Capítulo dieciocho #2
—Aún no la he visto, pero pienso echarle un vistazo cuando termine de comer.
Finn se acercó y cogió un trozo de cerdo frito del plato de Craig. Entonces su marido le dio un golpe en la mano con el cuchillo.
Con Robin apoyado en la pared junto a la chimenea, los brazos cruzados sobre el pecho, los hermanos charlaron sobre la próxima reunión con el jefe del clan MacKay.
Mientras hablaban, Lorena retiró el plato sucio de la mesa y comenzó a desenvolver la herida de Craig.
Tenía muy buen aspecto, sin hinchazón ni marcas rojas alrededor.
Escuchaba a medias la conversación mientras limpiaba de nuevo la herida, comprobaba los puntos, la untaba una vez más con miel y volvía a vendarla.
Mientras recogía los suministros que había utilizado, así como el vendaje sucio, Robin dijo:
—Entonces está decidido. Partiremos al amanecer dentro de tres días. No deberíamos tardar más de un día en llegar al castillo de Varrich.
Finn se levantó y se estiró mientras se preparaba para marcharse. Craig se levantó de la silla y movió el brazo dolorido, haciendo una mueca.
—Creo que debería pasar un rato en la liza esta mañana. Necesito volver a practicar.
Lorena se puso las manos en las caderas y lo miró con indignación.
—No lo creo, esposo. Necesitas darte tiempo para curarte.
El arrogante zoquete tuvo el descaro de sonreírle como un muchacho coqueto.
—No, no pasa nada. Me duele el brazo izquierdo, pero soy diestro.
—¿Entonces nunca usas la mano izquierda en la batalla?
Sin dejar de sonreír, respondió:
—No me digas que estás preocupada por mí, leannan.
—Por supuesto que no —respondió ella con un resoplido, para gran diversión de Finn—. Es solo que no tengo tiempo para volver a coserte la herida.
Con esas palabras y las risas de los hombres resonando en sus oídos, salió de la habitación para devolver los suministros y luego fue en busca de Helena para ver cómo iban las visitas del día.
***
Aunque Craig no le había pedido permiso a Lorena, se acercó a la mesa donde estaba la carta que Gunn había enviado la noche anterior. Se la entregó a Robin. Con las cejas arqueadas, su hermano tomó la misiva y la leyó. Luego se la pasó a Finn.
—¿Qué opinas, Craig? —preguntó Robin cuando Finn dejó el pergamino sobre la mesa.
—No lo sé. Todos sabemos que Lorena y Gunn no se llevaban bien. Él le pegó más de una vez y ahora esta nota... —señaló el papel— me parece un intento de manipular a mi esposa otra vez.
—¿Qué dijo Lorena al respecto?
Craig se frotó la nuca.
—Me temo que fui un poco brusco con ella cuando la encontré y le di a entender que quizá estaba planeando hacer algún trabajo aquí para su hermano.
—Por Santa Brígida, hermano, ¿has perdido la cabeza o pretendes alejar a tu esposa cada vez que tienes ocasión? —dijo Finn.
Craig frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
—No se me permite hablar de las cosas que tu esposa me ha confiado.
En un instante, Craig tenía las manos alrededor del cuello de Finn, haciendo una mueca de dolor por el daño que aquello le causaba.
—¿Qué clase de cosas te ha confiado mi esposa?
Robin puso una mano en el hombro de Craig.
—Tranquilo, hermano.
Finn se frotó el cuello.
—No es nada por lo que debas preocuparte. Lo que debería preocuparte es cómo tratas a la chica. Elógiala de vez en cuando. Reconoce cuando se adapta bien a la vida aquí.
—¿No recuerdas que he estado fuera durante semanas?
—Pero ahora has vuelto.
Finn parecía querer decir algo más, pero se limitó a añadir:
—Me voy a la liza. Si quieres practicar un poco, Craig, ven conmigo. Te prometo que seré indulgente con tu pequeño cuerpo dolorido.
Cerró la puerta de un portazo justo cuando Craig le lanzaba un libro, que rebotó contra ella. Craig se quedó mirando a Robin durante un minuto.
—Quiero preguntarte algo.
—¿Sí?
—Me gustaría llevar a Lorena con nosotros cuando vayamos a Varrich. Creo que nos vendría bien pasar algo de tiempo juntos.
Robin sonrió, lo que irritó a Craig tanto como antes lo había hecho Finn.
—Ahora piensas como un hombre casado.
Craig gruñó, lo que solo hizo reír a Robin.
—Ya te enseñaré. Solo tienes que observarme y aprenderás.
—Bueno, ¿puede venir?
Cuanto más pensaba en la idea, más le gustaba. Realmente no quería volver a dejarla atrás. Por lo general, cuando el jefe del clan convocaba una reunión, también se organizaban actividades sociales para quienes llevaban consigo a sus familiares.
—Sí. Será un placer ver algo de felicidad en el rostro de Lorena. Ha estado trabajando muy duro, ya lo sabes. Helena dice que nunca ha visto a una muchacha esforzarse tanto como tu esposa. Sin duda, se merece una recompensa.
Le sorprendió lo mucho que le gustaba la idea de llevarse a Lorena con él, así como pensar en lo feliz que eso la haría.
—¿Vas a llevar a Helena contigo a Varrich?
Robin negó con la cabeza y abrió la puerta.
—No. Últimamente se cansa con mucha facilidad. El niño la está dejando sin fuerzas. Dice que, una vez pase esta primera etapa, recuperará la energía hasta los últimos tres meses, cuando volverá a sentirse agotada.
Robin apenas llevaba unos minutos fuera de la habitación cuando Lorena regresó.
—Tengo que reunirme con Helena abajo para las visitas de hoy. Solo he venido a por mi delantal.
Él se acercó a ella y la rodeó con los brazos, haciendo una mueca al notar el tirón de la herida. Lorena lo miró.
—¿Qué pasa? Tienes una cara muy rara. ¿Te duele demasiado como para ir a la liza? Ya te dije...
—Tengo una sorpresa para ti.
Ella no dijo nada. Se limitó a seguir mirándolo.
—He hablado con Robin y ha aceptado que vengas con nosotros cuando viajemos al castillo de Varrich dentro de tres días para la reunión del clan MacKay.
Para su sorpresa, ella lo miró con los ojos muy abiertos y luego rompió a llorar.
Y él que pensaba que era una buena idea.