Obsesión desquiciada (Serie Desquiciada nº 1) Epílogo
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Epílogo

Kitlyn

Lo último que recuerdo es el pinchazo de una aguja; después, todo se volvió oscuro. Recuerdo las palabras que me dijeron antes de perder el conocimiento.

Tú y tu amiga os vais muy, muy lejos.

Sacudí la cabeza, intentando concentrarme. Todavía estaba aturdida por la droga. Me castañeaban los dientes mientras temblaba sin control. Tenía la piel de gallina. El aire era frío y húmedo.

¿Cuánto tiempo llevaba inconsciente?

Cuando por fin recuperé el sentido, me di cuenta de que estaba en una celda. Estaba tumbada sobre un colchón duro cubierto por una sábana mugrienta, apoyado en el suelo de hormigón. La iluminación era tenue y lúgubre.

Apenas podía distinguir la silueta de mi mano hasta que los ojos se me acostumbraron a la inmensa oscuridad.

Me giré hacia la izquierda y vi a Becca desmayada en otro colchón encajado en la esquina frente a mí. El débil sonido de su respiración llenaba la espeluznante habitación. Me incorporé como pude.

La droga me había dejado un poco aturdida, así que me quedé sentada unos minutos mientras la niebla se disipaba de mi cerebro. Vi que había un váter y un lavabo en la esquina. Sacudí la cabeza, intentando aclarar el zumbido de los oídos.

Sin duda estábamos en una celda, pero ¿por qué?

Todavía tenía la ropa puesta, gracias a Dios.

Me puse de pie con las piernas temblorosas, temiendo que me fallaran y me cayera de bruces.

Como me sentía algo mareada, me acerqué despacio a los barrotes y los agarré con las manos sudorosas y resbaladizas.

Sentía como si tuviera la boca llena de algodón; tenía la lengua seca y agrietada.

—Hola. Hola, ¿hay alguien aquí?

Grité, intentando juntar algo de saliva en la boca.

Nada. El silencio era ensordecedor.

Se podía oír caer un alfiler, salvo por mi eco, que rebotaba en las paredes, y la respiración de Becca.

Inspeccioné los alrededores y vi las cámaras fijadas en el techo sobre nosotras. La pequeña luz verde parpadeante no aportaba nada a la oscuridad que nos rodeaba. La celda era oscura y húmeda, un lugar donde habitaban las pesadillas.

Salté frente a las cámaras y agité las manos torpemente, con la esperanza de que quien estuviera al otro lado respondiera.

—Sé que alguien puede verme. ¡Dejadnos salir de aquí! —grité. Nada, solo los ronquidos suaves de Becca y mi corazón, que me latía desbocado en los oídos.

Antes de que pudiera pensar en lo que había pasado en mi casa, oí una puerta abrirse y cerrarse de golpe; un fuerte eco me retumbó en los oídos. Volví corriendo al colchón y me senté. No quería estar cerca de los barrotes si alguien entraba en la celda.

Oí el débil sonido de unos pasos que se acercaban.

Tap, tap, tap.

Tragué saliva, nerviosa, y el corazón me dio un vuelco.

Estaba hecha un desastre, sin saber dónde estábamos ni con quién nos las íbamos a ver.

Más te vale ser fuerte para aguantar lo que viene.

Las palabras se repetían una y otra vez en mi mente. No quería pensar en eso ahora. Ya tenía bastante de qué preocuparme.

Levanté la cabeza de golpe cuando oí la puerta de la celda abrirse y cerrarse con un fuerte sonido metálico. Miré hacia Becca.

Seguía fuera de combate.

Me sorprendió que aún no se hubiera despertado. Clavé la mirada en la puerta y observé la figura alta que tenía delante.

Parecía vestido para una reunión de negocios. Llevaba un traje negro con corbata azul y zapatos negros caros.

Lo observé y me fijé en que llevaba un reloj de oro carísimo.

Atlas es rico, pero este hombre apestaba a dinero.

Me sentí cohibida mientras me miraba con ojos vacíos y muertos. Parecía un cabrón despiadado.

—Levántate —dijo con voz fría y áspera.

No percibí en él más que maldad. Me lamí los labios, nerviosa, e hice lo que me ordenaba. Aunque a veces le daba guerra a Atlas, este hombre no era él.

Incluso cuando Atlas me secuestró la primera noche, su voz no era tan dura como la de este tipo.

Tenía las piernas débiles, pero milagrosamente me sostuvieron, aunque me tambaleé un poco hacia un lado.

Sentí un escalofrío recorrerme la columna mientras permanecía allí, con los puños apretados a los costados.

Sabía que esto no iba a ser bueno. El hombre malvado se acercó y me inspeccionó como si fuera un trozo de carne de primera. Se llevó la mano a la barbilla, con su mirada malvada fija en mí.

—Encended las luces —gritó sin apartar de mí su fría y penetrante mirada.

Al instante, la celda se iluminó como un puto árbol de Navidad. Entrecerré los ojos mientras me acostumbraba a la luz cegadora.

Eché un vistazo a Becca. Seguía inconsciente.

Dios, espero que no le hayan dado una sobredosis.

No sabía qué hacer mientras él seguía mirándome fijamente. Me sentía tremendamente incómoda.

Su mirada me quemaba las entrañas y me provocaba escalofríos por todo el cuerpo.

—Quítate la ropa.

¡Oh, Dios! No puedo tener un puto respiro.

Tragué el nudo que tenía en la garganta. No podía creer que estuviera lidiando con otra situación de mierda que había irrumpido en mi extraña vida.

No sé si puedo aguantar más esta mierda. Me temblaban las manos mientras me quitaba la ropa. Quería mandarlo a la mierda, pero su actitud me decía que no era alguien con quien meterse.

Una vez más, no estaba tratando con Atlas. Aunque él podía ser un capullo, nunca había sido cruel conmigo. Justo cuando por fin nos habíamos confesado nuestro amor, pasa esto.

En serio. Ni yo podría inventarme esta mierda.

Me quedé allí, temblando, mientras él daba vueltas a mi alrededor y examinaba mi cuerpo desnudo. Se plantó frente a mí con las manos a la espalda y las piernas separadas.

—Túmbate en el colchón y abre las piernas.

Sentí la ira subirme por la garganta.

Este hijo de puta me estaba cabreando.

¿No había pasado por la misma mierda hacía poco?

Estaba aterrorizada, pero odiaba que me trataran como un puto objeto, y me estaba sacando de quicio. Me crucé de brazos y negué con la cabeza.

—No. No pienso acostarme mientras me inspeccionas como si fuera mercancía.

Se me hizo un nudo en el estómago.

No sabía si iba a matarme o a golpearme, pero seguía siendo la misma persona y no iba a dejar que hiciera lo que quisiera sin oponer resistencia.

Al instante, me agarró del pelo y lo enrolló en su puño. Me echó la cabeza hacia atrás para obligarme a mirarlo. Sentí que las lágrimas se me agolpaban mientras me forzaba a arrodillarme ante él.

El cemento estaba frío y duro contra mis rodillas. La cabeza me palpitaba mientras tiraba brutalmente de los mechones sueltos, haciéndome gritar. El brillo malvado en sus ojos me indicó que iba en serio, y el tono frío de su voz me heló el corazón.

—Mis hombres me advirtieron de que podrías ser difícil.

Acercó su rostro al mío con una mueca despectiva.

—Te aseguro que esa mierda no funciona conmigo. Te dije que hicieras algo y vas a obedecer. Pon tu puto culo en ese colchón y abre las malditas piernas. Si no haces lo que te digo, haré que diez de mis hombres entren aquí y te violen por todos los agujeros.

Me puso de pie tirándome del pelo. Grité por el dolor punzante en el cráneo. Su cara estaba a escasos centímetros de la mía. Parecía de ascendencia mexicana, con piel bronceada y pelo oscuro.

Sus ojos eran casi negros, como su alma, pero no tenía un acento marcado. Me soltó el pelo y me empujó hacia delante sobre el colchón mugriento.

—Túmbate boca arriba y haz lo que te he dicho.

Su voz era amenazante y áspera. Tragué la bilis que me subía por la garganta.

Me tumbé en el colchón y separé los muslos.

Me ardía la cara de vergüenza, pero mantuve la boca cerrada por miedo a que me violaran en grupo aquellos desgraciados.

Se arrodilló entre mis piernas y acercó la cara a mi sexo. Sentía su aliento en mis pliegues mientras inhalaba y exhalaba profundamente.

«¡Ojalá le huela a pies! Maldito cabrón».

Levantó la cabeza y me miró con una sonrisa perversa en su rostro malvado, revolviéndome el estómago.

—Te han follado hace poco, ¿verdad?

«¡Mierda! Este imbécil podía oler a Atlas en mí aunque me había dado una ducha bastante larga».

Por muy avergonzada que estuviera, no podía mentirle.

Si lo hacía, me haría algo terrible. Sabía que Atlas nunca me mataría, pero este hombre no se lo pensaría dos veces antes de quitarme la vida, así que asentí sin decir palabra.

Se puso de pie y se recolocó la entrepierna.

Se le notaba el bulto en los pantalones. Me sacó la lengua con una sonrisa.

«Otro puto cerdo».

Habló a las cámaras del techo.

—Necesito dos entrenadoras para que bañen y limpien a estas chicas.

Una sonrisa malvada se extendió por su rostro siniestro.

«Ya odiaba a este hombre, pero no iba a tentar la suerte como hice con Atlas. ¡Ni de coña!».

Me señaló con una sonrisa de suficiencia, todavía hablando a las cámaras.

—A esta me la quedo para probarla, así que tengan cuidado cuando la preparen. Si les da problemas, pueden azotarla, pero que no queden marcas. Conseguirá un buen precio cuando la venda.

La cabeza me daba vueltas y me cubrí de un sudor frío.

«¡Lo sabía! ¡Nos había secuestrado un traficante!».

Se me revolvió el estómago.

«Tenemos entrenadoras».

«Que Dios se apiade de nosotras, porque sé lo que eso significa. Nos esperaba un viaje por el infierno». Miró hacia Becca.

—A esa hay que despertarla. Ya lleva bastante tiempo inconsciente. Cuando me las traigan, las quiero desnudas.

Me miró con frialdad mientras se agachaba a recoger mi ropa del suelo. Se frotó la entrepierna de mi tanga bajo la nariz, inhalando profundamente.

«¡Qué asco!».

Estaba horrorizada, y él se dio cuenta.

Me sonrió, luego se dio la vuelta bruscamente y salió de la celda. Me incorporé en cuanto se fue, nada contenta de quedarme desnuda en aquella prisión fría y sucia.

Me alivió perderlo de vista, pero sabía que pronto vendrían otras dos a llevarnos a Becca y a mí a saber dónde. Una vez que terminaran de limpiarnos, aquel hombre siniestro nos recibiría como dos regalos de cumpleaños sin envolver.

Fui hacia Beck y me senté a su lado en el colchón. Le solté una bofetada con todas mis fuerzas.