Obedeciendo KRISTEN
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KRISTEN

Me despierto y espero a que llegue. El miedo, la opresión en el pecho, la necesidad inmediata de comprobar todas las puertas y ventanas antes de poner un pie en el suelo.

Pero no llega. Al menos, no como suele hacerlo.

Sigo ansiosa. Ahora siempre hay una parte de mí que lo está, un ruido de fondo que he dejado de intentar apagar. Pero esta mañana hay algo más junto a ella. Algo más cálido.

La cabeza se me va directa a anoche, como si fuera la continuación de algo que hubiera sucedido mientras dormía.

Logan Maxwell cenó conmigo, con los ojos todavía rojos del espray de pimienta, que fue, no sé por qué, lo más gracioso que había visto en mi vida.

Incluso ahora sonrío. Soy malvada. Y le hablé de mi padre y del hombre al que dejé en secreto, pero él no se inmutó.

No intentó arreglarlo, ni hacerlo girar en torno a él, ni convertirlo en un consejo, ni decirme qué debería haber hecho de otra manera. Solo escuchó.

En la facultad de medicina, cada conversación era una competición.

Quién era más agudo, más rápido, quién tenía más razón.

Si hace diez años alguien me hubiera dicho que Logan Maxwell se sentaría tranquilamente en un restaurante mexicano y me dejaría hablar de los peores años de mi vida sin interrumpirme ni una sola vez, le habría soltado una carcajada en la cara.

Pero eso fue lo que hizo. Escuchó. Me apoyó sin intentar tomar las riendas y, cuando no pude decir nada más, no insistió.

¡Y luego me llevó a casa! Esperó en el coche hasta que estuve dentro para asegurarse de que estaba a salvo. Y yo no se lo pedí.

Resulta que puede que me equivocara con Logan. Últimamente le estoy descubriendo un montón de facetas que no conocía. Y cada vez que lo pienso, el corazón me hace algo estúpido; lo cual es irritante, porque no tengo tiempo para esto. Es mi adjunto.

Me preparo. Hago café, me lo bebo de pie junto a la encimera, preparo el bolso y, por primera vez en más tiempo del que recuerdo, tengo ganas de que empiece mi turno.

Llego al hospital tan temprano que solo están despiertas las enfermeras del turno de noche y las máquinas de café.

Me pongo el pijama de quirófano y voy hacia la sala de residentes, donde veo a Logan venir en dirección contraria.

Con la bata blanca puesta, un café en la mano, las gafas subidas y leyendo algo en el móvil.

Como siempre. Salvo que hoy no me doy la vuelta, ni me meto en un armario de material, ni me acuerdo de repente de algo que tengo que hacer en otra planta. Sigo caminando sin más.

Levanta la vista cuando estamos a un par de metros. Nuestras miradas se cruzan y asiente.

—Buenos días, Dra. Portland.

—Buenos días, Dr. Maxwell.

Su voz es más cálida que antes. Solo un poco. Pero me descubro a punto de sonreír y dejo que pase. Es raro y agradable a la vez.

—¿Qué tal los ojos? —pregunto.

Se baja las gafas un par de centímetros y me mira por encima de ellas. Tiene los bordes de los ojos rojos.

—Funcionales. He tenido que explicarle a una enfermera por qué parecía que llevaba toda la noche llorando.

—¿Y qué le has dicho?

—Alergias.

—¿Y se lo ha creído?

—Al instante. Ni siquiera pestañeó —se vuelve a subir las gafas—. Por lo visto, nadie en este hospital es capaz de imaginarme con emociones.

Aprieto los labios.

—De verdad que lo siento.

—Puedes dejar de disculparte. He decidido considerarlo una experiencia de acercamiento.

—Una experiencia de acercamiento.

—Hemos pasado de rivales a agresor y víctima y, de ahí, a compañeros de cena en una sola noche. Es eficiente, incluso para nosotros.

Niego con la cabeza y sigo andando, y él sigue andando, y eso es todo. Y aun así, repaso el encuentro mentalmente durante todo el camino hasta la sala.

Priya ya está sentada cuando llego. Me echa un vistazo y ladea la cabeza.

—¿Qué tienes hoy de diferente?

—Nada.

—No, hay algo distinto. Pareces… —entorna los ojos—. Relajada. ¿Has dormido bien? ¿Has comido algo rico? ¿Has echado un polvo?

—Priya.

—Solo pregunto. Has entrado sonriendo. Eso es nuevo.

—No estaba sonriendo.

—Sí que lo estabas. Lo he visto —me tiende un café aunque ya me había tomado uno, y lo cojo porque nunca sobra la cafeína—.

Además, ¿acabo de verte hablando con el Dr. Maxwell en el pasillo?

¿Como personas normales? ¿Sin que te escondieras detrás de una historia clínica ni que él te interrogara sobre laceraciones esplénicas?

—Nos hemos dado los buenos días. Eso es todo.

—Eso no es «todo». Hace dos semanas lo evitabas como a la peste. ¿Y ahora charlas con él en el pasillo? ¡Sonriendo! ¿Por fin se ha acabado la guerra?

—No había ninguna guerra.

—Claro que había una guerra. Tengo testigos —sonríe de oreja a oreja—. Pero, hablando en serio, me alegro. Sea lo que sea lo que ha pasado, hoy se te ve más ligera.

Sonrío.

—Es lo que pasa cuando duermo ocho horas seguidas. Para mí eso es más milagroso que no discutir con el Dr. Maxwell.

Priya se ríe.

—Visto así, tienes razón. Vamos. Tengo la sensación de que hoy se nos va a hacer largo.

Nos vamos a la ronda.

La mañana va bien. Contesto a las preguntas sin titubear. Intervengo. Cuando Logan me pregunta por el manejo de un neumotórax a tensión, respondo con claridad y al detalle.

—Descompresión con aguja en el segundo espacio intercostal, línea medioclavicular, seguida de la colocación de un tubo torácico.

Asiente y sigue adelante, y ahora ya me parece normal. Como si fuera simplemente lo que hacemos. Él pregunta, yo respondo y nadie muere de incómoda.

En un momento de la ronda, mientras le explica un caso complejo al grupo, se detiene un instante para revisar la historia clínica antes de continuar.

Todavía tiene los ojos un poco rojos. Me pilla mirándolo y hace un gesto mínimo de negación con la cabeza, como diciendo «ni se te ocurra reírte ahora», y tengo que quedarme mirando al suelo cinco largos segundos.

Después de las rondas, trabajo un caso con Priya: una vesícula que hay que extirpar, y preparamos juntas al paciente.

—Entonces, explícame la visión crítica de seguridad —dice mientras nos lavamos para entrar en quirófano.

—Antes de poner ninguna pinza necesitas tres cosas.

El triángulo hepatocístico tiene que estar limpio de grasa y tejido fibroso.

El tercio inferior de la vesícula debe quedar separado del lecho hepático para que se vea la placa cística.

Y tienes que identificar con claridad solo dos estructuras que entren en la vesícula: el conducto cístico y la arteria cística.

Si no puedes confirmar las tres cosas, paras y vuelves a valorar. No se pone una pinza a ciegas.

—Se te da bien esto, ¿sabes? Lo de enseñar. Explicas las cosas como si de verdad quisieras que las entendiera, no como si estuvieras presumiendo.

Sonrío.

—Gracias, Priya.

Terminamos el caso rápido. El paciente evoluciona bien. Después, en la sala de lavado, Priya me choca los cinco y yo se los devuelvo con cierta torpeza. Ella ahoga un grito.

—¡Choca los cinco! ¡Sonríe! ¡Da conversación al Dr. Maxwell! ¿Quién eres y qué has hecho con Kristen Portland?

—Cállate.

—Jamás. Este es el mejor día de mi vida.

A la hora de comer me siento en la cafetería y como algo de verdad, en vez de pillar cualquier cosa de la máquina y comérmela encima de una historia clínica.

Le escribo a Priya sobre un paciente que llevamos las dos, repaso el programa de la tarde y pienso en los ojos rojos de Logan y en su excusa de las «alergias», dicha sin mover un músculo.

Sonrío sobre el sándwich y esta vez no me contengo.

Así se siente un buen día. Casi lo había olvidado.

Por la tarde estoy con Walter.

Hoy tiene un buen día: apoya de verdad el peso en las dos piernas, agarra el andador con firmeza y camina más regular que en toda la semana. Voy a su lado, con una mano cerca de su codo, marcándole el ritmo.

—Despacio y sin prisa, Walter. Lo estás haciendo genial.

—Ya sé que lo estoy haciendo genial. No hace falta que me lo digas.

—Pues dejo de decirlo.

—Ni se te ocurra.

Llegamos a la mitad del pasillo. Está concentrado, esforzándose de verdad, pero entonces me mira de reojo, como si acabara de acordarse de que estoy aquí.

—La pareja de la 4B ha vuelto a discutir esta mañana.

—Walter.

—Ella le trajo la marca equivocada de pudin. Él le dijo que nunca escucha. Les doy seis meses.

—Se supone que tienes que concentrarte en tu recuperación, no en cotillear a los demás pacientes.

—Doctora, llevo dos semanas encerrado en esta planta. Cotillear es mi recuperación.

Niego con la cabeza, pero estoy sonriendo.

—Centrémonos en que te pongas bien, ¿de acuerdo? Tienes una embolia pulmonar leve. Hay que resolver eso. Una vuelta más.

—Está bien. Pero solo porque me lo has pedido con educación.

Giramos al final del pasillo y volvemos. Ha avanzado muchísimo desde aquel primer día en que no quería ni levantarse para el fisioterapeuta. Voy a echarlo de menos cuando le den el alta.

—¿Sabes? —dice—. Eres la única médica de este sitio que no me habla como si ya estuviera muerto.

—Eso es porque no estás muerto, Walter; solo eres un dramático.

—Soy un viejo con una cadera nueva. Tengo derecho a ser dramático.

—Ya eras dramático antes de la cadera.

Resopla.

—Mi hija dice lo mismo.

Sonrío para mis adentros. Estaba esperando la comparación. Da un paso y luego otro, con paso firme.

—¿Cuándo salgo de aquí, doctora? Tengo un jardín que a estas alturas ya estará muerto.

—Unos días más. Si la fisioterapia va bien y los análisis siguen limpios.

—Mi fisioterapia va bien. La estás viendo ahora mismo.

—Lo sé. Estoy orgullosa de ti.

No contesta nada a eso, pero la comisura de la boca le tiembla un instante, y eso lo cuento como una victoria.

Vamos por la mitad de la segunda vuelta cuando las puertas se abren de golpe.

El golpe suena tan fuerte que Walter da un respingo. Me vuelvo y mi cuerpo lo sabe antes que mi cabeza. Un frío repentino y brutal me recorre y me castañetean los dientes.

Miguel está en la puerta.

Tiene exactamente el mismo aspecto que recuerdo: bien vestido, el pelo peinado hacia atrás, la mandíbula tensa y los ojos clavados en mí como si allí no existiera nadie más.

Semanas atrás abrió un agujero de un puñetazo en la puerta de nuestro dormitorio porque, según él, la cena estaba demasiado fría cuando llegó a casa.

Me quedé allí, viendo caer los escombros, y pensé: «Hasta aquí».

Esta era la noche en que dejaría de ser solo la puerta.

Así que por fin dije basta. Al día siguiente, mientras él estaba trabajando, metí todo lo que pude en unas bolsas y me fui, con la esperanza de no volver a verlo nunca.

Y ahora está aquí. En mi hospital. En mi planta. A seis metros de mí y de mi paciente.

Todos mis instintos de supervivencia me dicen que huya.

David. Tuvo que ser David quien se lo dijo.

Salió el mensaje y aquí está; fui estúpida al pensar que podía esconderme.

Fui estúpida al creer que un hospital nuevo y una casa tranquila bastarían para mantenerlo lejos.

Los hombres como él no dejan de buscar. No sueltan la presa.

Solo esperan hasta saber dónde encontrarte.

—Kristen. Ahí estás.

Mi nombre en su boca me hiela la sangre. Habla tan alto que no hay nadie en la planta que no pueda oírlo. Las enfermeras del control se quedan paralizadas, un paciente al otro lado del pasillo se gira hacia el ruido y Walter aprieta con más fuerza el andador.

Cruza la sala en tres zancadas. Antes de que pueda moverme, antes de que pueda pensar, su mano se cierra en torno a mi brazo y tira de mí hacia él.

Con fuerza. El tirón me desequilibra por completo y el andador se le escapa de las manos a Walter.

Se tambalea hacia atrás, le fallan las piernas y cae en la silla que tiene detrás.

Está bien, cae justo encima, pero se le queda la cara blanca del susto. Se agarra a los reposabrazos.

—¡Eh! ¿Qué demonios…

Pero Miguel no lo oye, o no le importa, porque me aprieta el brazo con más fuerza y tira de mí para alejarme de Walter, hacia la puerta.

—Te vienes a casa. Esto se ha terminado. Ya has tenido tu rabieta, y ahora nos vamos a casa.

Su voz llena toda la planta. Todos miran. Todos nos ven. Sus dedos se me clavan en el brazo. Sé que me saldrán moratones. Los noto formarse en lo hondo de la piel, donde para mañana habrán florecido los cardenales.

No puedo moverme ni hablar. Mi cuerpo ha vuelto al lugar al que aprendió a ir cuando él se pone así. Quieta, pequeña. No te resistas. No lo empeores. Espera a que pase. Tres años de adiestramiento que creía haber desaprendido, y le han bastado cinco segundos para devolverme a ese sitio.

Walter intenta levantarse de la silla. Una enfermera ha corrido a su lado. Alguien, en el control de enfermería, alarga la mano hacia el teléfono.

Entonces las puertas se abren de golpe y Logan entra tan rápido que la bata blanca le restalla a la espalda.

De pronto, los pitidos de los monitores, el zumbido de las máquinas, la respiración y las miradas descaradas de todos dejan de existir para mí, porque lo único que veo es su cara, y está mirando a Miguel como nunca lo he visto mirar a nadie.

Se detiene a un metro. Baja la mirada hasta la mano de Miguel, cerrada en torno a mi brazo.

Su voz es de una calma letal.

—Suéltala o te romperé la mano.