Capítulo71
Aurora se agachó delante de la niña, que vestía una camiseta verde hierba con estrellas de purpurina.
Tenía el pelo largo y castaño y unos ojos brillantes que destacaban en su cara redonda sembrada de pecas.
En la mano derecha sujetaba una hoja de papel doblada con precisión, como si fuera muy valiosa.
—¿Y tú quién eres?
—Soy Camilla —respondió ella—. ¿Eres Aurora Scalviati?
—En persona —sonrió Aurora—. He oído que me buscabas. —Camilla asintió con amplios movimientos de cabeza.
—¿Puedo preguntar por qué?
—Usted es la policía que salvó a Aprile —dijo la niña con franqueza.
Aurora se sonrojó ligeramente. Luego levantó la vista en dirección a la mujer que la acompañaba. Tenía un rostro de rasgos agradables, sin maquillaje y llevaba el pelo del mismo color que el de su hija, pero peinado con un recogido que le caía justo por debajo de las orejas.
—Camilla y Aprile son compañeros de clase —dijo la mujer, como para justificarse—. Después de los terribles sucesos del pasado noviembre, relacionados con el caso del Lobo Feroz, parece que se ha hecho muy popular en su colegio, subinspectora Scalviati.
Aurora no supo qué contestar. Para ella, recibir cumplidos era mucho más difícil que reaccionar a los ataques.
—Por cierto, soy Simona. —Las dos se estrecharon la mano.
—Cuando sea mayor, yo también seré policía, como tú — intervino Camilla.
—Bueno, aún te queda mucho tiempo para cambiar de opinión —dijo Aurora—. En cualquier caso, estoy segura de que conseguirás grandes cosas. —Luego hizo un gesto con la cabeza en dirección al escritorio—. ¿Qué tal si ahora tú y tu madre os sentáis, para ver si puedo ayudaros?
Camilla asintió y se sentaron frente al escritorio de Aurora, quien, desde su asiento, miró a la chica a los ojos.
—Entonces, ¿qué puedo hacer por ti?
La niña pareció dudar por un momento, como si un duende travieso le hubiera robado la confianza.
—Vamos, Camilla —la instó su madre—. Cuéntale lo que me has dicho a mí.
—Luego, volviéndose hacia Aurora, añadió—: No ha sido fácil convencerla de que la acompañara a la comisaría.
Ya sabes cómo son los niños... Sobre todo a esta edad, desarrollan una fuerte necesidad de independencia.
Y Camilla es muy tozuda. Cuando se le mete en la cabeza hacer algo, es imposible hacer que cambie de opinión.
—Oye, que estoy aquí, mamá —gorjeó la niña—. Odio que hables de mí como si fuera invisible.
—La pillé cuando, en vez de hacer los deberes, estaba ideando un complicado plan para escapar a mi vigilancia —continuó la mujer, ignorando la queja de su hija—.
Con lo que pasó en abril, intenté hacerle entender que lo mío no es un exceso de severidad, sino la preocupación de una madre que quiere protegerla de las cosas feas del mundo.
—Ojalá eso fuera posible —suspiró Aurora, recordando el calvario por el que había tenido que pasar Aprile. No se atrevía a imaginar el terror que había sentido la pequeña tras ser secuestrada por el mismo asesino en serie que había matado a sus padres delante de sus ojos.
Camilla frunció los labios en una pequeña mueca.
—Ocurrió hace cinco días, en la fiesta de cumpleaños de mi mejor amiga, Annalisa.
Entonces, comenzó a narrar la historia.