Obsesión desquiciada (Serie Desquiciada nº 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Kitlyn

¿Me estuvo mirando mientras me tocaba? ¡Menudo pervertido! Ojalá me tragara la tierra ahora mismo. Estoy muerta de vergüenza.

Apreté los labios mientras me bajaba de la cama, poniéndome de puntillas para no hacer presión sobre las heridas. Me sale humo por las orejas. Estoy tan furiosa que ya no puedo contenerme. Perdí los estribos y le solté todo lo que pensaba.

—¡Dios, te odio con toda mi alma! ¡¿Cómo te atreves a espiarme e invadir mi privacidad?! ¡Eres un puto enfermo! ¡Y te agradecería que me llamaras por mi verdadero nombre, no por esos jodidos motes degradantes que usas!

Estaba demasiado furiosa para mantener la calma.

Sin pensar, me lancé contra él, con las plantas de los pies ensangrentadas y todo.

Le golpeé el pecho con los puños y le di patadas con mis pies llenos de cortes.

Estaba tan cabreada que apenas sentía el dolor que me recorría los cortes palpitantes de los talones y me subía hasta media pantorrilla, y desde luego no pensé en las consecuencias.

Atlas

Se lanzó contra mí como una gata salvaje. Sus diminutos puños seguían golpeándome, pero apenas lo sentía. Estoy harto de sus berrinches. Con un gruñido, la levanto y me la echo al hombro por segunda vez esta noche. Me está sacando de quicio como nunca, y ahora lo va a pagar.

Patalea y grita como una histérica. Le sangran los pies otra vez, dejando un rastro de manchas rojas en mi jodido suelo. ¡Menudo desastre!

¡Voy a ocuparme de su actitud de mierda ahora mismo! Va a ser una noche larga. Me siento en el borde de la cama, la bajo del hombro agarrándola por la cintura y la arrastro sobre mi regazo. Le arranco el tanga de un tirón, rasgando la delicada tela, y lo tiro al suelo.

—¡Ya he sido bastante tolerante! —espeté.

—¿Quieres ponerme a prueba, mocosa? Pues lo has conseguido. No soporto a las mujeres que no saben comportarse. Te voy a domar, jovencita, y harás lo que se te ordene.

Sigue gritando y retorciéndose, tratando de escapar. Le clavo el codo en la espalda para inmovilizarla mientras descargo mi manaza sobre una nalga. Chilla cuando mi palma impacta contra su trasero desnudo.

—Si sigues resistiéndote, solo dolerá más. Si tengo que atarte y azotarte, lo haré. No me provoques. ¡Deja de patear! —grité, ya sin paciencia.

Descargué la mano sobre su trasero... con fuerza, dejando una marca roja profunda en su piel pálida. Gritó más fuerte, lanzándome patadas mientras seguía azotándola.

—Muy bien, supongo que tendremos que hacerlo por las malas.

La siento en el suelo, voy al armario y cojo una corbata.

Intenta levantarse, pero le sangran los pies por todas partes, así que se arrastra por la habitación intentando llegar a la puerta.

No sé por qué lo está complicando tanto, pero allá ella.

La agarro por las muñecas y la pongo de rodillas de un tirón.

Le arranco la camiseta por la cabeza con más fuerza de la necesaria y la tiro al suelo, dejándola completamente desnuda y a mi merced.

Le echo los brazos hacia atrás y se los ato, pero no tanto como para cortarle la circulación.

No quiero que consiga soltarse retorciéndose.

Sigue gimoteando pero ya no lucha. La miro con el ceño fruncido.

Sigue de rodillas, erguida. Pensaba ponerle una almohada debajo para que estuviera más cómoda, pero estoy tan cabreado que ni se la ofrezco.

—Inclínate hacia delante, con el pecho contra el suelo, y abre las piernas.

Se le puso la cara pálida y empezó a temblar.

Mi voz sonaba profunda e implacable. —No quería hacer esto, pero no me has dejado otra opción. Te voy a enseñar lo que les pasa a las chicas malas que se niegan a obedecer.

Empieza a llorar de nuevo, mirándome con sus tristes ojos verdes. —Lo siento. ¡Por favor, no hagas esto! —rogó, sollozando más fuerte. Me dan igual sus lagrimitas. Solo quiero tenerla bajo control, meterla en la bañera y acostarla de una vez.

—Tus lágrimas no me afectan. He dicho que abras las piernas, o lo haré yo. Prepárate, porque esto no va a ser agradable.

Sus llantos resonaron por la habitación, pero obedeció. Abrió las piernas, dejando a la vista ese hermoso coño. Ignoro la carne rosada que me tienta. La chica está siendo disciplinada por comportarse como una princesa mimada. No es momento de rendirle culto a su coño.

No le he hecho daño, pero ella sigue provocándome. Me quito el cinturón de los vaqueros. Se le corta la respiración. Su cuerpo sigue temblando de miedo mientras continúa sollozando violentamente. Sé que soy un puto enfermo porque me excita verla así.

Suelta un chillido que me eriza el vello de la nuca.

—¡Por favoooor, no me pegues con ese cinturón! ¡No puedo soportar tanto dolor! ¡Me voy a morir!

Sus súplicas me excitan, así que cojo otra corbata del armario y la amordazo con ella. No es momento de que se me ponga dura y me la folle hasta dejarla sin sentido. Lo que tengo que hacer es mantener el control y enseñarle una maldita lección. Cuanto antes sepa quién manda aquí, mejor.

Tengo mucho que hacer por la mañana, y no tengo tiempo para aguantar a una diablilla rebelde.

Gira la cabeza para mirarme. Puedo ver el terror en sus ojos, y por una fracción de segundo, siento una ligera punzada de compasión porque ella es, al fin y al cabo, mi objeto de deseo.

Mi todo. El oxígeno que respiro, pero necesita obedecer.

Dejo caer el cinturón al suelo y saco la pistola de la cintura.

La miro. Sigue temblando sin control. No quiero que piense que voy a usarla contra ella, así que descargo el arma de inmediato y guardo las balas y la pistola en la caja fuerte que hay detrás de la pared, con el resto de mis armas.

Noto el alivio en su cara antes de volver a colocarme detrás de ella.

No tengo intención de usar la correa con ella ahora mismo.

No hace falta para conseguir el efecto que busco.

Me acerco más, contemplándola a cuatro patas.

Inhalo profundamente, conteniendo mi deseo de azotarla sin piedad.

Por mucho que quiera hacerla retorcerse bajo mi cinturón, me recuerdo que todavía está superando su calvario, así que me centro en usar solo la mano.

Dolerá, pero no tanto como la correa de cuero.

Le acaricio las nalgas suavemente, admirando esas esferas perfectas. Puedo ver los pliegues de su sexo rosado. Me pregunto si estará húmeda, pero el culto a su coño queda para otro momento. Sigo acariciando su hermosa piel pálida, logrando que se relaje un poco.

Ya no llora tanto.

La miro, contemplando sus nalgas de marfil perfectas una vez más, antes de teñirlas de rojo carmesí.

—Ahora, quiero que recibas tu castigo como una buena chica.

He sido amable contigo toda la noche, pero tú insististe en provocarme.

Intentaste huir y luego me insultaste, sin mencionar que me atacaste hace solo unos minutos.

Estos azotes son por lo que acaba de pasar entre nosotros.

Recibirás lo que te mereces por intentar escapar y no bajar del árbol cuando te lo ordené...

en otro momento. Esto dolerá, así que mantén el equilibrio lo mejor que puedas.

Los golpes serán fuertes, y recuerda que esto es culpa tuya.

Lo siento, pero no me dejas otra opción.

Me perteneces, y me obedecerás te guste o no.

Escuché un llanto ahogado antes de que mi mano cayera con firmeza sobre su trasero desnudo.

Kitlyn

Los golpes seguían cayendo en rápida sucesión.

Zas... zas... zas... zas.

Cada uno más fuerte que el anterior. Intenté alejarme de él, retorciendo el cuerpo con cada golpe, pero me agarró por la cintura con una mano mientras me azotaba el trasero con la otra.

Estoy sollozando contra la mordaza, todavía intentando escabullirme, pero su firme agarre en el vientre no me permite moverme.

Tengo el trasero ardiendo y estoy gritando con todas mis fuerzas, pero la mordaza improvisada ahoga mis gritos desesperados.

Las lágrimas caen libremente, formando un charco en el suelo.

Tengo la cabeza girada hacia un lado mientras mi acosador continúa azotándome.

Puedo ver sus gruesas piernas desde donde estoy inclinada en el suelo. Todavía lleva puestos los vaqueros y la camiseta. Observo cómo se le flexiona el brazo musculoso mientras me golpea el trasero una y otra vez.

¿Cuántas veces me ha golpeado? Perdí la cuenta.

Tengo todo el cuerpo empapado en sudor mientras sigo gritando contra la mordaza.

Tengo la voz ronca y la garganta seca. Me cuesta tragar.

El dolor es insoportable, y él no se detiene.

Simplemente sigue descargando la palma una y otra vez.

Me ha golpeado tantas veces que tengo el trasero entumecido.

Apenas siento ya los golpes. Me estoy desconectando como hacía de niña cuando mi madre me pegaba con un cinturón o con lo que pillara a mano.

Es casi surrealista. Siento como si flotara fuera de mi cuerpo.

Cada golpe me empuja ligeramente hacia delante, pero su agarre en la cintura evita que me mueva demasiado.

Soy un puto desastre babeante. Tengo los ojos borrosos y apenas veo entre las lágrimas.

Los azotes ya son bastante horribles, pero la vergüenza que siento es peor.

Estoy de rodillas, completamente desnuda, mientras este desconocido me azota como a una niña traviesa.

Los golpes repetidos hacen que me reboten los pechos, y tengo las piernas abiertas de par en par, mostrando todas mis partes íntimas.

Si eso no es humillante, no sé qué lo es.

Sigo mirando a mi captor de reojo. Se ha quitado la camisa.

No está sudando en absoluto. Yo, en cambio, estoy empapada de pies a cabeza por la brutal paliza que me obligan a soportar.