Obsesión desquiciada (Serie Desquiciada nº 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Si estoy realmente cabreada, me cuesta horrores mantener la bocaza cerrada. Soy muy independiente y puedo ser borde cuando alguien me molesta. No puedo evitarlo. Supongo que así me hizo nuestro Señor. Con suerte, el psicópata no me molestará más y podré volver a mi vida sin estar tan paranoica.

Me froto el puente de la nariz y suspiro.

Estoy cansada y tengo el cuerpo pegajoso por el calor del verano.

El sudor me gotea debajo de los pechos. Necesito una ducha ya.

Es hora de ponerme cómoda y ver una peli.

Es lunes por la noche y solo quiero relajarme.

Voy bailando hacia la ducha, emocionada por dos cosas.

Número uno: esta noche voy a ver The Burning Bed.

Es una película antigua sobre violencia doméstica.

Sé que la película me cabreará por su contenido sensible, ¡pero venga! Para mí, cualquier hombre que pega a una mujer es un cobarde. Ni siquiera sé por qué quiero verla, dada mi situación, pero estoy deseando gritar al televisor para desahogarme cuando aparezcan las escenas violentas.

Soy muy fan de los documentales y el true crime. Siempre me parece interesante conocer los antecedentes. Me encanta saber qué mueve a la gente. Quizá me ayude con los nervios cuando suelte toda la frustración acumulada de estos últimos meses.

Número dos: mi Caballero Oscuro no me ha molestado ni ha noqueado a nadie en las últimas tres semanas. Rezo para que se haya cansado de mí y desaparezca de mi vida. No puedo predecir el futuro, pero sé que mi arma acaba de convertirse en mi nueva mejor amiga.

Atlas

Me mantuve al margen y dejé a mi mascota en paz durante unas semanas. La estaba asustando, y entendía por qué estaba tan nerviosa. Hasta yo tengo que admitir que lo que estoy haciendo está jodido, pero es que no puedo parar.

Llevo tres meses observándola, y quizá no fue buena idea mandarle mensajes de vez en cuando y luego darles una paliza a los imbéciles que la trataban como basura.

No voy a tolerar que nadie le falte al respeto, y no soporto verla ni siquiera hablando con otro tío.

Me vuelven loco unos celos que me nublan la razón.

Soy el único que tiene el privilegio de hablar con ella, ¡y desde luego no quiero que nadie se la folle!

No entiendo qué me pasó, pero me entró un picor por esa chica y necesitaba rascármelo.

Quedé prendado la primera vez que me crucé con ella, pero mi obsesión no empezó hasta la tercera vez que coincidimos.

No recordaría esos breves encuentros porque solo me conoció en el mercado, y aquella breve interacción duró unos cuatro minutos.

Las otras dos veces, no se percató de mi presencia.

Ella no está obsesionada como yo, y mi lado oscuro quiere castigarla por ello.

Por supuesto, no es culpa suya que yo esté trastornado, pero aun así quiero hacerla pagar por mis sentimientos. Nuestro primer encuentro fue en la sección de congelados del supermercado. Los dos metimos la mano en el congelador a la vez.

Mi mano grande rozó la suya, más pequeña, y eso despertó a mi polla dormida. El muy cabrón se puso firme al instante, y tuve que regañarlo mentalmente para que se calmara de una puta vez. Jamás había reaccionado así con ninguna otra mujer.

Por supuesto, eso despertó mi interés. No tenía ni puta idea de qué demonios había pasado, pero me disculpé con la guapa morena e insistí en que cogiera primero su helado Rocky Road.

Puede que ahora sea un acosador espeluznante, y mi trabajo a menudo consista en aniquilar gente, pero siempre soy un caballero. Incluso si tengo que matar a una mujer por trabajo, intento disculparme antes de apretar el gatillo. Nunca es nada personal; es solo otro día en la vida de un asesino.

Algunas personas pueden pensar que soy un tremendo cabrón por matar al sexo débil, y puede que lo sea, pero no estoy hablando de matar a amas de casa tipo Betty Crocker.

Me las veo con la escoria más baja de la sociedad.

Estas femmes fatales son despiadadas, asesinas a sangre fría, sin empatía por nadie.

La mayoría están metidas en el negocio de la trata de personas y el tráfico de órganos.

Pueden parecer dulces e inofensivas, pero créeme, son tan brutales como yo.

Mi brújula moral está en cero de todos modos, así que me da igual si mi objetivo es hombre o mujer.

Me la suda lo que tengan entre las piernas.

Lo que no mato son niños y animales, lo que eleva mi brújula unos cuantos puntos.

Elimino a muchos traficantes de personas.

Ese negocio siempre está en auge, así que las misiones me mantienen ocupado.

No me involucro en las misiones de rescate. No me interesa meterme tan a fondo en el asunto. Que el gobierno y las ONG se encarguen de esa parte. Prefiero permanecer invisible. Me va mejor así.

Quitarle la vida a alguien no significa nada para mí. Es tan normal como ir a la tienda de la esquina un lunes por la tarde. Nunca me siento culpable ni arrepentido cuando acabo con alguien. Para mí, es solo un trabajo más. Paso desapercibido como cualquier otro tío corriente cuando ando por ahí.

Aunque despiadado e implacable, soy encantador cuando toca. Tengo una empresa de seguridad legítima que me hace parecer un ciudadano normal que trabaja y paga sus impuestos. La empresa está a nombre falso, cortesía de la CIA.

El gobierno, incluida gente muy violenta en altos cargos, me contrata para eliminar cualquier mierda del hampa que haya que limpiar.

Nunca hago preguntas. Hago lo que me entrenaron para hacer…

MATAR. Es irónico que mi padre quisiera que me uniera al ejército ruso de niño.

La idea me repugnaba, pero acabé trabajando para el gobierno estadounidense.

Fui francotirador durante seis años antes de que terminara mi contrato.

Me entrené con los Navy Seals y en las Fuerzas Delta.

El campamento de entrenamiento fue brutal, pero me encantó.

Así es como me convertí en el asesino letal que soy hoy.

También ayudó que ya de entrada no tuviera mucha conciencia cuando me alisté.

Tenía mucha rabia acumulada y necesitaba desahogar mis tendencias violentas.

He visto mucho en mis treinta años en este planeta. No voy por ahí matando gente sin más, por supuesto, pero si alguien me cabrea, no tengo ningún problema en acabar con él.

Cuando dejé el ejército, me uní a la CIA para trabajar para el gobierno de forma privada. Tengo varios socios que me ayudan con las misiones. Mi mano derecha es Jacob. Es tan violento como yo y muy minucioso a la hora de castigar a nuestras víctimas.

Jacob es famoso por haberse cargado a bastantes de estos criminales. Usa un método único con ellos, y siempre funciona. Los cabecillas violentos suelen torturar y disparar a cualquiera que los traicione. Estos cárteles son implacables.

Mis hermanos, Zach y Joey, también forman parte de mi equipo. Zach, cuyo nombre ruso es Maxim, es un genio de la informática. Puede rastrear y localizar a cualquiera. También es un hacker experto. El tío es un genio. ¿Yo?

No tengo ni puta idea de esa mierda. Joey, conocido como Lev, es más bien mi asistente personal. Organiza mi agenda, me lleva en coche si hace falta, lleva el registro de todas mis misiones y planifica todo mi itinerario.

Le pago bien por sus servicios y le doy una vida excelente. Es como la hermana que nunca tuve. Sabía que era gay antes de que él mismo lo supiera. Por fin salió del armario conmigo cuando nos mudamos a Estados Unidos.

Le aterrorizaba decírmelo. Sabe que soy un hombre violento, y pensó que le iba a dar una paliza si me enteraba de que prefería la compañía de hombres a la de mujeres. Lo que él sea no me define a mí.

Me importan una mierda las preferencias sexuales de los demás.

Lo quiero igual. Mi libertinaje no es nada del otro mundo, así que ¿quién soy yo para juzgar a otros por sus elecciones sexuales?

Chúpate todas las pollas que quieras, hermanito.

Yo no juzgo. Mis dos hermanos conocen mi personalidad.

Seguro que me bombardearán con preguntas sobre la chica cuando la secuestre.

Mi otra socia, Yara, también me soltará unas cuantas preguntas. Está colada por mí, pero ese no es mi problema. Es cosa suya mantenerlo profesional. No les debo ninguna explicación sobre lo que hago con mi vida. Secuestraré y me follaré a quien me dé la gana.

Lo que hago con mi tiempo no es asunto suyo.

Conociendo mi temperamento, no se atreverían a presionar demasiado.

Nadie puede salvar a la guapa morena de mí.

Aparte de mis hermanos, solo el gobierno conoce mi verdadera identidad.

Tanto mis hermanos como yo nos cambiamos los nombres cuando llegamos a América.

Hice un trato con la CIA cuando me alisté en el Ejército. Los tres teníamos que desaparecer de los registros de todas las fuerzas del orden. Me querían tanto que aceptaron mis condiciones, y por eso la policía nunca pudo encontrarme.

Mis contactos me facilitan trabajar de incógnito y hacer lo que me dé la puta gana, lo que me permite acechar a mi obsesión justo delante de sus narices.

No hago preguntas y no tomo partido. Iré a por los cárteles para el gobierno, y mataré a los competidores de los criminales.

Pueden matarse entre ellos, por mí como si se exterminan.

Una vez que termino una misión, recibo el pago por transferencia a un par de cuentas offshore que abrí cuando empecé a asesinar gente para ganarme la vida.

No soy un tío majo lleno de sentimentalismos. Entreno duro y follo duro.

Mis pensamientos volvieron a Gatita. Después de nuestro primer encuentro, me la volví a encontrar saliendo de un restaurante del barrio. Había entrado a comer algo rápido con Yara cuando me fijé en que mi chica de ojos verdes estaba allí. Estaba sentada con una amiga, cenando y tomando copas.