Capítulo 10
Kitlyn
No iba a ceder. Mantuve la boca cerrada con fuerza.
De ninguna manera iba a dejar que ese desquiciado de mierda metiera su lengua en ninguna parte de mi cuerpo.
Siguió presionando con fuerza contra mis labios, pero me negué a ceder.
Luchaba por respirar a través de la nariz mientras su boca se estrellaba contra la mía.
Lo estaba haciendo bastante bien hasta que el bastardo me mordió el labio inferior y un dolor punzante me atravesó la mejilla.
Ganó. Jadeé, abrí la boca para respirar y su lengua se deslizó dentro como una serpiente de cascabel enrollándose alrededor de su presa. Podía olerlo: masculino y misterioso.
¿Así que así funcionan las feromonas?
No estaba familiarizada con su olor natural, pero no me repugnaba. Su lengua continuó bailando el tango con la mía. Mis sentidos estaban sobrecargados. Estaba confundida porque me descubrí devolviéndole el beso, lo cual me asustó.
Para mi horror, mi cuerpo reaccionó a su asalto criminal sobre mi maldita boca. Sentí una chispa que me recorrió como un rayo.
Oh, ¿qué está pasando?
¿Por qué mi cuerpo reacciona así ante este chiflado?
Su boca era tan exigente como él. Su lengua lamía y acariciaba mis labios, los persuadía para que se abrieran antes de hundirse dentro, húmeda y hambrienta. Un gemido bajo se escapó de mi garganta.
¡Me estaba excitando!
Mi cuerpo se puso rígido ante la revelación. Su olor y la maldita forma en que se apoderó de mis sentidos nublaron mi juicio. Mi cuerpo traidor cedió, y no me gustó. Entonces, tan rápido como se había abalanzado sobre mis labios, se apartó de golpe.
Mi vergüenza era insuperable. Quería acurrucarme y morir. Sentía todo mi cuerpo arder de vergüenza por la pura humillación. La mirada triunfante en su rostro solo me hizo sentir peor. Había ganado y no iba a dejar que lo olvidara.
—Hmmm, parece que a mi mascota le gustó ese beso. Apuesto a que tienes el coño bien mojado para mí.
Lo miré con los ojos ardiendo de furia. ¿Estaba enojada con él o más molesta conmigo misma por responder como una puta descarada? Arremetí contra él de la única manera que sabía: con mi lengua venenosa.
—Por favor, no te hagas ilusiones. No podría odiarte más. Me resultas repugnante. Tuve que actuar como si disfrutara de tu asalto no consentido por miedo a que me castigaras. ¡Mi trasero no aguanta otra paliza violenta tuya!
Su sonrisa adoptó un aspecto malvado que me asustó de muerte mientras su mirada recorría mi cuerpo desnudo.
—¿Ah, sí, Gatita? Bueno, veamos cuánto me odias y cuánto te repugna que te toque.
Antes de que pudiera responder, me separó las piernas bruscamente y me hizo jadear.
El movimiento fue rápido e inesperado. Tenía la costumbre de sorprenderme con tirones y jalones sin previo aviso.
Su mirada se fijó en mi sexo expuesto mientras se lamía los labios.
Parecía el mismísimo diablo mientras agitaba el dedo índice hacia mí con una sonrisa.
—Veamos cuánto me odias, Gatita.
Sentía la cara ardiéndome de humillación. Estaba mortificada porque sabía exactamente cuáles eran sus intenciones. Sin pensar, cerré las piernas con la esperanza de que eso lo disuadiera de violarme.
¿A quién demonios pretendía engañar?
Este imbécil iba a hacer lo que le diera la gana. Suspiró, extendió la mano y me dio una fuerte palmada en ambos muslos, dejándome dos grandes marcas en la piel pálida. Aullé de dolor; las lágrimas amenazaban con brotar de nuevo.
—Abre esas piernas todo lo que puedas ahora mismo —ordenó, molesto por mi resistencia.
—Te prometo que esto no será doloroso; de hecho, creo que podrías disfrutarlo.
¡Oh, Dios! Ahí venía la humillación definitiva.
Agarré la sábana, apreté la tela de satén con ambas manos y abrí los muslos todo lo que pude. Bajé los ojos, sin querer mirar el rostro de mi torturador. No me permitiría ni una pizca de dignidad ni escapar de esos ojos grises y malvados que me taladraban.
—Oh, no, eso sí que no. No puedes apartar la mirada. Quiero verte la cara mientras te acaricio el coño. Déjame ver cuánto me odias.
Lo miré, deseando que me tragara la tierra. Mi vergüenza me consumió por completo mientras continuaba atormentándome. Se rió con crueldad mientras su dedo entraba suavemente en mi vagina. Lo metió y sacó varias veces antes de retirar el dedo reluciente, degradándome aún más.
Sonrió con malicia. —Hmmm... joder, estoy impresionado de lo bien que fingiste estar excitada.
Dobló el dedo reluciente hacia adelante y hacia atrás, agitándolo ante mí. —Este dedo cuenta otra historia. ¡Mira lo mojado que está! Parece que a tu coño le gusto bastante.
Una lágrima rodó por mi mejilla mientras él observaba con una sonrisa siniestra. No cedía. Se deleitaba menospreciándome y disfrutaba con la expresión horrorizada de mi rostro.
Con una sonrisa malvada, tomó el mismo dedo, ya cubierto con mis jugos, y masajeó suavemente el pequeño nudo entre mis piernas.
Hice todo lo posible por concentrarme en cualquier otra cosa que no fueran las sensaciones que palpitaban en mi sexo mientras apretaba las sábanas con más fuerza.
Prefería clavarme agujas calientes en los ojos antes que someterme a él.
Podía sentir los pulsos eléctricos infiltrarse en mis sentidos mientras estimulaba mi botón hinchado. Era casi imposible no excitarme. O sea, el clítoris tiene miles de terminaciones nerviosas sensibles.
¿Cómo iban a culparme si acariciaba toda esa carne vulnerable? Sentía cómo se me aceleraba la respiración mientras continuaba masajeando con pericia el pequeño nudo traidor.
Casi salté de la cama cuando introdujo otro dedo mientras aumentaba la presión sobre mi clítoris. Por mucho que intentara no ceder a las sensaciones que me imponía, no podía controlarme.
Con los ojos entrecerrados, podía ver la sonrisa burlona en su rostro mientras mi cuerpo respondía a lo que le hacía a mi coño hambriento. Mis caderas se movían involuntariamente contra su mano mientras me llevaba al frenesí.
Se me pusieron los ojos en blanco cuando lo oí reír.
Justo cuando sentí el orgasmo formándose en lo más profundo de mi ser, se detuvo de golpe.
Mantuve los puños a los costados, apretando las sábanas con frustración.
Estaba tan furiosa con este imbécil por someterme a una experiencia tan humillante que tuve que hacer acopio de todo mi autocontrol para no patearlo en la boca.
De no ser porque era el doble de grande que yo y por el castigo enfermo y retorcido al que me sometería, le habría escupido en la cara en ese mismo momento. Seguía sentado junto a mí en el borde de la cama, con el dedo mojado en alto mientras me miraba con una sonrisa malvada.
—Creo que me has mentido, gatita. En cuanto metí el dedo en ese coñito ansioso, salió empapado.
No me gustan los mentirosos. No estabas fingiendo nada para evitar el castigo.
Voy a entrenarte para que aprendas a aceptar la disciplina muy pronto.
Considera esto una lección por haber sido embustera.
Si vuelves a mentirme, te castigaré con más dureza. Ahora, abre la boca.
¿Qué coño quería ahora?
No tenía ni idea de lo que tramaba esta vez, pero necesitaba saberlo.
—¿Por qué?
Arqueó una ceja con una sonrisa burlona.
—Siempre tan curiosa. No te haré daño ni te meteré la polla hasta la garganta, si eso es lo que te preocupa. Haz lo que te digo.
Con un nudo en el estómago, hice lo que me ordenó. Me pregunté qué cosa enferma y retorcida iba a hacerme ahora. Frotó su dedo húmedo contra mi labio inferior, embadurnándolo con mis jugos sobre la carne rosada y carnosa.
—Quiero que me chupes el dedo hasta dejarlo limpio. Déjame verte regodearte en tu odio hacia mí.
Entrecerré los ojos, fulminándolo con la mirada, pero no dije ni una palabra. Estaba furiosa con él y conmigo misma. Con él por secuestrarme y convertirme en su esclava sexual, y conmigo por haber respondido a ese maldito beso.
Si no hubiera dejado escapar ese gemido, lo más probable es que no estaría aquí tumbada desnuda en esta cama mientras él me embadurnaba los labios con mis jugos. Me metió el dedo en la boca y me ordenó que chupara.
—Si dejas una sola gota de tu néctar en mi dedo, te dejaré atada, desnuda y con las piernas abiertas en mi cama hasta que vuelva más tarde esta mañana.
Así que asegúrate de hacerlo de maravilla.
Quiero que finjas que estás chupando una polla.
Que valga la pena. Me lo debes. Venga, ponte a ello. Tengo que irme pronto.
¡Dios, quería arrancarle ese asqueroso dedo de un mordisco! Lo metía y sacaba como si me estuviera follando la boca, riéndose mientras me humillaba aún más.
—Eso es, cariño. Vas a ser una putita obediente para mí. Lámelo como una buena chica. Déjame sentir tu lengua enroscándose alrededor de ese sabroso dedo lleno del jugo de tu coño.
Las lágrimas me corrían por la cara mientras lamía y chupaba su dedo.
Fingí que era la mejor golosina del mundo. Me lo trabajé como si fuera un delicioso cucurucho de helado de chocolate. Sabía agrio, con un toque de sal. No me molestaba lamer mi propio fluido.
Estaba furiosa porque lo estaba usando para degradarme aún más. Cuando por fin terminó de divertirse, sacó el dedo reluciente de mi boca y lo inspeccionó de cerca.
Tragué saliva, sin saber si me iba a conceder un respiro y librarme de estar encadenada desnuda a su cama todo el día. Habría preferido los azotes a toda esta maldita humillación. Sentía el rubor en las mejillas mientras me miraba. Me guiñó un ojo y sonrió.
Este maldito tipo no estaba bien de la cabeza.
—Bueno, princesa, debo felicitarte por un trabajo bien hecho. No parece quedar ni rastro de ti en mi dedo. Ahora arrodíllate frente a mí.
Me apresuré a ponerme de rodillas, hundiéndome ligeramente en el colchón mientras me equilibraba. Pensé que si obedecía y no le daba ninguna razón para castigarme, por fin me dejaría en paz.