Capítulo72
Cinco días antes
Camilla se sentó de nuevo en el sofá y observó al grupo de compañeras rodear a Annalisa, la cumpleañera, mientras abría sus regalos.
Eran unas diez niñas, pero por la algarabía uno podría imaginar que eran al menos el doble.
Entre globos, pancartas, serpentinas, vasos medio llenos de naranjada y Coca-Cola, la escena tenía algo de apocalíptica.
Ya había abierto algunos paquetes, y había trozos de papel y lazos por el suelo.
Sobre la mesa se alzaba una muñeca de mirada gélida, vestida a la última moda y maquillada como una reina egipcia.
A su lado, un juego de pulseras de goma perfumadas y, abandonada a un lado, la versión ilustrada de La historia interminable que le había regalado Camilla.
Esta última se sintió un poco dolida por la tibia reacción de su amiga.
Le había costado mucho recuperar aquel libro.
Había tenido que encargarlo en la librería y había tardado dos semanas en recibirlo.
A Camilla le gustaba mucho aquella historia, de la que su madre solía leerle pasajes antes de dormir cuando era más pequeña.
Annalisa cogió un paquete envuelto con papel azul opaco. Ni siquiera tenía lazo y se diferenciaba de los demás, que lucían llamativos envoltorios en tonos fucsia, rosa y lila.
—Este es el tuyo, ¿verdad, papá?
El hombre asintió, con una gran sonrisa. Estaba claro que tenía muchas esperanzas puestas en la sorpresa que iba a causar. Su mujer lo miró con condescendencia, se había dado cuenta de que quería decir algo, pero se contenía.
La niña abrió el envoltorio y descubrió unos prismáticos en miniatura para observar aves. Hizo una mueca, lo sopesó unos instantes y luego lanzó una mirada interrogante a su padre.
—Son tus primeros prismáticos —dijo—. Pronto será la temporada de avistamiento de las garzas rosas en el delta del Po, y será una magnífica oportunidad para renovarlos.
—Vale —replicó Annalisa. Se encogió de hombros y se centró de inmediato en otro paquete.
—Tú y tu pasión por esos estúpidos pájaros —siseó la madre, dirigiéndose a su marido—.
Ya intentaste llevarme a rastras a mí, y sabes muy bien cómo acabó aquello.
Horas en el puesto esperando a aquel cuervo, solo para hacerme un esguince y recibir tantas picaduras de mosquito que estuvieron a punto de hospitalizarme.
—¡Era un águila pescadora maravillosa! —protestó.
—Te dije que Annalisa preferiría el salón de belleza de Little Pony —dijo la mujer con el ceño fruncido.
—¡No tenía ningún sentido! No pueden llevar maquillaje, son caballos.
Mientras tanto, Camilla se había levantado y miraba con curiosidad la caja de los prismáticos. Pensó que aquel regalo sería perfecto para ella.
Quién sabe lo que podría descubrir durante las vigilancias en el jardín.
—¿Puedo probarlos? —le preguntó a Annalisa.
La otra la miró atónita, asombrada de que aquel objeto ejerciera alguna atracción sobre su amiga.
—¿Hablas en serio?
Camilla se limitó a asentir con amplios movimientos de cabeza.
—Como quieras. Puedes ir a mi habitación, desde la ventana se ve todo el pabellón, hasta el parquecito. Pero como mucho podrás ver unas palomas horrendas.
—Las palomas son muy inteligentes, ¿sabes? En Estados Unidos, los guardacostas las entrenan para detectar naufragios. Han salvado vidas.
Annalisa tensó los hombros.
—Lo que tú digas. Pero date prisa, la tarta está al caer.
Triunfante, Camilla subió las escaleras, se coló en la habitación de su amiga y se sentó en la cama rebosante de peluches. Abrió ceremoniosamente la caja y extrajo los pequeños prismáticos de entre el poliestireno.
Les dio vueltas entre los dedos, estudió cada detalle como si se tratara de un sofisticado instrumento, y luego se acercó a la ventana y empezó a escudriñar los alrededores.
Tardó un rato en entender cómo funcionaba el enfoque, que era muy sensible, pero al final consiguió encuadrar a la perfección a un par de chicos que iban en monopatín por la calle.
Poco después, se fijó en un mirlo que saltaba en busca de migas debajo de un banco. Pero fue al encontrar un petirrojo posado en su nido, dentro de la grieta de un tronco, cuando no pudo contener un gritito de júbilo.
Entonces le llamó la atención un hombre con un gran sobre amarillo en las manos.
Los pocos pelos que tenía eran castaños, tendiendo al rojizo, en el mentón un atisbo de barba y alrededor del cuello llevaba una larga bufanda a rayas verdes y naranjas.
Caminó a paso ligero hasta un aparcamiento aislado al final de una calle sin salida.
Miró a su alrededor, como para asegurarse de que no le seguían.
Por instinto, aunque estaba lejos, Camilla se escondió detrás de la cortina.
«Qué estúpida», se dijo entonces. «Está claro que no puede verme».
El hombre entró en una furgoneta azul, no en la cabina, sino en la zona de carga, por la puerta lateral corredera.
En ese momento, Camilla no pudo evitar preguntarse por qué se comportaba de manera tan inusual. Tenía que esperar a ver qué ocurría a continuación. Pasaron unos minutos interminables. Al menos diez, quizá más. Pero estaba decidida a no rendirse.
—¡Camilla! —La voz de Annalisa le llegó desde abajo—. ¿Vienes? ¡Estoy a punto de soplar las velas!
—Un momento —respondió ella. No renunciaría a saber más sobre aquel hombre misterioso.
Como aficionada a los juegos de rol, sabía que la perseverancia es la clave para resolver los enigmas más difíciles.
Pero, al mismo tiempo, no quería enfadar a su mejor amiga. No al menos en el día de su cumpleaños.
Entonces pensó en una maniobra inteligente.
Abandonó su puesto a toda prisa, bajó las escaleras y se colocó detrás de Annalisa justo cuando estaban sirviendo la tarta.
Le apretó el brazo a su amiga y atrajo su atención, y le plantó un gran beso en la mejilla.
En cuanto los demás empezaron a cantar la canción y todo el interés se centró en los merengues y la nata montada, ella aprovechó para volver a vigilar con sigilo.
«Ese pastel tiene muy buena pinta», pensó. Pero enseguida empuñó los prismáticos con la esperanza de que su objetivo no se hubiera marchado en el poco tiempo que llevaba fuera.
Unos instantes después, la puerta corredera de la furgoneta se abrió. Pero al salir había... otro hombre.
Tenía la misma altura y complexión que el anterior, pero una cara del todo distinta. Incluso el pelo era de otro color, negro, y llevaba un fino bigote y unas gafas.
Camilla pensó que parecía sacado de una de las aventuras de Sherlock Holmes. Así se imaginaba a su compañero, el Dr. Watson. Solo que aquel hombre era mucho más inquietante.
¿Qué había sido del otro caballero? ¿Se le había escapado durante su breve ausencia? ¿Lo habían secuestrado? ¿O había algo más?
Aunque lo que había visto no sugería que se hubiera producido un crimen real, estaba convencida de que había sido testigo de algo importante. Y el deseo de saber más no la abandonó mientras permaneció en la fiesta.
Cuando su madre vino a recogerla, hacia las seis, Camilla aún tenía en la cabeza la furgoneta azul y el misterioso hombre que se había bajado de ella.
Así que le pidió que pasara por el aparcamiento que hay al final de esa calle sin salida antes de volver a casa.
—¿Qué tienes en mente? —preguntó Simona.
—Nada —respondió Camilla—. Solo necesito comprobar algo. Seré rápida, lo prometo.
—Pues si no es nada, no te acompaño.
Camilla abrió los ojos como platos.
—Por favor, mamá.
—Está bien —contestó Simona con un suspiro—. Pero esta noche quiero que te comas todas las verduras que te ponga en el plato.
—Trato hecho —gorjeó la pequeña.
Poco después, maniobraron justo delante de la furgoneta azul.
A Camilla le habría gustado anotar la matrícula, como había visto hacer en las películas de detectives que veía con su padre sin que su madre lo supiera, pero no pudo.
Estaba demasiado concentrada en reconocer algún detalle dentro de la cabina de la furgoneta.
Fue en ese momento cuando se prometió a sí misma que recordaría bien lo que había visto porque debía de significar algo.
Pero solo hablaría de ello con Aurora Scalviati.