Capítulo 25
Kitlyn
Me sorprendió que me dejara ducharme sola.
Normalmente me obligaba a bañarme para poder lavarme él, pero sabía que no querría sentarme con el trasero tan dolorido.
Le agradecí en silencio ese pequeño respiro de libertad.
¡Menudo caballero estaba hecho! El trasero me estaba matando, pero sabía que ese sería el resultado una vez terminara con mi castigo.
Ni siquiera fueron los azotes lo que me afectó; me estaba acostumbrando a sus retorcidas manías.
Fue el hecho de que lo hiciera delante de otra persona.
No creo que pueda perdonárselo jamás. Fue tan jodidamente humillante que podría haberme muerto allí mismo.
Hasta una daga en el corazón habría sido más bienvenida que la vergüenza que sentí.
Me encantaría que me dejara hacerle la misma mierda que él me hace a mí...
solo una vez. Me alegré cuando salió de mi habitación.
Rara vez le aplico la ley del silencio durante mucho tiempo, pero esta vez no va a sacarme ni una palabra. No pretendo cabrearlo de nuevo, pero sé que lo volverá loco. Ya se lo demostré cuando me estaba aplicando la pomada.
Cuando no respondí, me ordenó que le contestara. Sé que esa mierda lo saca de quicio. No es que no esté ya fuera de sus malditos cabales.
¡Jodido loco!
Ojalá nunca hubiera mencionado siquiera la palabra irme, maldito sea mi temperamento.
Hice todo lo posible por no provocarlo, pero él tenía el don de sacar lo peor de mí.
Ahora solo apretará más la correa. No podré ni respirar sin tenerlo pegado al culo.
Qué idiota soy. ¡Debería darme unos azotes a mí misma por ser tan rematadamente estúpida!
Aunque dejó mi puerta abierta, sabía que había cerrado la casa con llave otra vez.
Deseé en silencio que se le olvidara hacerlo, pero no fue así.
Era demasiado listo para cometer un error así.
Es como vivir en Alcatraz. Suspiré para mis adentros.
Bueno, quizá se descuide en algún momento.
Me puse los pantalones cortos y la camiseta que había dejado preparados, me recogí el pelo en un moño apretado y desaliñado, y me calcé unas chanclas.
Me reí. ¿Para qué molestarme en vestirme a estas alturas?
No voy a ir a ninguna parte. Me senté con cuidado en el borde del colchón, haciendo una mueca de dolor. Lo tenía magullado.
El agua caliente de la ducha escocía al caerme en el trasero, pero al cabo de unos minutos fue un alivio. Recé para que no regalara a mi gato por culpa de mi arrebato.
Me había advertido que me azotaría hasta dejarme en carne viva si le desobedecía después de dejarme quedarme con Tuna. No bromeaba.
Me removí en el colchón, intentando ponerme cómoda. No creo que pueda sentarme en ninguna superficie dura en varios días. Esto era justo lo que temía: que me infligiera dolor sin placer. Desde luego, no es lo mío.
No me cabe en la cabeza que esta sea mi vida. Necesitaba un milagro para salir de aquí, y estaba segura de que ningún milagro me esperaba en un futuro cercano.
Me portaré bien durante al menos una semana, pero en cuanto pase algo de tiempo y él haga o diga alguna estupidez que me cabree, mi temperamento volverá a estallar y mi trasero pagará el precio.
Su lado bueno no me molestaba, pero con su lado oscuro había que andarse con mucho cuidado.
Sus estados de ánimo eran impredecibles.
En un momento me masajeaba hasta dormirme, y al siguiente me tenía sobre sus rodillas en un ataque de rabia.
Ojalá fuera más dócil; de verdad que sí.
Si lo fuera, me trataría bien, pero esa no soy yo.
Por mucho que me discipline, dudo que llegue a cambiar.
Claro que podría usar tácticas más dolorosas para obligarme a obedecer.
Rezo para que nunca lo haga. Mientras tanto, necesito liberarme de él. Tengo que encontrar la manera.
Cuando entró en la habitación, aparté rápidamente esos pensamientos de mi mente, como si de verdad tuviera poderes telepáticos y supiera lo que estaba pensando. Me giré para mirarlo, pero no dije nada. El silencio iba a ser mi arma. Era lo único que tenía.
Sonrió, dejándose caer a mi lado en la cama.
Olía a jabón masculino y colonia suave. Siempre me asombraba cómo su aroma me excitaba, sin importar qué barbaridad me hiciera.
Llegué a la conclusión de que estaba más enfadada con él por humillarme delante de Yara que por los azotes.
Sabía que era un tío jodido, y quizá cabía la posibilidad de que estuviera tanteando hasta dónde podía presionarlo sin que me matara.
A lo mejor la que está mal de la cabeza soy yo.
Seamos realistas: la mayoría de las mujeres en mi situación no discutirían con él.
Tengo demasiado orgullo. Extendió la mano y me acarició suavemente la mejilla.
Casi se sintió como una pluma rozándome la piel.
Me estremecí... se me puso la piel de gallina en los brazos.
Ahora mismo está siendo muy tierno y cariñoso, el lado bueno de sus dos personalidades.
Se aclaró la garganta antes de hablar.
—¿Cómo te sientes, Kit?
Usó mi nombre. ¡Es un puto milagro de Navidad!
Creo que puede que se sintiera un poco mal por lo que pasó. Normalmente me llama por mi nombre cuando se siente culpable por haberme hecho pasar por algo sucio o degradante. No estaba segura porque era un psicópata con dos personas diferentes viviendo en su cabeza.
Tragué saliva, nerviosa. Siempre que está tan cerca de mí, me entran los nervios. No sabía adónde llevaría esto, pero llevaba una semana sin tocarme. Estaba pisando terreno peligroso. Aunque no quería hablar con él, no me quedaba otra opción.
No iba a provocarlo para que me pusiera sobre sus rodillas o usara la correa conmigo, así que respondí.
—Tengo el trasero dolorido y magullado, pero seguro que sobreviviré.
Sonrió. —Créeme, sobrevivirás, preciosa. Conmigo siempre estás a salvo.
Casi me echo a reír.
¿A salvo? ¿Con él?
Apenas puedo sentarme, ¿y eso es estar a salvo?
Siguió acariciándome la mejilla, haciendo que me relajara bajo su contacto. —Rara vez me siento culpable, pero me gustaría hablar de lo que pasó.
Quiere hablar conmigo de lo que hizo.
¿Qué. Está. Pasando?
Esto me está jodiendo la cabeza. Quizá tenga conciencia, después de todo. Me miró fijamente.
Sus ojos grises eran dulces y centelleaban bajo la luz.
—Sé que estás acostumbrada a ser una mujer libre, y te ha costado adaptarte a tu nueva situación.
Necesito que entiendas que mi obsesión contigo me vuelve loco, y cuando mencionaste lo de dejarme, perdí el control.
Pones a prueba mi paciencia, gatita, y aunque jamás te mataría, sé que podría hacerte daño si me presionas demasiado, así que por tu propio bien, de verdad deberías pensar antes de hablar.
¿No acababa de decirme que estaba a salvo con él?
No tiene ni un ápice de remordimiento ni compasión.
Y esto es lo que me cabrea. Prácticamente me está echando la culpa a mí de la situación en la que estoy.
Me hace exigencias ridículas y espera que mantenga la boca cerrada sin importar lo que diga o haga, lo cual es imposible.
Tuve que contenerme para no arañarle la maldita cara hasta dejársela hecha jirones.
Si no fuera por el castigo al que me sometería, sin duda le habría dejado marcado su apuesto rostro. Me mantuve calmada por fuera, aunque seguía hirviendo por dentro. Respondí a su manipulación con toda la dulzura posible, pero necesitaba que entendiera mi punto de vista.
—Lamento haber perdido los estribos, pero me hiciste sentir como una niña indefensa de cuatro años cuando me ordenaste usar un flotador en agua que apenas cubre. Vamos, Atlas, piénsalo. Me vería y me sentiría como una idiota con un chaleco salvavidas o manguitos en una maldita piscina.
Se frotó las sienes, sacudió la cabeza y soltó un suspiro sonoro.
—Supongo que tienes razón.
¿Tengo razón? ¿Qué demonios acabo de escuchar?
¡¡¡El tipo dijo que tengo razón!!!
Es totalmente impredecible.
Se aclaró la garganta sin dejar de acariciarme la mejilla.
—Es que tengo tanto miedo de que te pase algo que pierdo toda capacidad de razonar. Quiero que sepas que no estaba molesto por la discusión sobre los flotadores ni por lo que dijiste de ellos. No, eso no me cabreó. Me cabreé cuando dijiste que me desprecias y quieres escapar.
Me tocó la punta de la nariz con el dedo y sonrió.
—Quería que lo supieras.
Lo miré con los ojos anegados en lágrimas.
—¿Eso fue lo que te hizo perder el control y me azotaste con Yara ahí mismo, mirando?
Asintió, con las emociones ocultas tras su habitual coraza protectora.
—Quiero decirte algo, Atlas, y no quiero que te molestes y me hagas daño otra vez. ¿Me prometes que no te enfadarás?
Me miró y asintió.
—Adelante. No me molestaré, te lo prometo.
Tragué saliva nerviosa, escrutando sus ojos. Nunca conseguía descifrar lo que pensaba a menos que estuviera enterrado dentro de mí o haciéndome alguna guarrada.
—Estaba tan humillada por lo que hiciste que no creo que pueda perdonarte jamás, y aunque me dices que perderías la cabeza si algo me pasara, está claro que no te importa hacerme daño cuando no cedo a tus exigencias.
Me retorcí las manos en el regazo, llena de ansiedad. No podía soportar otra paliza. Hoy no.
—Eso es todo lo que quería decir.
Bajé la mirada al suelo, temiendo que perdiera los estribos y me colgara por las muñecas, pero no lo hizo.
Me frotó la rodilla y suspiró.
—He preparado la cena. ¿Prefieres comerla aquí o acompañarme a la cocina? Tú decides.
Lo miré sorprendida. Aunque no abordó mi queja, tampoco perdió los estribos. Necesito que entienda mis sentimientos para que pueda verme como un ser humano y no como una posesión.
Logré esbozar una sonrisa, aunque forzada.
—Comeré en la cocina. Después de estar encerrada en esta habitación tanto tiempo, agradezco el cambio de escenario, aunque solo sea otra habitación de la casa.
Atlas
Joey me envió un mensaje diciendo que no vendría esta noche.
Iba a pasar la noche con su nuevo ligue y estaba emocionado por dar el siguiente paso.
Le dije que era demasiada información y le deseé lo mejor.
No quería saber nada de él follando con otro tío.
No me interesaba su vida sexual, igual que a él no debería interesarle la mía.
Esta noche estaríamos solos mi mascota y yo en la casa, y me parecía bien.
No sé qué me salió por la boca cuando hablé con ella, pero fui un desastre.
Las conversaciones de cualquier tipo con el sexo opuesto nunca fueron lo mío. No tenía nada de qué hablar con una mujer.
Intentar explicarme ante ella fue doloroso porque no estaba acostumbrado a soltar semejante verborrea. Sentí algo de arrepentimiento por lo que hice, pero luego, justo después de hablar con ella, casi me hizo perder los papeles otra vez cuando me dijo que nunca me perdonaría.
Soy un hombre al que no le gusta que lo desafíen ni que le digan qué hacer. Soy increíblemente dominante, así que me cuesta escuchar las quejas de una mujer, o de cualquiera, ya puestos.
Por eso nunca tuve citas al uso. Claro, las mujeres eran guapas, pero para mí solo servían para una cosa.
Nunca he amado a una mujer ni he tenido relaciones duraderas, salvo con la chica que me inició en el BDSM cuando éramos adolescentes.
Después de un año con ella, no volví a encariñarme con ninguna mujer.
Como mucho me acostaba con la misma tres veces y luego pasaba página.
Mi padre fue mi primera víctima, y no me afectó. Nací para ser un asesino. Levanté una dura coraza a mi alrededor y nunca miré atrás.
Me preocupaba por mis hermanos y me alisté en los SEAL. Después de eso, me convertí en una jodida máquina de matar. No tenía tiempo para una mujer en mi vida, y como nunca quise hijos, solo necesitaba a una mujer para follar.
Todavía no le he dicho a Kitten que voy a hacerle una ligadura de trompas. Esperaré a que surja la oportunidad. Luchará con uñas y dientes, pero no es negociable. Jamás correré el riesgo de engendrar un hijo.
Sé que tiene el implante, pero muchas cosas podrían pasar mientras lleva esa pequeña varilla de plástico en el brazo, así que era mejor esterilizarla.
Aunque al principio me molesté cuando me dijo que no podía perdonarme, le había prometido que no me enfadaría, así que en lugar de arremeter contra ella como quería, le di a elegir entre cenar aquí o en su habitación, y me fui de inmediato a calmarme.
No pensé que sería tan difícil cuando la secuestré.
Subestimé hasta qué punto se rebelaría contra mí.
Me he ablandado en lo que a ella respecta.
No contaba con que mi obsesión por ella solo se intensificaría cuanto más tiempo pasáramos juntos y con que desarrollaría estos sentimientos desconocidos.
Solo la quería por su cuerpo y para satisfacer mi perversión, y eso sigue siendo cierto, pero ahora también quiero que sea feliz conmigo.
Eso era lo último en lo que pensaba cuando la traje aquí hace unas semanas.
Quería darle placer cuando ella me complaciera, por supuesto, pero eso forma parte de su entrenamiento.
No se puede tener lo uno sin lo otro. Seguiré condicionándola porque necesito que sacie mi lado oscuro.
No pienso pagar a mujeres por su tiempo ni buscar a otras dispuestas por ahí.
Para eso la tengo a ella. Por mucho que quiera su felicidad, también quiero su sumisión.
No me cuesta nada imponerle castigos cuando haga falta.
Rara vez sentía culpa, aunque lo de hoy se me fue de las manos.
Admito que me pasé con el flotador, pero también me entró el pánico cuando casi se ahoga.
Después de castigarla, me di cuenta de que quizás me había excedido y sentí la necesidad de hacérselo saber.
Soy consciente de lo jodido que estoy, y no suelo analizar mis sentimientos, pero esta chica me tiene descolocado, y no me gusta.
Nada. Con ella siempre estaré en guardia.
Seguiré usando su cuerpo para mi placer y, por supuesto, se lo devolveré cuando se porte bien, pero no dejaré que me atrape en su red.
No puede tener tanto poder sobre mí. Me niego a convertirme en un calzonazos.