Obsesión desquiciada (Serie Desquiciada nº 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Al final se adaptará a su situación. Me reí pensando en que debería haber aceptado la oferta de quedarse en su casa y ser liberada si no estaba contenta conmigo.

Si hubiera ganado limpiamente, la habría dejado marchar. Nunca he faltado a una promesa, pero ella lo echó todo a perder. Aunque debo admitir que me lo puso difícil.

Se me escapó una risita. Va a ser muy divertido doblegarla, eso seguro. Cerré el grifo, salí de la ducha y me enrollé una toalla en la cintura.

Volví al dormitorio y miré a mi bonita invitada.

Está despierta, observándome con atención.

Se le abrieron los ojos como platos al verme medio desnudo, paseándome delante de ella sin importarme una mierda.

Esos ojos, ese pelo negro azabache y su piel de marfil forman una combinación letal. La chica es impresionante.

Le sonreí.

—Buenos días, mascota. ¿Has dormido bien?

Bajó la mirada, removiéndose inquieta.

—Dadas las circunstancias, supongo que sí.

Sigue envuelta en la manta con la que la arropé. Necesito echarle un vistazo al trasero para ver cómo lo tiene esta mañana. Si se porta bien, le dejaré ponerse una de mis camisas hasta que vuelva con algo de su ropa.

Veamos si mis tácticas de disciplina le han cambiado la actitud esta mañana. No puedo quitarle los ojos de encima. Es adorable.

—Me alegra que te calmaras lo suficiente para quedarte dormida. Esta mañana tenías la cabeza apoyada en mi estómago, a pocos centímetros de mi entrepierna. ¿Querías algo?

Apretó los labios mientras me miraba. Su tono fue mordaz.

—Estaba dormida. Te aseguro que no lo hice a propósito. Lo único que quiero es que me dejes marchar.

Sonreí mientras me acariciaba la perilla.

—Veo que los azotes que recibiste no han servido de mucho para domar tu naturaleza rebelde, pastelito. ¿Recuerdas lo que te dije anoche? Tienes que ganarte el derecho a llevar ropa delante de mí. Nunca rompo una promesa, así que elige bien tus batallas.

Suspiró con expresión derrotada. Me quité la toalla de la cintura y dejé que mi polla quedara al aire. Tragó saliva y apartó la mirada.

—No seas tan tímida, mascota. A mí no me importa verte desnuda.

Di una vuelta sobre mí mismo, luciendo mi espectacular físico. No pareció apreciar el gesto.

Se encogió y se giró hacia el otro lado para no ver la sonrisa de mi cara. Ya disfruto provocándola. Me lo pone demasiado fácil para sacarla de quicio. Me encogí de hombros, cogí unos bóxers del cajón y me puse unos vaqueros negros limpios y una camiseta de tirantes gris.

Sé lo intimidantes que resultan mis brazos tatuados para los demás. El resultado me viene de perlas porque mantiene a la gente a raya. No soy muy sociable porque no me cae bien nadie. La mayor parte de la sociedad me saca de quicio.

Era un día caluroso de verano, pero no me apetecía ponerme pantalones cortos. No voy a pasar mucho tiempo fuera.

Todos los sitios a los que tengo que ir hoy tienen aire acondicionado, así que con pantalones largos iré bien. Cogí una pistola de la caja fuerte que tengo detrás de la pared y me la metí en la cinturilla.

Siempre llevo un arma encima, vaya donde vaya. Como me dedico a matar gente, nunca sé qué sorpresa me espera al otro lado de la puerta. Mi bonita invitada de honor sigue mirando hacia el otro lado, pero sé que está pendiente de cada uno de mis movimientos.

Captará cada sonido a su alrededor. Es instinto de supervivencia. La chica no sabe qué planes tengo para ella, así que se mantendrá en alerta máxima. Entiendo que está asustada, pero con el tiempo aprenderá a confiar en mí.

Si es una buena mascotita, la trataré bien. Si sigue comportándose como una mocosa, pasará más tiempo con el monstruo que llevo dentro. La chica tendrá que ganarse lo poco que queda de mi lado amable.

Estoy obsesionado con ella a cada minuto del día, lo que a veces me vuelve loco. Me pongo unas sandalias y me acerco a la cama, sentándome en el borde del colchón.

—Gatita, date la vuelta y mírame.

La oigo quejarse mientras se gira despacio sobre su costado hasta clavar sus ojos en los míos.

—Así está mucho mejor. ¿No sabes que es de mala educación apartar la mirada cuando alguien te habla?

Pone los ojos en blanco y resopla.

—No me estabas hablando. Andabas pavoneándote por aquí con el culo al aire, así que no creí que fuera problema girarme.

Sonreí, divertido con su respuesta.

Es una descaradilla con agallas, eso seguro.

—Azotarte el culo hasta dejártelo en carne viva no fue suficiente para que obedecieras, ya veo. Quizás tenga que tomar medidas más drásticas.

Al instante pareció arrepentida por su actitud de mierda.

—L-lo siento. No quise sonar tan borde. Soy terca y no sé callarme. Me cuesta controlarme.

Extendí la mano y le acaricié la cabeza.

—No te preocupes, esta te la paso. Sé que la situación en la que estás es, digamos, bastante diferente e inesperada.

Te daré un poco de tiempo para adaptarte, pero mis reglas son mis reglas, y si las rompes con berrinches y ataques contra mí, tendrás que atenerte a las consecuencias.

Me miró con mala cara y me sacó la lengua.

Me reí para mis adentros. La chica tiene más agallas que la mayoría de los hombres que conozco. Sonreí porque no tiene ni idea de lo que le espera si me presiona demasiado.

—La próxima vez que saques esa lengua, te la restregaré con mi polla y te la haré chupar, ¿entendido?

Bajó la mirada y asintió sin decir palabra. No tenía tiempo para aguantar sus gilipolleces. Tenía cosas que hacer, así que dejé pasar su pequeño acto de rebeldía.

—Tengo que hacer unos recados esta mañana, y te quedarás en tu habitación hasta que vuelva. Antes de irme tengo que curarte el culo y cambiarte las vendas de los pies.

Me fulminó con la mirada, pero la ignoré.

Sus modales serán impecables cuando acabe con ella.

Continué con mi discurso.

—El doctor pasará para ocuparse del implante. También te revisará los pies. Me dará un ungüento y una receta de antibióticos para evitar que se infecten. Ahora que eres mía, voy a cuidarte bien.

Parecía confundida.

—¿Has pedido que venga un médico a atenderme? ¿A tu prisionera? Déjame adivinar: trabaja solo para ti, ¿verdad? ¿Y de qué implante me hablas?

Le sonreí triunfante a mi pequeña prisionera inteligente.

—Vaya, belleza e inteligencia. Tienes razón; trabaja solo para mí. Lleva años en mi nómina. Si se te ocurre contarle que te secuestré, te prometo que le importará una mierda. Sabe a qué me dedico y ha visto parte de mi trabajo. El buen doctor jamás se metería en mis asuntos porque no quiere morir.

Se aclaró la garganta y movió ligeramente las caderas.

Seguía acostada de lado.

Le sonreí.

—Hace lo que se le dice y mira hacia otro lado. Te curará los pies, te implantará un rastreador en el brazo y te pondrá anticonceptivos.

Tragó saliva y sus ojos se oscurecieron de ira, pero no montó un numerito. —¿Me vas a poner un rastreador en el brazo como si fuera un animal? ¿Por qué coño necesitas hacer eso?

Levanté suavemente un mechón oscuro de su hombro y lo enrollé entre mis dedos, disfrutando de su suave textura.

—Ya lo sabías cuando lo hablamos en tu casa anoche. ¿Se te ha olvidado?

Se le humedecieron los ojos, pero contuvo las lágrimas.

—No, no se me ha olvidado. No creo que sea necesario.

Por favor, señor... no tiene que hacerlo.

Parece que tiene un plan bastante sólido.

¿Adónde coño voy a ir? No puedo salir de esta casa, y una vez que me lleve a su isla, ¿cómo demonios voy a escapar de usted allí?

Estoy bastante jodida, tal como yo lo veo.

Esbocé una sonrisa mientras seguía enrollando su cabello entre mis dedos.

—Dormiré mejor por las noches sabiendo que lo llevas puesto. Voy a invertir mucho tiempo y dinero en ti. Necesito tener controlada mi propiedad. No sentirás nada, te lo prometo. Mi decisión es definitiva; ahora ponte de rodillas para que pueda verte el culo. Necesita más crema.

Cerró los párpados con fuerza al retirar la manta, y las lágrimas le corrieron por las mejillas mientras se arrodillaba con el culo hacia mí. Se volvió a mirarme con furia en los ojos.

—Esto es tan jodidamente humillante. Tenerme de rodillas, desnuda, y ahora quiere ponerme un rastreador como a un perro. ¿Por qué me hace esto?

Le inspeccioné el culo. Solo tenía unas pocas marcas leves.

Parecía que ya se estaba recuperando, aunque todavía necesitaba aplicarle la crema para que no le picara demasiado ni le dejara cicatriz.

Extendí la mano y se la pasé por ambas nalgas.

Estaba casi curado, pero aún sensible. Dio un respingo cuando le toqué la zona dolorida.

Otra tanda de azotes no le rompería la piel; qué nalgas tan hermosas. Estoy deseando dejarle marcas de mordiscos. Volví a centrarme en ella.

—Lo hago porque me da la gana. No tiene ni pies ni cabeza. Veo que voy a tener que empezar tu entrenamiento de inmediato. Puede que no te deje ponerte ropa en una temporada. Tu único propósito es satisfacerme, y la timidez no se tolera.

Jadeó y siseó entre dientes, pero no dijo nada.

Le sonreí.

—No te avergüences, mascota. Esto es suave. Va a ponerse mucho, mucho peor. Más te vale ir acostumbrándote.

La empujé hacia delante. —A cuatro patas.

Soltó un gritito, sorprendida por el movimiento inesperado.

Sollozó más fuerte, pero se inclinó hacia delante apoyándose en manos y rodillas, tal como le había ordenado.

—¡No sé por qué me haces esto!

Siseó entre sollozos.

Sonreí, divertido ante su pudor.

—Ya te lo dije. No pienso repetirlo. Quédate quieta mientras traigo la crema. Esas marcas se han desvanecido de maravilla. El ungüento es esencial para que cicatricen bien. Como te dije, no quiero que te queden marcas.

Me levanté de la cama y cogí el tarro del tocador. Me quité las sandalias antes de subirme al colchón detrás de ella. No me gusta la suciedad en mis sábanas; soy maniático con esas cosas. Sigue llorando suavemente.