Capítulo60
—¿Tú también lo has oído? —dijo Bruno, acercándose a la puerta de seguridad.
Tom respondió sin apartar la atención del ordenador con el que trasteaba.
—No... ¿El qué? —Había colocado su portátil sobre el escritorio y lo había conectado a uno de los ordenadores. Se afanaba en piratear el contenido de los discos duros de Otta, mientras las otras pantallas seguían mostrando la cuenta atrás.
Bruno apoyó los omóplatos en el marco de la puerta.
—Pronto tendremos compañía.
Poco después, sonó el chasquido de la cerradura de la puerta principal al abrirse. Bruno se asomó lo justo para encañonarla con su Beretta.
Entró en la casa uno de los cabezas rapadas contra los que se había enfrentado en la fiesta de la casa de campo, el flaco y larguirucho.
—Quédate donde estás —le ordenó Bruno, dando un paso hacia él.
—¡Eh, eh! —murmuró el chico—. Baja ese hierro. Voy desarmado.
—Cierra la puerta sin darte la vuelta. Despacio.
El chico obedeció.
—¿Dónde está Otta? ¿Por qué no contesta al teléfono?
«Maldita sea», pensó Bruno. Los cómplices se habían dado cuenta de su ausencia antes de lo que él esperaba.
Después de todo, ¿cómo podría haber sido de otra manera?
Cuando diriges un negocio de armas en connivencia con el hampa organizada, es normal que si desapareces durante dos días despiertes sospechas.
—Está de vacaciones en las Bahamas. ¿Por qué, no te lo dijo?
El otro esbozó una sonrisa siniestra.
—Casi me gustas, ¿sabes? Es una pena que tenga que partirte en dos esa cara tan bonita que tienes.
—Levanta las manos, ponlas detrás de la cabeza. Y nadie saldrá herido. Sobre todo, tú.
—Lo estás haciendo todo mal, guapo —le respondió el chico, poniéndose las manos en la nuca—. No tienes ni idea del lío en el que te has metido. Dime dónde está Otta y ya está. Incluso podría considerar dejarte ir.
Bruno se dio cuenta de que la mirada del chico se había desviado hacia algo que había detrás de él. Pero no tuvo tiempo de darse la vuelta. Un golpe seco en la espalda, como un martillazo, le hizo doblarse en dos del dolor.
—¡Cárgate a ese cabrón, Luchino! —gritó el chico.
Bruno consiguió darse la vuelta y se encontró de frente con el energúmeno de la casa de campo, un tipo corpulento con el cuello lleno de tatuajes y rasgos graníticos.
Debía de haber entrado por la puerta trasera.
Aunque Tom y él habían dejado el coche en un lugar apartado de la carretera, debían de haberse olido la presencia de intrusos.
Le habían tendido una trampa, y él había caído de pleno.
Intentó defenderse, pero el hombre le propinó un gancho en el hígado tan potente que le cortó la respiración. Luego le retorció el brazo en la espalda haciendo que soltara el arma, que cayó al suelo con un estruendo.
—No necesito ir armado para patearte el culo —le dijo Luchino al oído. Desde atrás, le rodeó el cuello con el brazo con tanta fuerza que Bruno temió que lo asfixiara.
Mientras el otro chico se acercaba, Bruno intentó liberarse del férreo agarre del energúmeno, utilizando ambas manos, pero fue en vano.
—Es todo tuyo, Stecca —gruñó Luchino en dirección al chico.
—Vamos a empezar de nuevo —dijo Stecca mientras le daba un puñetazo en el estómago—. ¿Dónde está Otta?
Bruno era incapaz de responder. Su respiración se había convertido en jadeo y le faltaba el aire en los pulmones.
El chico volvió a golpearle con fuerza, y luego otra vez.
—¿Dónde está? —gritó.
—¡Suéltalo! —tronó la voz de Tom, detrás de Stecca. Se había escabullido del búnker mientras los dos estaban demasiado ocupados con Bruno como para fijarse en él. Aferraba la pistola con ambas manos, apuntaba al frente y cambiaba la línea de fuego de un skinhead a otro.
Fueron segundos largos y tensos en los que el silencio solo se rompió por los ataques de tos de Bruno, que intentaba recuperar el aliento.
Stecca levantó las manos con descaro, como para seguirle la corriente a Tom. Luego se echó a reír.
—¿Qué crees que haces con eso? Ni siquiera sabes quitarle el seguro.
La mirada de Tom se desvió hacia la pistola.
Ese instante de falta de atención bastó para que Stecca se lanzara sobre él.
Lo agarró por la muñeca y dirigió el cañón del arma hacia arriba.
Un puñetazo en la cara y Tom salió despedido hacia atrás, golpeándose la nuca contra el marco de la puerta de entrada al búnker.
Todo sucedió en unos instantes. Bruno aprovechó que Luchino había aflojado el agarre alrededor de su cuello y cargó un cabezazo hacia atrás. Le golpeó en la nariz con toda la fuerza de la que fue capaz, y luego, aprovechando que estaba aturdido, consiguió liberarse y acurrucarse en el suelo.
Un rápido vistazo le bastó para darse cuenta de que el mango metálico de una navaja de mariposa sobresalía de una de las botas de Luchino.
Antes de que este pudiera impedirlo, Bruno se la quitó y soltó la hoja. Con un chasquido, la clavó hasta la empuñadura en el muslo del energúmeno.
Mientras Luchino se desplomaba entre agónicos gruñidos de dolor, Bruno recuperó el cuchillo y se levantó, preparándose para reaccionar al ataque del otro, que mientras tanto se acercaba con saltos cortos como un boxeador durante el calentamiento.
—¿Quieres jugar duro? —dijo Stecca mientras sacaba a su vez una navaja y empezaba a juguetear con el mecanismo de apertura. Hoja dentro, hoja fuera. La mirada era despectiva, casi hasta divertida, como la de un mocoso a punto de subirse a su tiovivo favorito.
Bruno esquivó el primer asalto dando un paso atrás, entonces agarró la muñeca del atacante, lo arrastró hacia sí, y aprovechó su fuerza para estamparlo contra la pared de al lado.
Con un codazo certero en el brazo, consiguió desarmarlo.
Le rodeó los hombros con ambas manos y le asestó un rodillazo explosivo en el estómago.
Stecca cayó de rodillas con la respiración entrecortada, y Bruno le asestó un golpe limpio en la base del cráneo que lo dejó inconsciente.
Luego dio un paso en dirección a Luchino, que se arrastraba hacia Tom.
—Esta no es manera de recibir a los invitados —dijo Bruno, y sacó un par de esposas del bolsillo de su chaqueta.
—Bastardo, esto lo pagarás.
—No lo creo —replicó Bruno, y le inmovilizó las muñecas en la espalda—. La próxima vez que me veas será cuando testifique en tu juicio. Y, créeme, no te lo pondré nada fácil. —Luego se inclinó sobre Tom, que se masajeaba el cuello, y le preguntó—: ¿Estás bien?
Tom asintió.
—La próxima vez que me pidas un favor, recuérdame que me niegue.