Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo27
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Capítulo27

A medida que el coche avanzaba por el asfalto, Aurora se dio cuenta de que habían entrado en los alrededores de la zona urbana de Sparvara. Reconoció el barrio de Bruno y, por fin, el chalé donde vivía con Elena.

—¡Para! —ordenó a la chica.

—La comisaría aún queda un poco lejos —replicó la otra.

—¡Te he dicho que pares!

La chica la miró fastidiada y Aurora se dio cuenta de que había sido demasiado brusca.

—Lo siento —murmuró—. Ha sido una noche terrible.

—De acuerdo, pero... ¿estás realmente segura de que quieres que te deje aquí? —preguntó entrecortadamente.

Aurora asintió: —Un colega mío vive aquí. Le pediré ayuda. Te lo agradezco mucho. Ya has hecho bastante por mí.

La lluvia había aumentado de intensidad. Sin replicar, la chica detuvo el coche para que Aurora pudiera salir.

—Gracias por traerme —dijo antes de cerrar la portezuela—. Soy Aurora, por cierto.

—Caterina —dijo con una sonrisa—. Espero que todo vaya bien.

—Yo también. —Aurora vio alejarse el coche de Caterina y luego, con pasos temblorosos, se dirigió a casa de Bruno. Cuando estuvo frente a la entrada, permaneció inmóvil un momento con el dedo a un suspiro del timbre.

¿Qué hacía allí? Las luces estaban apagadas, era más que probable que todos llevaran un buen rato en la cama. Además, lo que había sucedido era demasiado grave, demasiado perturbador. Tenía que hablar de ello con la única persona que podía ayudarla a entender los últimos acontecimientos.

Se armó de valor y pulsó el botón del interfono.

Pasaron unos largos instantes en los que no ocurrió nada. Vencida por el cansancio, Aurora se dejó deslizar por la pared, hasta sentarse en el umbral.

Una luz se encendió en el interior de la casa. Aurora levantó la vista. Desde la ventana del primer piso, reconoció la silueta de Elena, que descorría la cortina.

Poco después, fue Bruno quien abrió la puerta.

—Aurora —dijo, desconcertado. Iba descalzo, con el pelo despeinado y la expresión adormilada. Llevaba una simple camiseta blanca y un pantalón de chándal—. ¿Qué haces aquí? Son las tantas.

—No podía volver a casa... No después de lo que ha pasado.

Bruno se agachó y le acarició el pelo.

—Hace mucho frío aquí fuera. Estás empapada. Ven, te prepararé algo caliente.

Aurora lo siguió hasta el salón como una autómata. Se quitó el abrigo, lo dejó caer y un pequeño charco se formó en el suelo. Luego se desplomó en el sofá.

—Lo sé, no debería estar aquí —murmuró, masajeándose las sienes con las yemas de los dedos—. Pero no era capaz de pensar con claridad.

Bruno se quedó helado antes de entrar en la cocina.

—¿Qué tal si empezamos por el principio?

—Me ha jodido, el bastardo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Bruno con impaciencia.

Aurora se aclaró la garganta.

—Esta tarde tenía que estar en Bolonia para hablar con De Robertis y el fiscal adjunto encargado de la investigación.

—Recuerdo que me lo contaste. —Solo ahora Bruno se dio cuenta de que Aurora tenía un pequeño corte bajo los labios, los ojos desorbitados y los pantalones manchados de barro.

No dejaba de mirarse las palmas de las manos, con la espalda encorvada como si hubiera llevado una carga tan pesada que fuera a romperla—.

Dime qué te ha pasado. ¿Has tenido un accidente? Empiezo a preocuparme.

Aurora ignoró la pregunta, pero continuó.

—Después de nuestra discusión, necesitaba poner en orden mis pensamientos. Me he parado en el parque de siempre, el que está cerca de casa. Acababa de tomarme un café cuando... —Aurora miró al techo—. ¡Por supuesto, el café!

—¡No te entiendo! Por favor, intenta ir en orden. Ahora mismo no tengo lucidez para adivinar lo que te pasa por la cabeza... No en esta casa, no con Elena esperándome arriba.

—¡El café contenía algún tipo de droga, maldita sea! —Aurora se pasó las palmas de las manos por el pantalón como intentando entrar en calor—. Debió de cambiar su vaso por el mío cuando se sentó a mi lado en el banco.

—¿De quién estás hablando?

Un ruido detrás de ella llamó la atención de Aurora. Elena había aparecido a mitad de la escalera. Estaba inmóvil. Llevaba un camisón largo de color rosa pastel. Estaba pálida y el tinte de su pelo necesitaba un cambio.

Las miradas de las dos mujeres se cruzaron por un instante.

—Elena, perdona... —murmuró Aurora. Antes de que pudiera terminar la frase, la mujer ya le había dado la espalda para volver por donde había venido.

Aurora hizo ademán de levantarse. Bruno la detuvo poniéndole una mano en el hombro.

—Dame un momento y me explicas la situación. Vuelvo enseguida, te lo prometo.

Pensó que había sido un error presentarse así. A Aurora le habría gustado cruzar la puerta y desaparecer, pero no tenía fuerzas para hacerlo. Ni siquiera sería capaz de alcanzar el umbral.

Sintió las piernas pesadas. La tensión se había desvanecido, y ahora un doloroso hormigueo le recorría todo el cuerpo.

Sobre todo, sintió que le pesaban los párpados.

Cada vez más.

Hasta que, vencida por la fatiga, se deslizó por la pendiente de un sueño sin sueños.