Obsesión desquiciada (Serie Desquiciada nº 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Kitlyn

Pasaron otras dos semanas, lo que hacía un mes desde mi secuestro.

Después del incidente de la piscina, las cosas se calmaron un poco entre Atlas y yo.

Seguía siendo el mismo desquiciado de siempre, pero no era tan exigente y se desvivía por mí.

Me dejó comer todos los chocolates que quisiera y me malcrió con mi helado favorito de Rocky Road durante las últimas dos semanas.

Sabía que usaba esas golosinas para controlarme y condicionarme.

No era estúpida. Me daba masajes casi todas las noches y cuidaba especialmente el trasero después de los azotes. Joey pasaba menos tiempo aquí y más tiempo con su nuevo novio.

No entendía por qué se molestaba en iniciar una relación con alguien, si pronto nos íbamos a la isla. Desde que me permitieron salir de mi habitación, los planes de partida cambiaron de tres meses a seis semanas.

Así que nos quedan dos semanas más aquí, y luego nos vamos a Santo Tomás para siempre.

¡Genial! Sigo sin tener ninguna conexión con el mundo exterior.

Sé que nunca lo permitirá. Sería demasiado fácil para mí escapar o que la policía se presentara en la casa.

Por mucho que me atraiga la idea de escapar, no tengo ni idea de dónde estoy.

No he puesto un pie fuera en cuatro semanas.

Por el lado bueno, al menos gané la batalla del chaleco salvavidas.

Me castigó por algo tan jodidamente estúpido.

Me mantuve firme en no ponérmelo. Atlas finalmente cedió, pero me vigilaba como un halcón cada vez que usaba la piscina.

Odio que me traten como a una niña pequeña, pero este es mi destino a menos que encuentre la forma de salir de aquí.

Me pregunto cómo no está agotado de intentar controlarlo todo en su vida y tenerme dominada las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Debe de ser extenuante.

Nunca olvida cerrar la casa con llave, nunca.

Esperaba y rezaba para que cometiera un descuido, pero Dios aún no ha respondido esas oraciones, y tengo la fuerte sospecha de que nunca lo hará.

Atlas no ha hecho nada sexual conmigo desde aquella vez que tuvimos sexo.

Sé que se excita cada vez que me toca, pero no ha insistido.

Quizá tiene una amante que lo satisface; quién sabe.

No me quejo, aunque yo también me excito cuando me toca, la mayoría de las veces.

No quiero darle más vueltas porque solo me confunde más. Odio estar en esta situación de locos, pero las perspectivas de escapar de esta pequeña jaula que creó son sombrías.

Acabo de terminar de ducharme sola, algo que me permite hacer más a menudo. Al menos me está concediendo un poco de espacio personal. Yara no ha venido desde el incidente de la piscina, pero hoy viene con un tipo, Jacob, y su hermano Zach. Atlas me dijo que tenían asuntos de negocios que tratar.

Aunque un par de veces en la piscina estuve lo bastante cerca como para oír su conversación con Yara, no conseguí enterarme de nada. Prácticamente susurraron todo el rato.

Tampoco quería delatarme y parecer una entrometida, así que seguí nadando de un lado a otro hasta que se me acalambró la maldita pierna.

Esperaba conseguir información sobre mi ubicación para saber hacia dónde correr si alguna vez lograba salir, pero, por supuesto, no fue así.

No me dejan ver ningún canal de noticias.

Esa es la zona prohibida. Si Atlas no está conmigo, lo está Joey.

No tengo acceso a internet y no me permiten usar el móvil.

Lo tiene guardado en una caja fuerte en algún lugar de su habitación.

Es como si estuviera atrapada en una isla desierta.

Mi única compañía es Tuna, Atlas y, de vez en cuando, Joey.

Echo de menos a mi amiga Becca. Valoro mucho su amistad y me siento perdida sin ella.

A veces me pregunto cómo habría sido si él la hubiera traído para hacerme compañía.

Me reí solo de pensarlo. Así de jodida tengo la cabeza por estar aislada de todo.

Todavía soy joven y me estoy perdiendo las cosas cotidianas que otras personas de mi edad dan por sentadas.

Miré el conjunto que Atlas había elegido para mí.

Un vestido veraniego azul claro, un tanga azul con sujetador a juego y sandalias de plataforma azules.

Todavía no me deja elegir mi ropa. Mandó a Joey a comprar para mí unos días después de que me metieran en la situación más jodida de mi vida.

Aunque no estoy aquí en las mejores circunstancias, debo admitir que el tipo tiene buen gusto.

No había un solo conjunto que no me gustara.

Que no pudiera decidir qué ponerme me molestaba.

Solo me recordaba mi encierro. Me vestí y me recogí el pelo largo en un moño desordenado en lo alto de la cabeza.

Normalmente ya ni me lo seco. ¿Para qué demonios iba a hacerlo?

No iba a ningún sitio especial.

Me alegró ver a Tuna tumbado en mi cama esta mañana. Aunque Atlas dijo que el gato tenía que quedarse en mi habitación todo el tiempo, al final le dejó campar a sus anchas por toda la casa.

Estaba tan agradecida de que no me lo quitara después del incidente de la piscina.

Ni siquiera me amenazó con ello. Pillé a Atlas acariciándolo en un par de ocasiones.

Por mucho que supuestamente no le gustaran los gatos, Tuna parecía haberlo conquistado.

Eso sí, yo me encargaba de su arenero. Bajo ninguna circunstancia dejo que se llene o huela mal.

Sé que no dudaría en deshacerse del animal si permito que eso pase.

Nunca descuidé esa responsabilidad. Mi gato siempre ha sido mi terapia.

Eché un último vistazo al espejo antes de ir a la cocina a desayunar.

No me hacía ninguna gracia que Yara viniera hoy, pero ¿quién soy yo para decir nada? Solo soy un mueble más en esta casa.