Capítulo44
—Escúchame. Yo... no tuve nada que ver con la muerte de tu mujer —tartamudeó Otta—. ¡Tienes que creerme! No sabía nada hasta que me lo has contado.
Bruno mantuvo el cañón de la pistola apretado contra su frente, sin dejar de mirarlo fijamente.
—¡Déjate de tonterías!
Otta, con los ojos enrojecidos y la mirada aturdida, sufrió un ataque de tos.
—Es… Espera... —murmuró—. Hubo un tipo, hace un par de semanas... Alguien que no conocía, que contactó conmigo en la web oscura.
—¿De qué mierda estás hablando?
—¡La web oscura, joder! ¿Te acabas de bajar de una puta patera?
Bruno le golpeó con la culata de la pistola.
—No puedes evitar ser un capullo.
—Es una zona oculta de internet donde se pueden comprar drogas y armas a través de canales protegidos —intervino Laerte—. Un Google donde todo vale, en definitiva.
—No sé nada de esas cosas. —Bruno restableció el contacto visual con Otta—. Si es una manera de entretenerme... —dijo, y puso el dedo índice en el gatillo.
—Se hacía llamar Valraven —continuó Otta.
Bruno dudó durante un instante.
—¿Valraven? ¿Qué clase de nombre es ese?
Otta asintió nervioso.
—En la red oscura uno solo se conoce por el apodo, el pseudónimo que protege la identidad real. Nunca había oído hablar de él, así que investigué un poco. Un amigo me dijo que llevaba mucho tiempo en el negocio y que podía confiar en él.
—¿Qué tiene esto que ver con lo que le pasó a Elena? —preguntó Bruno, desconcertado.
—Valraven me pidió que le consiguiera cierta cantidad de Semtex y lo necesario para armar un detonador.
Bruno hizo una mueca de dolor. El Semtex es un tipo de explosivo muy utilizado por las organizaciones terroristas, pero eso no es todo. Fue utilizado por la Cosa Nostra en el atentado de Via D’Amelio, donde perdieron la vida el juez Paolo Borsellino y su escolta.
—¿Quién demonios es ese Valraven?
—Para algunos, el mismísimo diablo —se mofó Otta.
—¿Y por qué debería creerte? —gruñó Bruno—. ¿Y por qué alguien de quien nunca he oído hablar volaría mi coche?
—¡Y yo qué sé! —protestó Otta—. Para mí es solo una cuestión de oferta y demanda. Lo que hagan con mis armas no es asunto mío.
Otta recibió un puñetazo en la barbilla.
—No es como vender artículos de camping —le gritó Bruno—. ¡Son putas armas! Y las armas se utilizan para matar. Tienes las manos manchadas de sangre, pedazo de mierda.
Otta casi sonrió.
—Deja de sermonearme y pregúntame qué quieres saber para que podamos dejarlo aquí.
Bruno inspiró y se contuvo para recuperar la compostura.
—¿Qué aspecto tiene ese tal Valraven?
Otta negó con la cabeza. No lo sé. Por lo que dicen, nadie lo conoce. Conmigo solo se puso en contacto a través de la web oscura.
—Entonces, ¿cómo le entregaste los explosivos? ¿Se lo enviaste por correo certificado?
—Seguí sus instrucciones. Fue muy cuidadoso. Me pidió que dejara el material en un cubo de basura en una zona periférica de Sparvara, lejos de las cámaras de vigilancia, a una hora concreta de la noche.
—¿Cómo te pagó?
—La transacción tuvo lugar dentro de la red, según los procedimientos habituales. Sin intermediarios. Pagó con Bitcoin.
Antes de que Bruno tuviera tiempo de replicar, Laerte volvió a tomar la palabra.
—Bitcoin es una criptomoneda creada para eludir los mecanismos bancarios que regulan el flujo de dinero. Para abreviar, es un sistema de pago imposible de rastrear que garantiza el anonimato total a ambas partes, vendedor y comprador.
—¿Qué sabes tú?
—Estamos en el siglo xxi, Bruno. Hasta los niños saben esas cosas.
Nervioso, Bruno se puso a caminar de un lado a otro por la habitación. Trataba de ordenar sus pensamientos, de dar sentido a lo que acababa de oír, buscaba una lógica que no lograba comprender.
Estaba aturdido, confuso. Sabía que, tal y como habían salido las cosas, Otta diría cualquier cosa para salvarse. Pero eso no significaba que estuviera mintiendo. Al contrario, su instinto de policía le sugería que decía la verdad.
En cuestión de minutos todo había dado un vuelco.
Sus certezas estaban al borde del colapso.
¿Podría ser que realmente hubiera alguien más implicado en el atentado en el que su pareja había perdido la vida, alguien que llevaba tiempo planeando la acción sin que él hubiera sospechado nada?
¿Era acaso un sicario al servicio del Santo, que había decidido quitárselo de en medio tras descubrir que era policía?
Estaba claro que él era el objetivo, y que Elena solo había estado en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Pero no podía fiarse de Otta. Necesitaba razonar, investigar posibles escenarios, encontrar coincidencias.
—Vámonos —le dijo a Laerte.
Este le dirigió una mirada inquisitiva.
—¿Y Otta?
Bruno levantó ligeramente los hombros.
—Se queda. No podemos llevárnoslo con nosotros.
—¡Espera! —invocó Otta, forcejeando en el suelo como un pez en la orilla—. ¡No puedes dejarme así! ¡Libérame, al menos!
—De ninguna manera —dijo Bruno taxativo.
Laerte dudó.
—Podemos meterlo en la furgoneta —propuso.
—Ni hablar —lo cortó Bruno—. De este me espero cualquier cosa. Si consigue liberarse, sería un desastre.
—No sé, Bruno... Te ha dicho lo que querías saber. No hay razón por la que no debamos dejar que se marche.
—Lo pensaremos más tarde. Volveremos en unas horas como mucho. Lo siento, pero cualquier descuido podría costarnos caro.
Laerte se acercó a Bruno aún más.
—Todavía estás a tiempo de detenerte. Lo haces para vengar a la mujer que amaste y te comprendo... —sus ojos brillaron con convicción—. Pero esto es más grande que tú, que yo, incluso que Otta. Aún puedes dar un paso atrás, hermano. No sería ninguna vergüenza.
Bruno se frotó la frente como si le doliera.
—He ido demasiado lejos. Ahora ya no hay vuelta atrás.
—Sí la hay —insistió Laerte—. La violencia llama a la violencia. Hacerlo sería como admitir que gente como Otta tiene razón.
—¡Basta ya! Hasta que no esté seguro de que lo que me ha dicho es verdad, Otta se queda aquí. —Y se dirigió hacia la salida.
La voz de Otta resonó por las paredes con un eco siniestro: —¡Eres hombre muerto, Bruno! ¿Me oyes? ¡Muerto!
Cuando estuvieron sentados en la furgoneta, Laerte miró a Bruno a los ojos.
—Eres un madero, ¿verdad?
—¿Cómo se te ocurre eso?
—¿Me tomas por idiota? ¡La maldita Beretta! Es una 92FS. Exactamente el modelo usado por la policía y los carabineros.
Bruno exhaló un largo suspiro.
—Es decir, una de las armas más populares para la autodefensa.
—Está demasiado gastada para ser un arma civil —señaló Laerte—. Es el arma de alguien que la lleva consigo todos los días.
—Mira, Laerte... no es el momento de hablar de ello.
—¡Y una mierda! Ahora me explico tu comportamiento ambiguo, tus respuestas evasivas sobre dónde vives, tus reacciones exageradas cada vez que aparecía una cámara, el hecho de que parezcas desaparecer después de cada carrera.
Dijiste que trabajas de mozo en una empresa de mudanzas.
Apuesto a que si hago una llamada a la empresa no conocen a nadie con tu nombre.
—¡Muy bien, maldita sea! —gruñó Bruno—. Soy policía, ¿y qué?
Laerte se limitó a mirarlo durante unos segundos, sacudiendo ligeramente la cabeza.
—Qué imbécil —dijo. La tensión entre ambos era palpable—. ¿Hay algo de verdad en lo que me has contado? Toda esa retórica sobre las dificultades de adaptarse a la vida civil después de la guerra... ¿Hiciste siquiera el servicio militar?
—Folgore del 185º Regimiento de Reconocimiento y Adquisición de Objetivos.
Bosnia, 1999 a 2001. Afganistán, 2002. Irak, 2003.
—Un suspiro, como si recordar el pasado fuera físicamente doloroso—.
Mientras estuve en la guerra, nunca me pregunté qué iba a hacer a continuación.
Siempre supe en qué dirección apuntar con el fusil.
Fue al volver a casa cuando tuve que aceptar el silencio.
»Sin el estruendo de los disparos, de las explosiones, era como si ya no supiera quién era.
—Bruno hizo una breve pausa—. Empecé a correr un año después.
El alcohol, la cocaína y el rugido de los motores sustituyeron al sonido de la artillería.
Pero mi última carrera acabó contra un plátano una noche.
El chico que iba conmigo, Umberto Piovani, hijo de un comisario de Sparvara, acabó en una silla de ruedas.
Pero, en cierto modo, una parte de mí también quedó atrapada entre los restos de aquel coche.
Laerte levantó la nariz.
—Yo respondí por ti, maldita sea. Te presenté a todos los que importan en las carreras fantasma. ¿Sabes siquiera lo que eso significa? ¿Sabes lo que va a pasar cuando el Santo y su gente descubran que encubrí a un policía?
—Encontraré una solución, lo prometo.
—Has puesto una soga alrededor de mi cuello, Bruno.
—¡No te pasará nada, te lo aseguro!
—¿Como a Elena? —lo desafió Laerte.
Bruno sintió que la ira le subía desde la boca del estómago. Apretó los dientes y evitó replicar.
—¿Por qué has vuelto a correr? —le preguntó el otro a bocajarro.
Bruno respiró hondo varias veces antes de contestar.
—No importa. Se acabó.
—Al menos en eso estamos de acuerdo. —Laerte arrancó el motor de la furgoneta y metió la marcha atrás—. Haz lo que quieras, yo me largo. Ahora vuelvo a la obra. En cuanto lleguemos, coge la moto y vete de mi vida.