Capítulo 39
Kitlyn
Saqué a Tuna de su transportín y le puse agua y comida antes de ponerme a lo mío. La casa estaba llena de polvo y olía a humedad, así que abrí las puertas y ventanas para que entrara aire fresco.
El clima en septiembre siempre era agradable, con temperaturas medias de unos veintiún grados. Había estado fuera casi seis semanas. Aunque a otros no les parezca mucho tiempo, para mí fue toda una vida. Giré sobre mí misma, sonriendo y chillando como una idiota. ¡Estaba en casa! ¡¡Era libre!!
Agarré la bolsa de deporte y saqué todo lo que había dentro, incluida mi pistola.
Por supuesto, el portátil y el móvil estaban sin batería.
Busqué los cables de carga y los enchufé.
Después de cargar la treinta y ocho, la dejé sobre la mesa.
Antes de que apareciera Atlas no había tenido problemas de seguridad, pero la tendría cerca, por si acaso.
Becca se va a cagar cuando la llame. Todo el mundo piensa que estoy dos metros bajo tierra. Joder. No puedo creer que Atlas tuviera tanto poder como para que sus contactos en el gobierno me declararan muerta sin un puto cadáver.
Eso demuestra lo poderosos que eran estos hombres. Por eso también supe que no podía azotarlo con el látigo ni violarlo con ese plug anal.
Aparte de que habría sido incapaz de hacerlo de todos modos, tenía demasiados contactos, y habría acabado encerrada o muerta en cuanto se liberara.
Sabía que no podía matarlo, así que la idea del asesinato nunca se me pasó por la cabeza.
Supuse que me azotaría el culo y me castigaría por lo que hice.
Jamás en la vida pensé que me liberaría.
Tenía que sacármelo de la cabeza. Tengo una vida a la que volver.
No iba a permitir que los recuerdos de él ocuparan espacio en mi mente.
Me quitaré el rastreador del brazo a primera hora de la mañana.
Aunque lo último en lo que pienso ahora es en sexo o en conocer a algún tío, me dejaré el implante anticonceptivo, por si acaso.
Seguro que tarde o temprano tengo suerte.
Cuando llegue el momento, tendré que conocer tíos por internet, ya que acepté mantenerme alejada de los clubes.
Pero eso no es una prioridad ahora mismo.
Lo que menos me apetece es salir con alguien.
Ni de coña, no después de lo que acabo de pasar.
Quería ver a Becca. Echaba de menos su cara.
En cuanto se cargó la batería, marqué el número de Becca. El corazón me revoloteaba en el pecho y me sentía eufórica. Era una sensación de felicidad, no la temida ansiedad que sentía cuando Atlas me tenía en vilo sobre cómo iba a castigarme.
Beck por fin contestó al cuarto tono.
—¿Quién es? ¿Y por qué demonios me llamas desde este número?
Respiré hondo y solté el aire ruidosamente.
—¿Becca? Soy yo, Kitlyn.
Hubo silencio durante unos segundos, seguido de un chillido y luego un sollozo.
—¡Dios mío! ¡Pensé que estabas muerta, Kit!
Empecé a hablar entre sollozos.
—No, Beck.
Tuve que parar a tomar aire.
—Estoy viva y bien. T-tengo mucho que contarte.
Hubo más lágrimas y sollozos entre las dos.
—¿Puedes venir para que hablemos?
Becca lloraba a moco tendido al otro lado, lo que me hizo llorar aún más fuerte. —Claro que iré. Dame veinte minutos. ¡Dios mío! ¡No me puedo creer que estés viva!
Atlas
Regresé a casa a las diez de la noche después de mi encargo. De todos los trabajos que he hecho, este fue de los más fáciles. El tipo siguió su horario al pie de la letra.
Yara puede tocarme las pelotas de vez en cuando, pero es excelente en su trabajo. Todo salió sin problemas. Yara lo atrajo hasta su coche, y cuando se agachó a ajustarse la tira del zapato, le volé la cabeza.
Hemos hecho tantos trabajos así que ya nos sale solo. Teníamos que ser rápidos y eficientes, y lo fuimos.
En el mundo de un asesino no hay margen para errores. El equipo de limpieza retiró el cuerpo de inmediato, y la vida siguió su curso para el resto del mundo.
Los quinientos mil ya estaban en mi cuenta.
Le daré a Yara su parte y empezaremos con el siguiente encargo.
Agradecía tener algo que me distrajera de pensar en mi mascota.
Solo habían pasado unas horas desde que la liberé, y los pensamientos sobre ella empezaron a colarse en mi cabeza mientras bajaba del subidón de adrenalina del trabajo.
Parte de la excitación venía de la emoción de matar, pero no era suficiente para satisfacerme.
Me prometí que no la vigilaría esta noche, aunque me estaba matando por dentro preguntándome si estaría con otro de sus perdedores imbéciles.
¿Estaría buscando a alguien tan pronto después de conseguir su libertad?
O sea, a la tía le encanta el sexo, y la convertí en una zorra del dolor, pero ninguno de esos tipos soy yo.
Prometí mantenerme fuera de su vida, pero no puedo dejar de meterme en sus asuntos.
Decidí darle un cincuenta por ciento de privacidad; el otro cincuenta por ciento sería mío. Es un trato justo. Todavía no les he dicho a mis hermanos que la liberé.
Yara tampoco lo sabe. Mañana les contaré el secreto, pero esta noche tengo un regalo especial para Johnny. Jacob me mandó un mensaje diciéndome que el chaval estaba inmovilizado en mi habitación, tal como le ordené.
Como prometí, no mataría al gusano, pero le voy a dar una lección que no olvidará. Ya decidiré qué hacer con él cuando acabe la noche.
Aparqué en la entrada y apagué el motor. Iba vestido de negro. Me quité los guantes y los tiré al cubo de basura de la entrada de la cocina. Me daré una ducha y luego iré a ver al pequeño imbécil. Jacob puede hacerle compañía un rato más. Sé cuánto le gusta atormentar a nuestras víctimas.
Atlas
Me reuní con mi socio en mi habitación después de asearme tras el último trabajo.
La habitación de Gatita estaba prohibida.
No quería pensar en ella ahora mismo. Jacob estaba sentado en una silla, hojeando una revista, mientras el chaval forcejeaba con las cadenas.
Estaba atado, amordazado y desnudo, tal como ordené.
Era evidente que estábamos acostumbrados a esto. Un hombre desnudo encadenado mientras Jacob leía una revista habría escandalizado a la mayoría, pero llevábamos tanto tiempo desconectados de ese tipo de cosas que nos parecía normal.
Los ojos de Jacob brillaban bajo la tenue luz de la habitación. Le encantaba esta mierda. —Oye, ya volviste. Aquí tienes el regalo que pediste, listo para empezar.
Asentí y me coloqué frente al chico. Murmuraba algo bajo la mordaza de bola, pero no pude entender ni una maldita palabra de lo que intentaba decir.
Llevaba unos pantalones cortos, sin camisa, y unas chanclas desechables. No quería mancharme la ropa de sangre. Me cubrí parte del rostro, igual que Jacob. Cuando me planté frente a él, al chico casi se le salieron los ojos de las órbitas.
Tengo una presencia bastante intimidante, lo sé. Cuesta creer que hace un rato era yo el que estaba desnudo y atado a merced de una mujer de metro sesenta y cinco.
Ahora Johnny estaba a mi merced, y a diferencia de mi mascota, yo no tenía compasión por nadie. Le quité la mordaza de la boca mientras Jacob, sentado en su silla, se reía detrás de la máscara.
—El chico está temblando de miedo. ¿Qué coño hizo para cabrearte tanto, A?
Aunque yo vivía bajo una identidad falsa, siempre usábamos la inicial de nuestros nombres para simplificar las cosas.
Jacob era otro cantar. Su identidad no era falsa.
No necesitaba que el chico anduviera por ahí gritando mi nombre o el suyo si decidía soltarlo.
Aquel patético remedo de hombre me lanzó una mirada asesina cuando le arranqué la mordaza de entre los dientes.
—¿Quién coño eres? ¿Por qué estoy en esta cámara de tortura?
Le recorrí el cuerpo desnudo con la mirada de arriba abajo, observando el patético espécimen que tenía delante.
Quería saber en qué coño estaba pensando mi mascota cuando dejó que este desecho humano le metiera su pollita.
Era flaco, sin apenas masa muscular. Su maldita polla era diminuta.
Erecta, mediría unos trece centímetros como mucho.
Tenía el pelo rubio y grasiento, y una piel horrible. Negué con la cabeza.
No había punto de comparación entre él y yo. Si ella estuviera aquí conmigo ahora mismo, le pondría el culo rojo por no haber puesto el listón mucho, mucho más alto. Lo miré a la cara, entrecerrando los ojos tras la máscara.
Quería matar a este cabrón sabiendo que se había follado a mi mascota. No era digno de su coño.
Mi voz sonó profunda y amenazante. —Estás aquí por intentar violar a Kitlyn hace cosa de un mes.
El chico abrió los ojos como platos.
—Yo no la violé, y que yo sepa, está muerta, así que aunque lo hubiera hecho, ¿qué más da ahora?
Contuve la ira. Este pequeño imbécil me estaba cabreando. —¡Respuesta equivocada, cara de mierda! —escupí.
Me acerqué al estante de la pared donde colgaban mis instrumentos de tortura o placer, según se mire. Cogí la vara de bambú y la fusta, y volví hacia él.
Se le demudó el rostro y le temblaron los labios.
Tenía la misma cara de muerto que cuando Kitlyn le apuntó con la pistola. —¿Q-qué coño, tío? ¡¡No la toqué!! ¡¡Te lo juro por Dios!! ¡¡Ni siquiera estaba en mis cabales esa noche!! Solo le tiré de la cabeza para besarla. A-aprendí la lección cuando llamó a la policía.
El chico estaba desesperado después de ver los instrumentos que había elegido. Jacob soltó una carcajada, disfrutando claramente del miedo del chaval.
—Parece que el micropolla está muerto de miedo, A.
Le sonreí con suficiencia. —Eso parece. Está temblando como un flan.
Me volví hacia nuestro prisionero, que parecía a punto de vomitar, cagarse encima, o ambas cosas.
—Esto es lo que hay, Johnny.
Arqueó las cejas, sorprendido de que supiera su nombre.
—Verás, Kitlyn no está muerta. Ha estado conmigo durante el último mes, más o menos. Ahora está en casa, a salvo de mí, pero no creo que esté a salvo de ti.
El chico levantó la cabeza de golpe y me miró con aire triunfante.
—¡Tú eres el tipo que la estaba acosando! Ella pensó que yo era tú esa noche. Secuestraste a la chica y le hiciste cosas asquerosas, ¿y el malo soy yo, que ni siquiera la violé?
Me encogí de hombros y suspiré.
—Puedes pensar lo que te dé la gana con esa cabeza de mierda que tienes, pero la hayas violado o no, ella es mía, y cruzaste una línea.
Intentó zafarse de nuevo, pero fue inútil.
Estaba bien atado. Me acerqué y le enseñé los dientes.
—Vi lo que pasó la noche que intentaste aprovecharte de ella. Me sentí orgulloso de que fuera a comprarse esa pistola para protegerse.
Le siseé.
—Te paró en seco cuando te apuntó a esa cabeza inútil que tienes. La cara que pusiste entonces es casi la misma que pones ahora, y como intentaste hacerle daño, vas a ser castigado.
Me miró fijamente, a punto de llorar. —¡Por favor, no le hice daño! No tienes que protegerla de mí. No volveré a acercarme a ella jamás. ¡Te lo juro por Dios, por favor, déjame marchar!
Sollozó con el cuerpo temblando, y las cadenas resonaron con un fuerte tintineo metálico mientras forcejeaba.
Le sonreí mientras me acariciaba la palma con el mango del látigo.
—Tus súplicas caen en oídos sordos, escoria. Quiero que sientas lo que es ser una mujer en manos de un violador, o de un violador en potencia, como prefieras llamarte.
Parece que el llanto y las súplicas de Kit me calaron hondo.
Aprenderá lo que es estar en el otro lado de la moneda.
Empezó a temblar, sacudiéndose con violencia.
Mi tono no tenía nada de amable.
—Sé que tenías toda la intención de agredirla sexualmente si no hubiera tenido la pistola a mano esa noche, así que te voy a explicar lo que va a pasar. Esta noche vas a ser una chica para nosotros, amigo mío. Vas a chillar como un cerdito, y más te vale hacerlo bien, o te dolerá mucho más.