la mano, ahogando un grito.
Le agarré el brazo y le lancé una mirada severa.
«No hay tiempo para sensiblerías».
—No te vuelvas loca. No puedo explicarte nada porque hay cámaras por todas partes. Mantén la calma.
Tragó con dificultad, con el miedo reflejado en el rostro.
—Mierda, Kit. ¿Qué nos va a pasar?
Dada la situación, sonreí lo mejor que pude y alcé las cejas, todavía susurrando.
—No sé qué pasará, pero por favor, haz lo que digan. Te harán daño si no obedeces.
Mi amiga se puso de lado, se acurrucó en posición fetal y empezó a sollozar. Sabía que estaba aterrorizada, pero si íbamos a salir de esto con vida, necesitaba echarle huevos. Le froté la espalda.
—Becca, siéntate. Van a venir dos personas a llevarnos a la ducha y asearnos.
Se quedó blanca. —¿Asearnos para qué?
Como los chiflados que nos habían dejado aquí seguramente eran unos cabrones violentos, supuse que nos estaban preparando para que nos cataran.
Había oído a Atlas hablar de lo horrible que era ser víctima de trata de personas, y no quería estar aquí para vivirlo.
Estaba segura de que nos iban a violar y torturar muchas veces, y estaba aterrorizada por las dos.
No quería decirle nada a Becca. Que tuviera un poco más de paz hasta que nuestro mundo se derrumbara por completo en unas horas.
Oí pasos que se acercaban. Se me erizó el vello de la nuca y me puse a temblar. Venían a por nosotras. Le di un codazo a Becca sin dejar de susurrar.
—¡Siéntate! Ya están aquí. Recuerda, haz lo que te digan o te va la vida en ello.
Becca abrió los ojos como platos y se puso a temblar. La miré con severidad: —¡Cálmate y haz lo que te digo! —Seguía llorando, pero obedeció.
Los dos hombres que vinieron a por nosotras también eran altos y de origen mexicano. Los dos llevaban vaqueros. Cada uno tenía un látigo colgando de las trabillas del cinturón.
Cada uno sostenía un grueso collar de metal sujeto a una correa corta de cadena, como las de los perros. Me palpitaban las sienes al darme cuenta de que iban a ponernos esos collares en el cuello y posiblemente azotarnos hasta dejarnos ensangrentadas si no cumplíamos con sus exigencias.
No se molestaron en disimular los bultos de los pantalones mientras me devoraban con la mirada.
Aunque me sentía avergonzada y ultrajada, estaba más centrada en sobrevivir a esta pesadilla.
Uno de los hombres vino hacia mí, me agarró de la muñeca y me atrajo hacia él. Rozó los labios resecos contra mi oído.
—No me des problemas, señorita. Tengo permiso para azotarte si desobedeces, así que sé una buena putita y ponte a cuatro patas como un perro.
Tenía la voz grave y también acento mexicano.
Noté cómo me caía la baba en el oído y me entraron arcadas.
No iba a desafiarlo porque sabía que me azotaría hasta hacerme sangrar.
Aunque podía aguantar una paliza, sabía que no podría resistir la crueldad de este hombre si me golpeaba, así que me puse a cuatro patas.
Necesitaba mantenerme entera si quería salir de aquí.
Se arrodilló detrás de mí para contemplarme el culo desnudo. Di un respingo cuando me acarició el trasero con la mano y luego me pellizcó la nalga con fuerza. Grité por el dolor insoportable que me atravesaba. Se puso de pie, se inclinó sobre mí, me agarró un puñado de pelo y me sujetó la cabeza.
Respiraba con dificultad mientras me ajustaba el frío collar de metal alrededor del cuello con la mano libre; luego tiró con fuerza de la correa y me echó la cabeza hacia atrás de un tirón.
Debía de haberlo hecho muchas veces porque lo hizo sin ningún esfuerzo. Me entró el pánico porque sentía que el collar me estaba ahogando. Respiré hondo varias veces para calmarme y me concentré en mantenerme relajada.
No era momento de sufrir un ataque de pánico en toda regla y desmayarme. Una vez que me calmé, me acostumbré a la presión alrededor de la garganta.
—Oye, chica —se rio con crueldad.
—Quiero oírte ladrar como un perro para mí. Veamos si tienes lo que hay que tener para complacer a algunos de los hombres que van a follarte y hacerte jadear y aullar mientras tienen la polla enterrada en tu culo o en ese coñito tan bonito.
Se me revolvió el estómago.
Si pensaba que lo que Atlas me había hecho pasar había sido duro, no tenía ninguna oportunidad con esta gente malvada. No estaba segura de tener lo necesario para superar este infierno.
El orgullo me pedía que le gritara que se fuera a la mierda, pero lo pensé mejor y no le respondí.
Me haría mucho daño si no obedecía. Me estremecí de asco.
Sentí un fuerte golpe en el trasero y chillé.
Este hombre iba en serio. El trasero me ardía por un solo golpe.
Supongo que Atlas me había dicho la verdad sobre contenerse mientras me azotaba, porque sus palmadas no dolían ni de lejos tanto.
Una voz grave interrumpió mis pensamientos.
—He dicho que ladres como un perro para mí, chica. Si no lo haces, voy a azotarte el culo hasta dejártelo ensangrentado.
Me ardieron las mejillas de humillación. Respiré hondo e hice lo que me decían.
—Guau.
Su risa era malvada y siniestra. Me puse a temblar y se me cubrió el cuerpo de sudor frío. Estaba horrorizada.
—No es suficiente, chica. Quiero que ladres cinco veces para mí. El jefe ha dicho que no podemos tocarte sexualmente, pero tenemos permiso para pegarte si no haces lo que te dicen. Así que venga, vamos a oírlo. Entreténnos, chica.
Las lágrimas me corrían por las mejillas. Mi mejor amiga estaba justo a mi lado y me iba a ver ladrar como un maldito perro. Me sentía tan avergonzada, pero no quería morir, así que me tragué el orgullo.
—Guau, guau, guau, guau, guau.
Aunque mortificada, no tuve más remedio que hacer lo que decía.
Su risa malvada resonó por toda la celda.
—Bienvenida a la red de trata de personas más grande del mundo, niña bonita. Nos vamos a divertir mucho entrenándoos a las dos.
Se me cerró la garganta.
La ansiedad me estaba desbordando. Estábamos jodidas.
Me sentía avergonzada, aterrorizada y con náuseas.
¿Qué iban a hacer con nosotras?
Pensé que Atlas era un cabrón cruel. No le llegaba ni a la suela del zapato a estos dos imbéciles. No me compadecí de mí misma por mucho tiempo: oí gritar a Becca y luego una fuerte bofetada. No podía ver nada porque estaba a cuatro patas, de espaldas a ella.
Eché un vistazo rápido por encima del hombro.
Se acunaba la mejilla mientras sollozaba.
El que la custodiaba era más brusco que el mío.
La agarró del pelo y la obligó a arrodillarse en el suelo frío.
Le echó la cabeza hacia atrás con fuerza, le ajustó el collar alrededor del cuello y tiró la correa al suelo.
Becca seguía sollozando mientras se frotaba la mejilla.
El hombre recogió la correa, se la enrolló en la mano con fuerza y le tiró de la cabeza hacia la entrepierna. La sujetó firmemente con una mano mientras se bajaba la cremallera de los vaqueros con la otra.
Oh, Dios mío. ¡No!
Sus ojos se clavaron en los míos. Asentí ligeramente, indicándole que obedeciera, y aparté la mirada porque no soportaba ver lo que estaba a punto de suceder. La voz del hombre era profunda, oscura y cruel. Su acento no era tan marcado como el de mi entrenador.
—No podemos tocar a tu putita amiga de ahí, pero como soy tu entrenador, tengo permiso para hacer lo que quiera contigo, así que he decidido que vas a chuparme la polla, zorra.
La oí llorar más fuerte, y otra bofetada le cruzó la mejilla.
—Cállate de una puta vez y abre la maldita boca.
Más te vale no meter los dientes porque si me rozas la polla o intentas morderme, te voy a dejar el culo en carne viva a latigazos, y luego te mearé en la cara, así que chúpamela bien. Quiero correrme en tu garganta, puta.
Me giré ligeramente hacia la izquierda para ver si Becca estaba bien. Parecía conmocionada, pero hacía lo posible por contener las lágrimas.
Lo siento tanto por haberte metido en esto, Beck.
Observé cómo el hombre le sonreía mientras le tiraba de la cabeza hacia su asquerosa entrepierna. Ella se estremeció, pero no gritó. Le metió la polla en la boca con brutalidad, embistiéndola como un perro mientras ella jadeaba y se atragantaba.
Su risa cruel me taladró los oídos. —Acostúmbrate, putita, porque esta es tu nueva vida. Vas a aprender a chupar y follar como una profesional.
Me miró con una sonrisa. —Lo mismo va por ti, pajarito.
Me sentí completamente enferma. Me tenían ladrando como un perro y a Becca chupándole la polla sucia a un desconocido.
Nos esperaba la peor pesadilla de nuestras vidas.
«Oh, Atlas, te necesito. Lamento haberme quitado el rastreador del brazo.
Ahora nunca nos encontrarás». Me sentí mareada y con náuseas.
Me incliné hacia adelante, eché hasta la primera papilla por todo el suelo y me desmayé.