Capítulo74
El coche avanzaba despacio por una estrecha carretera sinuosa que parecía suspendida en el aire.
La niebla no daba señales de levantarse y el paisaje a su alrededor estaba envuelto por un manto impenetrable para la vista, como un filtro lechoso que lo cubría todo y confundía lo de arriba con lo de abajo, el cielo con la tierra.
Agarrada al volante con fuerza, Aurora mantenía los ojos pegados a la línea blanca que marcaba el arcén de la calzada, dispuesta a reaccionar ante el menor imprevisto, con el temor constante de perderse un giro y acabar en la cuneta.
Era como si la pista de asfalto fuera generándose desde cero a medida que avanzaba, metro a metro, serpenteando por un camino impredecible en el que la única manera de continuar era confiar en el propio instinto. En estas condiciones, pronto perdió la noción del tiempo y del espacio.
Aurora tenía la impresión de conducir a tientas. Como observadoras silenciosas, las siluetas de los árboles surgían de repente a su paso, en las zanjas que había a cada lado de la carretera.
No podía confiar en el navegador para orientarse. Había dejado el teléfono en casa. Encendido, porque ahora era consciente de que Valraven podía rastrear su posición en cualquier momento.
Esa era su única oportunidad de aprovechar la pequeña ventaja que había conseguido. El asesino no sabía que ella lo sabía. Creería que cumplía sus instrucciones. Nada más lejos de la realidad.
Tenía la esperanza, aunque débil, de pillarlo desprevenido, de enfrentarse a él en un momento en el que se sentía seguro y no estaba preparado para defenderse.
«No seré una oveja en un mundo de ovejas», se repitió mentalmente.
Era la frase que Curzi le había dicho en un sueño, algo que ella siempre había sabido en el fondo. Porque ella no pensaba como los demás. Su pensamiento la llevaba lejos, donde era fácil perderse. Pero a veces solo mirando hacia otro lado era capaz de acercarse a la verdad.
Era consciente del peligro que corría al enfrentarse sola a Valraven. Pero no tenía otra opción. Se dio cuenta de que, si le seguía la corriente, no podría salvar a Isaak Stoner. Lo mataría sin piedad, como si quisiera hacer honor al apodo de El Segador que le había dado la prensa.
El plan de Valraven se había desvelado en su aterradora lucidez. Quería arrebatarle todo a Aurora, la hija del hombre al que consideraba el primer responsable de la muerte de su mujer y su hija. Tal como todo le habían sido arrebatadas a él.
Tras ajustar cuentas con Alfredo Serrano, se había desquitado con lo que Aurora consideraba su familia: Bruno, Silvia, Tom.
Y ahora Isaak Stoner, cuya culpa no era solo haber estado en primera línea de la Operación Rosa Blanca.
No, Valraven quería quebrar a Aurora, quería despojarla de quien era como un padre para ella.
Stoner siempre había estado en su vida, desde que era una niña, y era quien había acuñado aquel curioso apodo, Dawnee, que siempre la hacía sonreír.
Dos años antes, durante su hospitalización tras el tiroteo en el antiguo matadero, cuando todo el mundo la había dado por derrotada y ella había dudado por primera vez de su propia capacidad para recuperarse, Stoner había sido el único que había creído en ella.
Él le había dado el valor que necesitaba para enfrentarse a la rehabilitación y acabar reincorporándose al cuerpo de policía.
Y Aurora lo había conseguido. No había dejado que las dificultades la derribaran.
Y ahora le tocaba salvar a quien la había ayudado a encontrar su camino, aunque eso significara tener que dar crédito al único testigo que había visto a Valraven en persona, la pequeña Camilla.
Una niña curiosa y valiente en la que Aurora no pudo evitar verse reflejada de pequeña.
Pero era una lucha contra el tiempo. En cualquier momento Valraven podía llamarla de nuevo con más instrucciones. ¿Cómo reaccionaría él si no contestaba al móvil?
Ahora mismo Aurora debía estar en otro lugar. En unos minutos comenzaría el funeral de Elena. Se había prometido a sí misma que estaría allí para ofrecer su apoyo a Bruno y Chia en su momento más difícil.
«Tic Tac, Scalviati».
Fueron las propias palabras del asesino las que le recordaron que el tiempo corría y que no podía permitirse perder ni un solo segundo si quería intentar salvar a Stoner.
Tras la llamada de Valraven, aunque alterada, Aurora tuvo que mantener la cordura y pensar con rapidez.
Recordó que conocía el nombre del dueño del vivero de plantas del que le había hablado Camilla. Su muerte había sido uno de los casos que la habían distraído de la búsqueda de Curzi, dejando de lado de una vez por todas el asunto del Lobo Feroz.
La sospechosa muerte de Pietro Farina, conocido como Faina, cuatro meses antes.
Fue la señora de la limpieza quien encontró el cadáver.
Este, hallado al pie de las escaleras que conducen al primer piso de su casa, tenía el cuello roto.
Según el médico forense, la fractura de las vértebras no era del todo coherente con los daños que podría haber causado una caída de este tipo.
Pero no se encontraron pruebas suficientes para proceder, y al final su muerte se archivó como accidental.
Farina no tenía herederos y ningún otro empresario estaba interesado en hacerse cargo del negocio.
El viejo invernadero, junto a la casa, estaba abandonado desde entonces.
Un lugar invisible, lejos del centro de la ciudad, de curiosos y miradas indiscretas.
Un lugar que parecía perfecto como base para un sicario igualmente invisible.
Valraven lo había previsto todo. Había estudiado la tierra, eligiendo aquel vivero como el refugio perfecto. Por eso había matado al antiguo propietario, sabiendo que no habría nadie que reclamara aquel pedazo de tierra perdido en el campo.
Antes de salir furiosa de la comisaría, mientras sus compañeros se preparaban para ir al funeral de Elena, Aurora había pensado que allí debía de ser donde Valraven había llevado a Stoner. Era una apuesta, por supuesto, pero solo podía confiar en su instinto.
Así que se había preocupado de imprimir un mapa de los alrededores, y había memorizado los puntos de referencia que la ayudarían a localizar el vivero abandonado.
Sabía que en cuanto llegara a la carretera que bordeaba el terraplén, tendría que buscar el pequeño puente que cruzaba el río, y luego continuar hasta la capilla votiva dedicada a Nuestra Señora.
El vivero estaba situado en un camino de tierra que se adentraba en el campo.
Pero Aurora no había contado con la niebla.
Desde muy temprano daba la impresión de que se había encendido un fuego bajo la tierra, cuyo humo hacía que todos los lugares parecieran iguales, sobre todo para ella, que era forastera, y los caminos de aquellas zonas eran como los senderos de un laberinto.
Varias veces temió perderse. Al llegar a una bifurcación, flanqueó el terraplén que, siguiendo el curso del río, se deshacía como una larga serpiente de asfalto, hasta llegar al puente oxidado que lo cruzaba.
Tras pasarlo, Aurora aparcó el coche en un pequeño apartadero a un lado de la carretera y continuó a pie.
No quería arriesgarse a que Valraven la oyera llegar.
Había una manera de utilizar la niebla en su beneficio. Se convertiría en parte de ella, se haría invisible, se mezclaría con su entorno como una sombra escurridiza.
Caminó por el borde del sendero hasta llegar al pequeño santuario votivo. Echó un rápido vistazo al icono sagrado que representaba a una Virgen con un niño, con un par de velas gastadas que llevaban allí quién sabe cuánto tiempo.
A partir de entonces, tuvo que desviarse de la ruta principal y avanzar por los campos. El riesgo de que Valraven vigilara el acceso a la finca era demasiado alto.
A medida que avanzaba, le pesaban cada vez más los pies debido al fango que se pegaba a las suelas de sus botas.
Sintió una opresión en el pecho. Era como si la niebla se filtrara en sus pulmones con cada respiración, haciéndola cada vez más dificultosa.
Cuando la silueta baja y redondeada del invernadero emergió frente a ella, con la casa de campo al lado, Aurora rozó con los dedos la funda y la desabrochó para liberar la culata de la pistola.
Aprovechó la cobertura de unas hileras de árboles frutales para acercarse, manteniendo una posición encorvada y deteniéndose cada vez que oía un ruido.
Buscó una buena vista de la parte trasera de la casa para comprobar si había algún movimiento sospechoso.
La finca parecía completamente abandonada.
Todas las contraventanas estaban cerradas.
Nada hacía pensar que allí viviera alguien.
¿Y si se había equivocado? ¿Y si el viejo dueño del vivero había muerto realmente de un accidente doméstico y, por un giro del destino, la pequeña Camilla solo había creído reconocer su amuleto de la suerte?
Aurora ahuyentó aquel pensamiento y caminó con paso seguro hacia el granero. Aparcada entre un montón de chatarra oxidada había una furgoneta azul.
«Recuerdo que había una furgoneta aparcada enfrente, pero no había nadie dentro. Era de color azul». Las palabras de Tom Carelli, durante la llamada telefónica en la que le había revelado la identidad de la víctima de la Cartuja, pasaron por su mente.
Miró los neumáticos, estaban manchados de tierra fresca. Seguramente, alguien había utilizado el vehículo hacía poco. Colgando del salpicadero estaba la pata de conejo.
Aurora rascó un borde con la uña, un trozo de pintura cayó y reveló el color original de la carrocería que había debajo: blanco.
El dueño del vivero utilizaba esa furgoneta para hacer las entregas a domicilio, solo que en aquella época era blanca, con un arbolito dibujado en el lateral, dijo la madre de la pequeña Camilla.
Solo tuvo que examinar el lateral con atención para reconocer, aunque apenas visibles bajo la nueva capa de pintura, los trazos del estilizado árbol que antaño identificaba el medio de transporte del antiguo dueño.
Camilla no se había equivocado.
Valraven había repintado la furgoneta para circular sin ser molestado y no levantar sospechas. Era anónima, una más para mezclarse con los miles de vehículos que pasan a diario por las carreteras de la Baja.
Un ruido procedente del invernadero le llamó la atención.
Aurora escuchó durante unos instantes. Era una especie de latido, rítmico y continuo. Pero no eran pasos.
Se acercó a la estructura con extrema precaución. Empuñó su pistola reglamentaria, abrió la puerta de un tirón y apuntó con el cañón a la izquierda y luego a la derecha.
Y por fin comprendió cuál era el origen del ruido.
Una paloma debía de haberse colado por una grieta de la cúpula, y ahora no encontraba el camino hacia el exterior.
No dejaba de batir las alas en un vuelo agitado, trazaba trayectorias impulsivas y chocaba contra el techo de plástico.
Planeó hasta el borde de uno de los tanques de irrigación y volvió a levantar el vuelo.
La temperatura dentro del invernadero parecía, paradójicamente, aún más fría que fuera. Solo había hileras de plantas todavía pulcramente almacenadas en los estantes pero pudriéndose por la dejadez.
Todo estaba abandonado, con hojas muertas en el suelo y estanterías cubiertas de polvo. Con una excepción: en una zona las hojas estaban desplazadas hacia los lados, como si hubieran arrastrado un peso hasta allí.
Aurora siguió el rastro hasta una tela de nailon que actuaba como separador de la siguiente zona. Encogió los hombros y mantuvo en alto el arma.
Fue entonces cuando lo vio.
Isaak Stoner estaba de pie sobre una caja.
Seguía vivo, por suerte, pero tenía las manos atadas a la espalda y una soga alrededor del cuello.
La cuerda estaba tensa, conectada a un sistema de poleas montadas en los arcos de soporte del techo.
Del otro extremo de la cuerda colgaba un cubo medio lleno de agua, que hacía de contrapeso.
Desde un recipiente fijado en perpendicular, a través de un pequeño orificio perforado en la base, descendía un hilo de arena que aumentaba lentamente el peso del cubo, tirando de él hacia abajo y, en consecuencia, tensando el cuerpo de Stoner cada vez más, hasta el punto de que apenas las puntas de los pies tocaban la caja. Se estaba asfixiando lentamente.
Una trampa tan casera como letal, como un reloj de arena infernal que marcara las horas hasta su muerte.
Aurora había llegado justo a tiempo. Antes de que fuera demasiado tarde para él.
Al reconocerla, Stoner se esforzó por hablar.
—Dawnee... —dijo con un hilo de voz. La soga le estrangulaba las cuerdas vocales—. Lo siento... Me ha... sorprendido como a un novato. —Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Aurora se precipitó hacia él.
—No digas eso. —Luego buscó con los ojos algo para cortar la cuerda de la que colgaba.
Unas tijeras de hoja larga abandonadas en una estantería a unos metros de distancia podrían serle útiles.
Apenas tuvo tiempo de cogerlas cuando se le unió la voz apagada de Stoner.
—¡Vete, corre! Él está aquí.