Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo28
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Capítulo28

Voces indistintas, amortiguadas al principio, luego cada vez más claras. Palabras superpuestas. Frases rotas, rabiosas.

Aurora abrió los ojos. Las luces de un amanecer violeta entraban por las ventanas del salón.

Miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba en el sofá de Bruno. Estaba envuelta en una tela escocesa con un estampado de la bandera americana. Imaginó que él había bajado y la había tapado, con cuidado de no despertarla.

—Trata de entender... ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Arrojarla a la tormenta? —La voz de Bruno. Cansada. Como la de alguien que lleva demasiado tiempo discutiendo sin llegar a entender nada. Venía de arriba.

—¡El problema es que ni siquiera debería haber pensado en venir aquí! —replicó Elena—. ¿Es que no tiene un solo amigo más a quien recurrir?

—Por favor, no levantes la voz.

—Estoy cansada de hablar en voz baja en mi propia casa. Estoy cansada de tener que justificarme, cansada de esperarte hasta tan tarde. Y cansada de que otra mujer pueda llamarte cuando quiera y tú siempre estés listo para correr por ella.

A Aurora le invadió la vergüenza de ser testigo involuntaria de la discusión entre Bruno y su pareja. Se frotó las sienes, tocándose un momento la cicatriz.

—Necesita ayuda, ¿no lo ves?

—Es esta familia la que te necesita. ¿Qué tengo que hacer para que lo entiendas?

—Elena, por favor. ¿Podemos hablar de esto más tarde, con calma?

—¿Cuándo?, porque siempre estás en el trabajo. Y, por cierto, también ella está siempre en el trabajo. Dime, de una vez por todas, ¿qué significa ella para ti, realmente?

Aurora deseó que se la tragase la tierra. Contuvo la respiración, pero no pudo oír la respuesta de Bruno. Había bajado el volumen de su voz.

Los gritos de Elena, en cambio, resonaban por toda la casa.

—Desde que ella entró en tu vida has cambiado. Apenas te reconozco... Nos hemos convertido en dos extraños.

—Sabes que no es verdad. No estoy presente tanto como me gustaría, lo sé. Pero hago lo que puedo.

—La tratas como a una criatura frágil, como si fuera de cristal. Ni siquiera te das cuenta de que te está manipulando.

—Deja de gritar, ¿quieres despertar a todo el vecindario?

—¿Qué te importa el vecindario? Admítelo, solo te importa que nos oiga ella. Ya puestos, ¿por qué no corres a prepararle el desayuno?

—Estás haciendo el ridículo. Y si quieres saberlo, sí, me estás avergonzando delante de una colega.

—¿Una colega? ¡Tú eres el ridículo! Una colega no se presenta en nuestra casa en mitad de la noche. ¿Qué tenía que decirte que es tan urgente?

Aurora se pasó una mano por el pelo como para ahuyentar el velo de cansancio que la oprimía.

Tenía la espalda destrozada, le dolían las piernas de tanto caminar.

Necesitaba enjuagarse la cara con agua fría.

Necesitaba ducharse. Necesitaba cargar el móvil, llamar a De Robertis e intentar explicarle los acontecimientos de las últimas horas.

Había sido víctima de un secuestro. ¿De verdad pensaba que la creería?

Se esforzó por ignorar los gritos que venían del piso de arriba. Elena tenía razón en una cosa. Nunca debería haberse presentado allí. Tenía que dejar de pensar en Bruno como su salvavidas cada vez que las cosas se ponían feas.

Tal vez podría intentar explicarle la situación a Elena, pero estaba segura de que solo empeoraría las cosas. Tenía que marcharse. Se levantó y empezó a doblar la tela escocesa.

—Ey.

La voz detrás de ella la hizo saltar. Se volvió y se encontró con la mirada de Chia. Ya estaba vestida y se había colgado de un hombro una mochila con los libros de texto.

—Ho… hola —farfulló Aurora, moviendo con torpeza la palma de la mano a modo de saludo.

—Siento este lío —continuó Chia, dejando la mochila al pie de la escalera—. Llevan así un buen rato.

—Creo que soy yo quien debería disculparse.

Chia tensó los hombros.

—No te preocupes, no es culpa tuya. Mamá no está muy bien últimamente.

Aurora bajó la mirada.

—Sí. Y está claro que mi presencia no la ayuda a sentirse mejor.

Chia se encogió de hombros.

—A veces discuten durante horas, pero siempre acaban reconciliándose.

Aunque todavía era una adolescente, Chia era más madura de lo que correspondía a su edad.

Se le notaba en los ojos que no había tenido la infancia despreocupada de la mayoría de sus compañeros.

Se había visto obligada a crecer deprisa, como Aurora, y como ella había tenido que cuidar de una madre demasiado frágil.

No la habían protegido de la fealdad del mundo.

Porque ella misma había experimentado parte de esa fealdad.

—Eso espero —suspiró Aurora.

Chia se dirigió hacia la cocina.

—¿Quieres un café?

«El café del parque».

La instantánea del momento en que el hombre se había sentado a su lado en el banco obligó a Aurora a recordar el momento en que había perdido el conocimiento el día anterior.

Si en efecto la habían drogado, aún debía de tener en su organismo la sustancia que le habían mezclado con el café.

Pero ¿a quién podía recurrir para hacerse un análisis toxicológico sin levantar sospechas?

—Yo... creo que tengo que irme —murmuró—. Ya he causado suficientes problemas.

—Solo será un minuto, vamos.

Ruido de platos sacados de la alacena, la vibración de la cafetera exprés al activarse. El aroma del café flotando en el aire.

Aurora dio unos pasos hacia la cocina y apoyó un hombro en el marco de la puerta.

—Huele que alimenta.

Chia sonrió. Era genuina y brillante, gracias también a los pequeños hoyuelos que se abrían en sus mejillas.

—¿Bruno y tú estáis trabajando en un nuevo caso?

—En realidad no —respondió Aurora, y respiró hondo—. Ya no estamos asignados al mismo equipo.

Un momento después, la distrajo el alboroto procedente del piso de arriba.

—Dios, siento que me estoy asfixiando en esta casa. —La voz de Elena sonó exasperada.

Bruno, por su parte, respondió con apenas un murmullo.

—¡Y déjame pasar! —sentenció ella.

Pasos rápidos escaleras abajo, como una carga de piedras volcada.

Aurora se volvió a tiempo de ver cómo Elena cogía las llaves del Alfa Romeo de Bruno del armario que había junto a la entrada y salía corriendo.

Con un gesto instintivo la siguió.

—¡Elena! —la llamó, una vez fuera.

Antes de entrar en el coche, la mujer la miró con resentimiento.

—Apártate. —Detrás de ella, la voz de Bruno sonó firme.

—Solo quería... —contestó Aurora con un hilillo de voz.

—Esto no te concierne —la interrumpió—. Es entre Elena y yo.

Aurora dio un paso a un lado. Aquellas palabras, y el tono en que Bruno las había pronunciado, la perturbaron más que lo que había escuchado un poco antes. Se dio cuenta una vez más de lo inapropiada que era su presencia.

Bruno se movió con cautela, con las manos extendidas hacia delante, como si se acercara a un animal herido.

—No te vayas. Desayunemos juntos. Podríamos hacer esas crepes de queso que tanto te gustan. Chia lleva meses pidiéndolas.

Elena sacudió la cabeza. Sus ojos dentro de los de Bruno. Una lágrima surcó sus pestañas.

—No te acerques más —gruñó.

Subió al coche. Introdujo la llave en el contacto.

Aurora miró a Bruno, justo a tiempo para ver cómo su mirada pasaba de la determinación al abatimiento.

Elena giró la llave. El agudo chirrido del motor de arranque.

Una fracción de segundo. Luego un extraño chasquido, como las alas de un enjambre de insectos vibrando al unísono.

La deflagración generó tal desplazamiento de aire que lanzó a Bruno y Aurora hacia atrás.

El coche se tambaleó, levantando ligeramente el morro del suelo mientras el capó y el maletero quedaban destrozados por la fuerza de la explosión.

Fragmentos de cristal y metal salieron proyectados hacia el espacio circundante.

En un instante, las llamas envolvieron por completo el habitáculo.

Aurora sintió un insistente zumbido en los oídos, que no borró el grito desesperado de Bruno.

Se levantó de un salto y empezó a correr hacia el coche en llamas.

—¡No! —gritó Aurora. Cayó de rodillas, respirando con dificultad, y empezó a arrastrarse para alcanzarlo—. ¡Para! Va a...

No pudo terminar la frase. Otra explosión en el interior del vehículo impidió que las palabras le salieran de la garganta. Y barrió cualquier esperanza de poner a Elena a salvo.

A partir de ese momento, para Aurora fue como si todo transcurriera a cámara lenta. Sin sonido. Solo visiones cargadas de horror.

El esqueleto del coche en llamas, el humo negro. El hedor a gasolina y plástico derretido. Chia saliendo del interior de la casa y cayendo al suelo, incrédula y horrorizada.