Capítulo75
—Eres muy testaruda, como tu padre. —Inmóvil, en el fondo del invernadero, estaba la versión envejecida del hombre de la foto que De Robertis le había enseñado a Aurora. Rasgos regulares, mandíbula cuadrada, pelo rubio, rostro surcado de arrugas definidas, mirada cortante como el cristal—.
—¡Quédate donde estás! —exclamó Aurora. Soltó las tijeras y agarró la pistola con las dos manos—. Nazareno Maiorano, quedas detenido.
—Vamos, Scalviati, eres más inteligente que eso —siseó Valraven—. Ya deberías saber que Maiorano murió hace mucho tiempo.
—¿Quién eres en realidad? —lo instó Aurora.
Valraven se limitó a observarla, inexpresivo. Dio un paso adelante.
—¡Te he dicho que te quedes quieto! No volveré a decírtelo. —Aurora aferró la pistola de reglamento como el timón de un barco durante una tormenta.
—¿Vas a disparar a un hombre desarmado?
—Lo haré, si es necesario.
En respuesta, Valraven levantó las manos. En una sostenía un teléfono móvil anticuado, con el pulgar sobre el botón de llamada.
Aurora palideció, se dio cuenta de inmediato de que se trataba de la activación a distancia de un detonador.
—Puedes dispararme si quieres —la desafió Valraven—. Aun así, tendré tiempo para pulsar este botón.
—Se acabó, ¿no lo entiendes? Dime dónde está la bomba.
—Se acabará cuando todos estén muertos. Excepto tú, que te quedarás sola, rodeada de los cadáveres de las personas que amabas y preguntándote qué podrías haber hecho para salvarlos. Todos los días. Hasta el último día.
Solo en ese momento Aurora recordó que todos estaban reunidos en el funeral de Elena.
Bruno, Chia, Tom, Piovani, los colegas de la comisaría.
Por eso le había ordenado que se fuera a casa.
Debía de haber colocado un artefacto para provocar una masacre, pero no quería que ella estuviera presente en el momento de la explosión.
No, quería que sobreviviera. Y que sufriera.
Igual que le había ocurrido a él, Aurora tenía que perderlo todo.
—Matar a la gente que amo no traerá de vuelta a tu familia.
—Algunas culpas solo pueden lavarse con sangre. La tuya es ser la hija de Francesco Scalviati.
—¡No te atrevas a mencionar su nombre!
Valraven empezó a caminar de lado, sin dejar de mirar a Aurora, como un depredador esperando a dar el salto letal.
—Hablas de amor, pero tu padre no te amaba. Solo amaba su trabajo. Estaba obsesionado con él, y en cierto modo yo admiraba esa dedicación. Por eso le ofrecí la posibilidad de una tregua. Después de todo, él había sido el único en ver más allá de las apariencias, en acercarse a la verdad.
—¿Una tregua? —gruñó Aurora—. ¡Lo chantajeaste! Le pediste que dejara de investigar con la amenaza de hacerme daño a mí y a mi madre...
—Y tomó su decisión. Por eso estamos hoy aquí.
—Que los pecados de los padres recaigan sobre los hijos... es un maldito razonamiento medieval.
Stoner lanzó un grito ahogado en un intento de que le entrara aire en los pulmones. Aurora se dio cuenta de que no aguantaría mucho más. Al menos tenía que liberar sus manos de la brida que se las mantenía inmovilizadas. Se apresuró a recoger las tijeras del suelo.
—Yo que tú no haría eso —siseó Valraven, mostrándole el teléfono móvil. Estaba a punto de pulsar el botón verde—. Tic tac, Scalviati. Un movimiento y el funeral de Elena se convertirá en una carnicería.
Aurora se congeló. Estaba en un punto muerto. Su única esperanza era distraer a Valraven y acercarse lo suficiente como para arrebatarle el detonador de la mano. Decidió hacerle hablar.
—¿Qué pasó después de la Operación Rosa Blanca? —le preguntó—. Dicen que te detuvieron en la Europa del Este, pero a partir de ahí solo hubo rumores.
—Aquí está la Scalviati que he llegado a conocer durante este período.
Aunque la situación es desesperada, no puedes evitar seguir buscando la verdad.
—Valraven avanzó un poco más—. Fui detenido poco después de pasar la frontera, en la República Checa, por culpa de un agente demasiado celoso que se dio cuenta de que mi pasaporte era falso.
Conseguí escapar durante el traslado de una prisión a otra, y encontré refugio con un contacto en Eslovaquia.
»Pero eso, supongo, ya lo sabías. Lo que no sabes es que en aquel momento mi única obsesión era encontrar la manera de volver a Italia.
Sabía que mi familia estaba en peligro, pero no podía arriesgarme a dar ningún paso en falso, la Interpol y los servicios secretos estadounidenses me seguían la pista.
Ni siquiera podía acceder a las cuentas en el extranjero porque podían estar bajo vigilancia.
Así que acepté participar en un atraco a una oficina de correos para reunir el dinero necesario para conseguir nuevos documentos y un pasaje seguro para volver a casa.
—Te mezclaste con la pequeña delincuencia local —comentó Aurora.
—Se suponía que todo iba a ir sobre ruedas, aparentemente era un trabajo sin complicaciones. Pero entre los clientes había un guardia de seguridad que quiso hacerse el héroe. Hubo un tiroteo, y uno de los cómplices me golpeó por detrás para cubrirse la fuga.
Por un momento, fue como si solo Aurora y Valraven estuvieran en aquella habitación, como si todo lo demás hubiera desaparecido, engullido por la niebla que rodeaba el invernadero abandonado.
—Para entonces, sin embargo, habías conseguido restablecer tu identidad y desaparecer del radar —dijo—. Una cara más, un ladronzuelo cualquiera, y ya no un asesino a sueldo buscado por la policía de medio mundo.
Valraven asintió.
—Acabé en una prisión cerca de Košice que era una especie de infierno.
Allí tuve que inventarme una manera de sobrevivir.
En un lugar así, si no tienes una moneda de cambio que ofrecer, te conviertes tú mismo en la moneda de cambio.
Aprendí a hacer tatuajes a los presos. Durante años, escribí en la piel de asesinos y violadores los nombres de sus familias, sus lemas, sus oraciones o promesas de venganza.
Tracé símbolos de protección o emblemas de odio, vírgenes y pin-ups , calaveras y armas...
Aurora se encontró pensando que el tatuaje en la piel de Serrano no solo era una declaración de guerra implícita, el acto inicial de la cruzada que Valraven había emprendido contra sus enemigos.
También era un emblema de todo lo que había tenido que soportar antes de recuperar el control de su vida.
—Volviste a Italia y descubriste lo que les había ocurrido a tu mujer y a tu hija.
Valraven perdió la máscara de imperturbabilidad que le había caracterizado hasta entonces, asumiendo una expresión suspendida entre el odio y el dolor.
—Solo había una persona en el mundo que conocía mi tapadera. El hombre al que debo lo que he llegado a ser.
—Narciso Santini, conocido como u’ Ziu —se anticipó Aurora.
—Ese cabrón de Fernando Santini le torturó hasta que escupió mi nombre.
Y luego se desquitó con Sonia y Elisabetta, que no sabían nada de mi actividad como sicario.
Para ellas yo solo era un marido y un padre.
Un simple agente de viajes que hacía todo lo posible para que no les faltara de nada y que una vez al año se las llevaba de vacaciones a un lugar de ensueño, gracias a los sacrificios.
—Hizo una breve pausa—. Quería saberlo todo...
»Hice que un hombre de confianza del Santo me contara, antes de matarlo, lo que ocurría en aquella villa de Capo Rizzuto, donde Sonia y Elisabetta eran mantenidas prisioneras, violadas, obligadas a tomar drogas que las volvían dóciles.
Cuando Elisabetta sufrió una sobredosis, simplemente tiraron su cuerpo en un callejón de Reggio Calabria.
Poco después, mi mujer consiguió escapar de la vigilancia de los guardias y se arrojó por un acantilado.
¡Qué ironía! Era el mismo acantilado donde le pedí que se casara conmigo.
—Lo siento —susurró Aurora en voz baja—. Nadie debería soportar tanto sufrimiento. Pero la culpa de todo esto no es de mi padre, ¡sino de Fernando Santini!
—Te equivocas, Scalviati. ¿Cuánto más debo hacerte sufrir, para que comprendas plenamente el peso de la culpa de tu padre?
—La mirada de Valraven vagó por la habitación, como si buscara las palabras adecuadas.
Cuando empezó a hablar de nuevo, su voz era más grave, casi gutural, como si saliera de las profundidades de una cueva—.
Si pones un cuchillo afilado en la mano de un asesino despiadado después de enfurecerlo, y luego pones una víctima indefensa a sus pies, ¿qué crees que hará?
De hecho, fue tu padre quien movió la mano de Fernando Santini.
La misma mano con la que masacró a mi familia.
Santini no fue más que la herramienta con la que tu padre destruyó mi vida.
—Sonrió, enigmático—. Y, de todos modos, ya me he ocupado de él.
Aurora se sintió desorientada. Frente a ella estaba el cruel asesino al que había estado dando caza durante los últimos días, pero también un hombre al que la vida se lo había arrebatado todo.
Un hombre desesperado, aplastado por el dolor.
Un hombre que se había levantado de ese mismo dolor, para llevar a cabo su venganza.
—Vas a matar a gente inocente, ¿y para qué? La verdad es que, si mi padre no hubiera muerto, habría podido rastrear tu identidad antes que el Santo, y las habría protegido.
—¿No lo entiendes, ¿verdad? —gruñó Valraven—.
Fue Francesco Scalviati quien desencadenó la serie de acontecimientos que condujeron a la muerte de mi mujer y mi hija.
Él y su obsesión me metieron en una jaula.
Por su culpa viví durante años en una celda de pocos metros cuadrados, con un único compañero: el terror.
Un terror ensordecedor que no me daba tregua, el terror de no poder volver a ver a mi familia.
Era como una herida abierta que cada día se infectaba más.
Pero ahora tú también has probado lo que significa tener que vivir con la certeza de que la gente a la que quieres está en peligro.
—¡Maldita sea, mi dolor no curará el tuyo!