Obsesión desquiciada (Serie Desquiciada nº 1) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Va a disciplinarme, ¿pero cómo? No llevo bien las palizas. Mi madre solía pegarme cuando era niña, y eso me convirtió en la persona que soy hoy. Pasé por mucha mierda con ella y su adicción a los opiáceos. Hizo muchas cosas jodidas cuando yo era joven.

Recuerdo cuando tenía ocho años; perdió la cabeza porque no me puse las pantuflas cuando salí, como me había dicho.

No podía ponerme las zapatillas deportivas, que estaban llenas de agujeros, así que andaba descalza. Me daba demasiada vergüenza usar pantuflas mientras jugaba en el barrio.

Los otros niños ya se burlaban de mí porque éramos pobres, y lo odiaba. Cuando entré en casa descalza, se volvió loca y me azotó con una cuchara de plástico, que me dejó verdugones por todo el cuerpo.

La mujer que vivía en el tercer piso de nuestro bloque llamó a mi padre al trabajo para decirle que mi madre me estaba dando una paliza tremenda y que yo estaba gritando como si me estuvieran matando.

Vino corriendo a casa y la detuvo antes de que me pulverizara.

Esa fue la única vez que intervino cuando mi madre me pegaba.

Estuve cubierta de verdugones durante días por culpa de esa maldita cuchara.

Mi psiquiatra me dijo que los problemas de mi infancia me convirtieron en una persona más fuerte. Puede que sí, pero aun así no fue agradable. No me gusta aguantar mierda de nadie, incluido este chiflado. Podría matarme de un solo puñetazo.

Eso está bastante claro. No necesita mi arma para asesinarme. Cuando dije que me gustaban los chicos malos, no sabía lo que eso implicaba. Lamento haber atraído a este desquiciado porque ahora sé lo que es un chico malo de verdad.

Está sentado a mi lado, al volante de este vehículo de alta gama en el que me obligó a entrar.

Supe que era rico nada más ver el interior de su BMW, con tapicería de cuero negro y rojo, y no para de hablar de su isla privada.

Supongo que la mayoría de los asesinos ganan mucho dinero.

Es la personificación del mal y la locura, todo en un mismo paquete.

Qué suerte la mía.

Actúa como si estuviera dando un paseo dominical cualquiera. No le molesta nada de lo que ha hecho esta noche. El hombre está claramente loco. Aunque creo que me arrepentiré de esto, necesito saberlo, o perderé la cabeza. Trago con dificultad, con el nudo en la garganta.

—¿Cómo vas a castigarme? Quiero prepararme para no tener un colapso nervioso de tanto darle vueltas.

Me mira y me guiña un ojo.

—Ahora bien, si te lo digo, la lección será ineficaz, ¿no crees?

Te prometo que no tendrás un colapso nervioso, mascota.

Si eso sucede, no me servirás de nada; sin embargo, podrías haber evitado el castigo simplemente portándote bien.

Ahora estás ahí sentada, hecha un manojo de nervios, preocupada por ello.

Después de que expíes tu desobediencia, tal vez tu actitud mejore.

Respiro hondo, detestándolo con toda mi alma. El estómago me daba volteretas como en una competición de gimnasia. No podía calmar las náuseas. Solo puedo imaginar cómo me golpeará y me dejará el cuerpo lleno de moratones y cicatrices.

Me dijo que él era el único que podía marcarme, así que asumí lo peor. Látigos, cadenas, palas y Dios sabe qué más. Ay, Dios mío.

¿Cómo me metí en este lío? Estaba tan absorta en mis pensamientos atormentados que no me di cuenta de que habíamos entrado en un garaje subterráneo.

No había prestado atención al camino mientras él conducía porque estaba demasiado preocupada por mi castigo.

El labio superior se me cubrió de sudor y me sentí mareada.

Me estaba poniendo ansiosa ahora que estábamos en su territorio.

Eso me asustaba más que cualquier otra cosa.

Una vez que estuviera dentro de su guarida, se habría acabado el juego.

Ahora estoy a merced de este hombre enfermo y retorcido.

Me quedé quieta, entumecida. Tenía el cuerpo congelado en el tiempo.

Sé que una vez que entre en esa casa, mi vida ya no será mía.

La vieja yo desaparecerá para siempre. Ese pensamiento me llevó al límite.

Empecé a temblar tan fuerte que me castañeteaban los dientes.

Sentí un miedo helador recorrerme las venas mientras los temblores se apoderaban de mi cuerpo.

Mi Caballero Oscuro notó que estaba hecha un desastre cuando se acercó a la puerta del copiloto.

Me sonrió con calidez, como si ese cuerpo ridículamente grande fuera capaz de albergar algo de compasión.

—Ven, mascota. No hace falta que estés tan asustada. Ahora que eres mía, voy a cuidarte de maravilla. Necesitas un buen baño, y hay que ocuparse de esos pies. Has tenido una noche difícil, especialmente con ese imbécil que intentó aprovecharse de ti. Ahora yo te protegeré.

Me sacó del asiento y me cogió en sus brazos enormes como si no pesara más que un pisapapeles.

Estaba tan cansada y asustada que ni siquiera tenía energía para hacerle un corte de mangas.

Se me pasó por la cabeza, pero ¿de qué serviría?

Solo me acarrearía otro castigo. Intentaré no añadir nada más a mi larga lista de deudas hasta que sepa de qué tipo de maldad es capaz este hombre loco y formidable.