Obsesión desquiciada (Serie Desquiciada nº 1) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Me rodeó el vientre con un brazo y me atrajo la cabeza hacia su pecho. Sentí su negro corazón latiendo bajo la camiseta. Me besó suavemente en la coronilla mientras me frotaba el trasero, aún algo dolorido. Me quedé perfectamente quieta, maldiciéndolo en silencio. Su voz sonaba baja y tierna.

—Admito que no soy un hombre agradable. Quiero lo que quiero y no me importa cómo conseguirlo.

Te lo advertí cuando te llevé. No voy de broma.

Puede que en realidad disfrutes de mi compañía si eres una buena chica y haces lo que te digo sin tantos desplantes.

Voy a entrenar tu cuerpo para que anhele tanto el placer como el dolor que te doy.

Dije que rompería tu resistencia, y lo haré.

Chasqueó los dedos como si yo fuera su perrito obediente.

—Mírame y responde a mis preguntas con sinceridad. No quiero mentiras, solo la verdad. Si me mientes, pagarás las consecuencias. ¿Entendido?

Asentí y levanté la cabeza de su pecho. Lo miré con toda la calma que pude, conteniendo las náuseas. Su humor cambiaba constantemente, y eso me ponía nerviosa. Me levantó la barbilla ligeramente y me miró directamente a los ojos mientras me hacía preguntas extrañas.

—¿Crees que soy guapo?

Oh, Jesús, allá vamos.

No podía mentir porque me castigaría si lo notaba. Era guapo, desde luego, y él lo sabía. Tenía que ser honesta; era uno de los hombres más atractivos que había visto en mi vida. Asentí.

—Eso no vale, mascota. Dilo con palabras.

Tragué saliva. No quería halagar a este hombre, pero no podía mentir. Solo llevaba ocho horas conmigo y ya me había castigado por ser rebelde y por no decir la verdad.

—Sí, eres un hombre guapo.

La comisura de su labio se elevó ante mi respuesta.

—Vale. Sé que estás siendo sincera porque si hubieras dicho que no, sabría que era mentira. Soy consciente de lo guapo que soy. Tengo un efecto arrollador en las mujeres. Puede que no lo creas, pero la mayoría de las mujeres se me tiran encima.

¡Vaya! ¡Menudo imbécil engreído! ¡Tantas mujeres se le tiran encima y tuvo que secuestrarme a mí!

Su sonrisa burlona se acentuó mientras soltaba la siguiente pregunta.

—Describe mi cuerpo. ¿Qué ves cuando me miras?

Estuve a punto de levantar las manos y darme por vencida, sin querer seguir con este juego.

¿Qué coño está pasando?

Me mordí el interior de la mejilla. Un tic nervioso que arrastraba desde la infancia.

—Mmm, grande, fornido, musculoso y aterrador.

Sus ojos se clavaron en los míos mientras le respondía nerviosa. Sonrió con suficiencia mientras alargaba la mano para coger un mechón suelto entre los dedos y lo enroscaba. Por alguna razón, disfrutaba jugando con mi pelo.

—Aaw, ¿te parezco aterrador?

¿Este tipo estaba completamente chiflado?

Lo miré incrédula. No quería enfadarlo, así que medí bien mis palabras.

—Sí... No te conozco ni sé de lo que eres capaz. Ya me has sometido a un dolor y una humillación indescriptibles. Me das miedo porque me doblas en tamaño y podrías matarme con tus propias manos en cualquier momento. Así que sí, me aterrorizas.

Parecía indiferente. Le daba igual que me aterrorizara o el motivo. Esto no era más que otra parte de su enfermizo juego. Sé que es un asesino despiadado y a sangre fría, pero ¿sería capaz de mostrar aunque fuera un poco de compasión?

—Bueno, mascota, al menos has sido honesta. ¿Ves cómo un poco de disciplina te ha mejorado? Como te dije, no te mataré... nunca. De niño tuve un par de perros. Cuidé de ellos y también cuidaré de ti. Siempre trato bien a mis mascotas.

¡Genial! No soy más que un chihuahua.

¡Qué maravilla!

—Lo único que necesitas es un ajuste de actitud.

Eres fogosa, lo cual está bien, pero espero obediencia sin insolencia.

Necesitas que te humillen. Tu ego es grande, y bueno, el mío también.

A uno de los dos hay que bajarlo de su pedestal, y no voy a ser yo.

Ahora te cambiaré los vendajes y podrás ponerte una de mis camisas.

Sin bragas. ¿Recuerdas lo que te dije ayer?

Si hoy te portabas bien, podías taparte, pero sin bragas.

Qué amable por su parte dejarme ponerme ropa. ¡Menudo tipo!

—Soy un hombre de palabra. Créeme, podría pasarme el día mirando tu cuerpo desnudo. Me resulta muy agradable. Ahora, vamos a cambiarte esos vendajes y a ponerte una camisa.

Me rodeó la cintura con ambas manos y me echó sobre su hombro, llevándome como un saco de patatas hasta la esquina del dormitorio. Me sentó en la silla y me curó los pies, limpiándolos y vendándolos como si le importara.

El aire acondicionado seguía encendido y tenía los pezones duros por el frío de la habitación. Alargó la mano y me la pasó suavemente por ambos pechos.

Me pellizcó suavemente un pezón entre el pulgar y el índice, arrancándome un pequeño chillido.

Esbozó una sonrisa mientras se relamía.

—Ah, mascota, tengo que irme pronto. Por mucho que me encantaría chupar esas pequeñas piedrecitas entre mis dientes, no tengo tiempo.

Me estremecí, sabiendo que no tardaría mucho en follarme. Presentía que me haría muchas cosas desagradables, y tenía miedo porque en mis veintitrés años nunca había hecho nada fuera de lo común.

Por lo general, solía apagar las luces durante el sexo, pero con este tipo no había manera de que me dejara conservar algo de dignidad. Fue hasta el armario y cogió una de sus camisas de botones, enorme.

Se arrodilló frente a mí y me puso la prenda sobre el cuerpo helado, abotonándola hasta el cuello. Me quedaba enorme. Las mangas me sobrepasaban las manos unos siete centímetros. Se rio cuando terminó.

—Oh, gatita, mira lo grande que te queda mi camisa.

Me puso de pie con cuidado al dejarme en el suelo, para no estropear su trabajo con mis pies. La maldita camisa me llegaba a unos cinco centímetros de los tobillos. Me sentía como envuelta en una tienda de campaña.

Él no podía parar de reírse. A mí no me hacía ninguna gracia, pero a él obviamente sí.

—Lo siento, mascota. Tendrás que apañarte con esto hasta que te traiga algo de ropa esta mañana. Voy a volver a tu casa a recoger algunas de tus cosas. No puedes ir por aquí con mis enormes camisas durante los próximos meses.

Levanté la cabeza de golpe cuando dijo que iba a volver a mi casa.

—¿Vas a ir a mi casa esta mañana?