Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo18
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Capítulo18

Aurora redujo la marcha y aminoró para entrar en la carretera provincial que lleva a Módena.

Agarraba el volante con fuerza, hasta el punto de que se le pusieron blancos los nudillos.

El flujo de pensamientos era tan impetuoso que temía ser arrastrada por él, en marcado contraste con las serpenteantes notas de Dead and Lovely , de Tom Waits, que fluían por los altavoces del equipo de música llenando la cabina.

El alivio de hacía un momento, cuando Piovani le había demostrado su estima, se había disuelto para dejar paso a una feroz determinación.

Aurora sintió el vértigo de estar al borde de un descubrimiento decisivo.

Si su intuición era correcta, pronto daría un nombre al desconocido.

Y solo había una persona que podía ayudarla.

El tráfico era denso, los semáforos tardaban una eternidad en ponerse en verde. Los coches de delante se ponían en marcha demasiado despacio, y la luz roja saltaba cada vez un instante antes de que ella pudiera pasar, obligándola a detenerse.

Tras pasar la señal que indicaba el inicio de la zona urbana, se topó con una obra en construcción que había creado un atasco del que parecía imposible salir.

Colocar la sirena portátil en el techo no habría servido de nada, a menos que pudiera despegar por encima de la barrera metálica formada por la interminable cola de vehículos.

No es que fuera diferente en Turín, el tráfico es la única certeza que comparten todas las ciudades de Italia, de norte a sur, pero al menos allí conocía algunos atajos y algunas rutas alternativas que le permitían limitar los inconvenientes en tales situaciones.

Una vez en la vía de circunvalación, se metió en el carril rápido, solo para descubrir que avanzaba al mismo ritmo que los otros.

Tuvo que tener especial cuidado para no pasarse la salida y, cuando llegó el momento de tomarla, pisó el acelerador con firmeza.

El coche avanzó a toda velocidad para dejar por fin el tráfico atrás.

Se encontró en una calle ancha bordeada por unas cuantas casas a un lado y una hilera de almacenes al otro. Aparcó junto a una valla que delimitaba lo que parecía un edificio de apartamentos normal y corriente.

Salió del coche y cruzó la pequeña verja metálica. Con cierta aprensión, llamó al timbre. Al cabo de unos instantes, apareció en el umbral un hombre distinguido, de pelo rubio y vestido con un jersey claro.

—Lo siento, señorita —dijo el hombre señalando una hoja impresa pegada en la puerta—, pero hoy la oficina de la policía cibernética está cerrada al público. Si necesita presentar una queja, tengo que pedirle que vuelva el próximo viernes.

—Subinspectora Scalviati, comisaría de Sparvara —replicó Aurora mientras le mostraba su placa—. Necesito hablar con el agente Tommaso Carelli.

El hombre echó un vistazo fugaz a su placa.

—Buenos días, soy el inspector Rizzo —dijo estrechándole la mano—. Encantado de conocerla. Le pido disculpas por el recibimiento. La plantilla es la que es, y hemos tenido que apañarnos de alguna manera para seguir ofreciendo servicios al público.

—No hace falta que se disculpe —replicó Aurora.

—Sígame, por favor.

Subieron unos escalones y luego atravesaron una puerta de seguridad que conducía a un gran espacio abierto donde se alineaban varios puestos informáticos.

Solo un par estaban ocupados, y en uno de ellos Aurora reconoció a Tom, encorvado sobre un teclado escribiendo a toda velocidad.

Llevaba una camiseta de vivos colores con el logotipo de los X-Men y las habituales gafas de montura cuadrada.

—¡Tom! —dijo Rizzo para llamar su atención—. Una colega pregunta por ti.

Tom tecleó unos instantes más y luego levantó la vista, distraído. En cuanto reconoció a Aurora, una sonrisa abierta apareció en su rostro.

—¡Dios mío, qué sorpresa!

Mientras Rizzo se alejaba, Aurora llegó al escritorio de Tom.

—Necesito un favor —dijo, sacando el teléfono móvil. Abrió el álbum de fotos y eligió una de las fotos de la escena del crimen, la que le pareció más nítida. Luego hizo zoom para encuadrar el rostro de la víctima en primer plano—. Necesito identificar a este hombre con urgencia.

Aturdido por la impetuosidad de Aurora, Tom miró la imagen y apartó la vista de inmediato.

—Pero qué...

—Lo sé, no es bonito de ver. Y no solo porque tuviera la boca cosida. Te ahorraré los demás detalles, pero te aseguro que no era una visión nada agradable.

Tom se recostó en su silla.

—¿No sabes quién es?

Aurora negó con la cabeza.

Tom se quedó pensativo.

—Supongo que no figura entre las personas desaparecidas, y nadie se ha presentado para su identificación.

—Vacío absoluto.

—¿Es un caso de... Sparvara? —preguntó Tom.

—No, Bolonia.

—No lo entiendo. ¿No debería ser responsabilidad de la jefatura de policía local?

—Sí, claro, pero... —La mirada de Aurora vagó por el espacio circundante, como buscando las palabras adecuadas—. Es complicado.

Tom la miró con recelo.

—¿Por qué te importa tanto?

—Te lo contaré todo, te lo prometo. Pero primero necesito que investigues algo que yo no puedo hacer personalmente.

—¿Cómo que no puedes?

Aurora se mordió el labio inferior, un poco nerviosa.

—Se trata de un asunto extremadamente delicado. La investigación me concierne a nivel personal, pero... debo ser discreta. No puedo implicar a la comisaría de Sparvara, o se sabría en Bolonia que estoy investigando. Y no puedo permitirlo.

—No te sigo —suspiró Tom.

—Van detrás de mí —dijo Aurora, algo tensa.

—¿Quiénes van detrás de ti?

—Los de la jefatura de policía de Bolonia. Hay un inspector jefe, De Robertis, que es un verdadero sabueso. Está convencido de que le oculto algo. —Su mirada era febril, le temblaban las manos.

Hubo un largo momento de silencio.

—¿Va todo bien? —preguntó entonces Tom, con un deje de aprensión.

Los ojos de Aurora se clavaron en la punta de sus botas militares.

—Por supuesto —balbuceó—. Qué pregunta...

—No sé, Aurora. Apareces aquí después de meses sin cruzarnos. Irrumpes en mi despacho sin siquiera saludarme ni preguntarme cómo estoy, con una petición absurda y ultrasecreta sobre un caso en el que no tienes jurisdicción. ¿Cómo se supone que debo tomármelo?

Solo ahora Aurora se daba cuenta de lo inapropiada que había sido. Se había aferrado a Tom, arrastrándolo a una investigación no autorizada, como si siguiera siendo miembro de su equipo. Pero ese ya no era el caso, el equipo había sido desmantelado hacía tiempo.

Y la estima de Piovani, la sonrisa de Silvia o las palabras tranquilizadoras de Bruno no bastaban. Era como si la vida de todos hubiera seguido adelante mientras la suya permanecía en el mismo sitio, anclada en sus obsesiones.

Aurora había conseguido alienar a todo el mundo, y al final se había quedado sola. ¿Había pensado alguna vez lo difícil que era para los demás relacionarse con ella?

—Tienes razón —murmuró—. Te pido disculpas. Me he comportado como una auténtica imbécil. Es que... me temo que todo esto me está afectando mucho.

Tom le dirigió una mirada casi paternal, algo surrealista teniendo en cuenta que era cinco años más joven que ella.

—¿Qué tal si me lo cuentas todo desde el principio, quizá tomando un café?