Capítulo43 #2
Aurora dobló las rodillas lo justo para esquivarlo.
Se lanzó hacia un lado y golpeó a Silvia con un gancho en el abdomen.
En un instante, fue como si la sangre comenzara a fluir de nuevo por su cuerpo junto con la adrenalina.
Sintió que los músculos volvían a reaccionar y, al mismo tiempo, experimentó una nueva lucidez de pensamiento.
Silvia dio un paso atrás, mantuvo la guardia alta, pero entre los guantes se veía que sonreía.
—Eres buena. —Ahora hasta la voz se le quebró por el cansancio—.
Pero eres demasiado racional. Observas mis movimientos y solo entonces lanzas el golpe.
Así corres el riesgo de ser predecible. ¿Acaso tienes miedo?
—Hizo una serie de fintas, luego le coló un jab de izquierda, seguido de un barrido que hizo caer a Aurora al suelo.
—Tienes razón. —Aurora se pasó los guantes por la frente para secarse el sudor—. Y casi resulta absurdo, porque siempre me han acusado de ser demasiado instintiva.
—El instinto es tu aliado —respondió Silvia—.
Siempre te ha guiado incluso en los terrenos más difíciles.
Pero a fuerza de escuchar a quienes te dicen que es un defecto, estás ahogando tu parte más auténtica.
—Al decir esto, le tendió la mano para ayudarla a levantarse—.
Tu mayor fuerza es pensar con originalidad.
No dejes que nadie te haga creer que está mal.
Los ojos de Aurora brillaron con una nueva luz.
Agarró el brazo de la otra y, cuando estuvo de pie, la empujó para establecer la distancia, y enseguida volvió a empezar con el intercambio de golpes.
Por primera vez, Silvia tuvo que retroceder, presionada por una ráfaga de combinaciones de puñetazos.
Sin darse cuenta, se encontró con la espalda contra la pared.
Aurora no le dio tregua, le asestó una serie de rodillazos laterales. Como maniobra defensiva extrema, Silvia intentó apartarla. En ese momento, Aurora se las arregló para lanzarle un potente derechazo que la golpeó de lleno en la cara.
Un hilillo de sangre apareció en una de las comisuras de la boca de Silvia.
—¡Dios mío, lo siento! —exclamó Aurora. Mordió el cierre del guante y se lo quitó, dejándolo caer al suelo—. Déjame ver.
—No hagas caso. No es nada.
Con cautela, Aurora acercó los dedos a los labios de Silvia, y descubrió un pequeño corte en el interior, causado por el contacto con los incisivos.
—Lo siento mucho —murmuró. Las dos estaban tan cerca que una podía sentir el calor de la piel de la otra.
Silvia contuvo la respiración un momento. Se quedó mirando a Aurora. Ojos dentro de ojos. Inclinó el rostro hacia delante, salvando la distancia que las separaba. Sus labios se rozaron un instante.
Aurora se apartó precipitadamente, eludiendo el contacto.
—Lo siento, pero... no puedo.
Las mejillas de Silvia se tiñeron de rojo.
—No, yo lo siento. No sé qué me ha pasado. No era mi intención... Yo... Nunca te había visto así. Te considero una amiga. La única, en realidad.
Aurora se recolocó un mechón de pelo detrás de la oreja.
—No te preocupes. —Frunció ligeramente los labios en una pequeña mueca que parecía una sonrisa—. Hagamos como si nunca hubiera pasado.
Silvia miró al techo.
—Ahora mismo me gustaría que me tragara la tierra.
—Tranquila —dijo Aurora con firmeza—. Y de todas formas tenías razón, Silvia. Ahora estoy mucho mejor. Necesitaba sentirme viva, recordar quién soy. No me arrinconarán, ni Gandolfi, ni De Robertis y mucho menos Venturoli.
—¿Golpearte ha sido suficiente para recordarte quién eres?
—Por lo que parece, sí. Ya sabes que soy muy terca. —Aurora se puso la camisa y los pantalones encima de la ropa deportiva. Se puso las botas militares y dijo—: Te traeré tus cosas la próxima vez que te vea. Prometo lavarlo todo con cuidado.
—Trato hecho. Silvia extendió los brazos y los dejó caer a los lados. —Si fuera un día normal, te invitaría a ducharte aquí. Pero me da mucha vergüenza lo que ha pasado antes. Espero que no te hayas hecho una idea equivocada de mí.
—Eres la única persona en el mundo de la que no podría hacerme una idea equivocada.
No hoy, no después de nuestra historia. Lo sé, cuando nos conocimos te juzgué mal.
Pero ahora formamos un equipo. —Luego la miró a los ojos—.
Por favor, no seas tú quien cambie de actitud hacia mí.
Lo que intento decirte es que... No quiero perderte, Silvia.
Eres uno de los pocos puntos de apoyo que tengo desde que me trasladé aquí.
Silvia bajó la mirada. Se le habían humedecido los ojos.
—Vale ya. Y que sepas que no es una lágrima, sino una gota de sudor.
—¡Nos hemos dado una paliza!
—Cuando quieras, repetimos. Y la próxima vez no te lo pondré tan fácil con esas pataditas bajas.
Al pasar a la otra habitación, Silvia se dirigió hacia una mesa baja en la que había un gran volumen con la cubierta arrugada.
—Casi lo olvido —dijo—. Cuando me contaste lo del descubrimiento del cadáver en la Cartuja, lo que se me quedó grabado fue la forma brutal en que habían abierto las costillas de la víctima, como para formar un par de alas. Recordé un libro que había leído hace tiempo sobre tradiciones vikingas.
Aurora abrió los ojos.
—¿Vikingas?
—Así es. Lo he marcado para ti. Échale un vistazo, creo que lo que encontrarás te resultará familiar.