Nunca te cases con un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale 2) Capítulo siete
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Capítulo siete

Craig sabía desde el momento en que se ofreció a ocupar el lugar de su hermano en el acuerdo de compromiso que Lorena era una mujer deseable.

Sus comentarios irritantes, aunque a veces molestos, también daban cierto brillo a sus ojos.

Un brillo que él pensaba descubrir más a fondo y desatar en su cama.

Había esperado lo suficiente para ese momento y, aunque había bebido más whisky de lo habitual y debían partir al amanecer, tenía la intención de tomarse su tiempo y mostrarle a su esposa el placer que podía disfrutarse en el lecho matrimonial.

Estaba seguro de que su brutal marido nunca se había tomado el tiempo de prepararla ni de asegurarse de que se sintiera satisfecha.

Notó cómo el cuerpo de ella se tensaba en cuanto la tumbó.

Volvió a besarla en la boca y mantuvo una mano ocupada recorriéndole la espalda hasta llegar al trasero, apretándoselo antes de volver a subir.

Le besó los párpados, la punta de la nariz, cada una de las mejillas y luego el cuello, mordiéndola suavemente y lamiendo después su tierna piel.

Ella se movió contra él; su cuerpo se relajó lentamente.

—Eso es; relájate y disfrútalo.

—No puedo.

Pudo oír el miedo en su voz cuando ella comenzó a retroceder. Le susurró al oído con el aliento cálido:

—Si no puedes relajarte y disfrutarlo, tendré que esforzarme más.

Le pasó los brazos por debajo de los hombros y la levantó, de modo que sus hermosos y turgentes pechos quedaron a la altura de sus ojos.

—Ay, llevo esperando poder posar la boca sobre estas bellezas desde el día en que te bañé.

Cuando tomó un pecho con la boca, ella echó la cabeza hacia atrás y gimió.

—¿Qué me estás haciendo? Me siento tan extraña por dentro.

—Bien. Se supone que debes sentirte extraña, pero pronto se convertirá en deseo y necesidad.

Pasó al otro pecho y bajó la mano para tocar su intimidad.

Sonrió satisfecho al sentir la humedad. Deslizó el dedo por los labios inferiores y luego rozó ligeramente el pequeño botón del centro.

Ella se estremeció e inmediatamente presionó el pubis contra su mano.

Él levantó la cabeza de su pecho y cubrió su boca con la de ella, con avidez, mientras los dedos seguían ocupados rodeando aquella carne endurecida.

Se alegró cuando la lengua de ella entró en su boca. Aprendía rápido.

Había planeado que aquello durara un buen rato, pero la había deseado durante tanto tiempo que no pudo contenerse. Si no la tomaba pronto, los avergonzaría a ambos. Ella parecía estar preparada, lo cual sabía que era importante para que no hubiera dolor.

Después de unos minutos más, se colocó encima de ella y, con la rodilla, le separó las piernas. Ella se tensó y apoyó las manos en su pecho.

—No.

—Calla, mo chridhe, no te dolerá, te lo prometo. Quizá sientas un poco de presión, pero nada más.

Para relajarla de nuevo, comenzó a besarla y a acariciarle los pechos mientras la penetraba lentamente. Sí, ella era estrecha, pero tenía que recordar que, aunque para él era maravilloso, a ella podía alarmarla.

Bajó la cabeza y le rozó el pezón con los dientes. Ella gimió y abrió más las piernas. Animado, siguió penetrándola poco a poco. Finalmente entró por completo, y fue realmente el cielo. Ella estaba húmeda, suave y estrecha. Le acarició las mejillas con las manos.

—¿Estás bien, querida?

Ella asintió brevemente, incluso con lágrimas en los ojos. Antes de empezar a moverse, se inclinó y volvió a usar el pulgar para frotar la pequeña carne endurecida. Obtuvo una respuesta inmediata cuando ella empezó a moverse, echando la cabeza hacia atrás y gimiendo su nombre.

Lorena siguió su ritmo. Como sabía que no duraría mucho, redujo la velocidad y se concentró más en ella.

Sus labios tomaron los de ella, esta vez con más exigencia.

Ella se acurrucó contra su cuerpo, gimiendo su nombre y tirándole del pelo.

La tensión en su rostro le indicó que estaba cerca de lo que probablemente sería su primer orgasmo.

—Más fuerte, Craig.

El estruendo de los latidos de su corazón coincidía con los de ella.

—Sí, mo chridhe. Relájate y deja que haga el trabajo por ti.

Sus labios continuaron explorando su piel cálida y suave.

Lorena respiraba con dificultad y, por la forma en que se movía contra él, supo que estaba a punto.

Rodeó aquella carne con más fuerza con el pulgar, luego apretó el pequeño botón y, en cuestión de segundos, su cuerpo se tensó, ella le agarró el pelo con más fuerza y dejó escapar un gemido tan intenso que él volvió a cubrirle la boca con besos para mantener su placer entre ellos y no hacerlo llegar al resto del castillo.

Una vez que ella se derrumbó, él reanudó las embestidas y no tardó mucho en correrse dentro de ella, con el corazón latiéndole con fuerza, los músculos tensos y una sensación de calor que lo inundaba como nunca antes.

Se apartó de ella y la abrazó. Permanecieron así, tumbados juntos, mientras ambos intentaban recuperar el aliento.

Al cabo de unos minutos, el cuerpo de ella se enfrió, así que bajó la mano y los cubrió con las sábanas.

Lorena se acurrucó junto a él y, antes de que pudiera desearle buenas noches, ya roncaba suavemente entre sus brazos.

***

Lorena se cubrió la cabeza con la manta.

—Vete.

—No, esposa, es hora de irse. Tienes que vestirte y desayunar.

Se dio la vuelta para ver a su marido completamente vestido y de pie junto a la cama, con una sonrisa arrogante en el rostro.

—No querrás que te eche sobre el hombro, ¿verdad?

—No lo intentaría, esposo. Yo también tengo algunos trucos —dijo con una leve sonrisa desafiante.

—No me provoques.

Sus ojos joviales desmentían sus labios apretados. Antes de que ella tuviera tiempo de responder, él la agarró por un pie y la sacó de la cama. La cogió en brazos antes de que cayera al suelo.

—Déjame en el suelo.

—No lo sé. Tu cálido cuerpo desnudo me sienta fenomenal.

El calor de sus brazos era tan reconfortante que olvidó su plan de impedir que él se colara en su corazón.

Se retorció como pudo y vio que la sonrisa de Craig se volvía arrogante y posesiva.

A pesar de esa arrogancia, se supo segura en sus brazos.

Era la primera vez en toda su vida que se sentía así con un hombre.

—Si quieres que nos vayamos, tienes que bajarme.

Él la miró, luego volvió a mirar la cama y sonrió.

—Quizá tengamos tiempo para una más...

Ella se retorció lo suficiente para dejarse caer al suelo.

—¡Ay!

Él la miró con deseo y posesividad y sonrió.

—Vístete. Te veré abajo. Date prisa, porque enviaré gente a recoger tus baúles y no quiero que ninguno vea el hermoso y tentador trasero desnudo de mi esposa.

En cuanto él salió de la habitación, ella se levantó de un salto y, tras lavarse rápidamente, se puso la ropa de viaje que había preparado para ese día. Mientras se calzaba los zapatos, unos ligeros golpes llamaron su atención.

—Sí.

Edith entró en la habitación con dos hombres detrás de ella.

—Han venido a recoger tu equipaje.

Lorena señaló con la mano los baúles. También tenía una bolsa que pensaba llevar consigo en el caballo, con los objetos personales que necesitaría durante el viaje a Dun Ugadale. Miró a Edith mientras los hombres se marchaban.

—¿Has terminado de hacer las maletas?

La muchacha sonrió y se sonrojó.

—Sí. Ya envié las mías y hablé con Agnes sobre irme con vos. Al principio se sorprendió y creo que se molestó un poco por perder mi ayuda en la cocina, pero luego me deseó lo mejor.

—Supongo que ya solo nos queda desayunar y partir.

—Yo ya he comido, así que saldré fuera para asegurarme de que todo está bien empaquetado. —Señaló la bolsa que había en el suelo, junto a los pies de Lorena—. ¿La bajo?

—No. La ataré al caballo.

Edith se marchó apresuradamente, dejando a Lorena peinándose y recogiéndose el cabello con una cinta en la nuca.

Cogió la bolsa y miró a su alrededor. La mayoría de los recuerdos de aquella habitación no eran buenos.

Había pasado mucho tiempo llorando e incluso escondiéndose de su hermano.

Se sorprendió al notar que se le llenaban los ojos de lágrimas.

Dejó la bolsa en el suelo y echó a andar por la habitación.

Deslizó los dedos por las sábanas y se acercó a la ventana.

Cuando se marchó para casarse con Avery, estaba feliz de alejarse de su hermano.

Ahora contemplaba su nueva vida con cautela.

¿Serían las cosas muy diferentes con este marido?

Los hombres eran hombres y, hasta entonces, su experiencia le había enseñado a protegerse de ellos.

Desde que conoció a Craig, no había nada en su comportamiento que le hiciera pensar que su vida sería parecida a la del anterior matrimonio.

Sonrió al recordar la noche anterior. Su marido había sido muy diferente de Avery en la cama.

Para su sorpresa, había disfrutado realmente de unirse a Craig y de experimentar unas sensaciones que nunca antes había conocido.

Era casi como si no fuera su cuerpo. Con suerte, volvería a sentir aquella maravillosa explosión de placer.

Respiró hondo y se secó la lágrima que le recorría la mejilla.

—¿Ocurre algo?

Craig estaba en la puerta de la habitación, con expresión preocupada.

—No. Solo me despido.

Él se acercó y la abrazó.

—¿Son tan maravillosos tus recuerdos que no quieres marcharte?

—No. Pero si le hubieras advertido a David que no me pegara, las cosas habrían sido mucho mejores aquí si me hubiera quedado.

Me habrían dejado en paz. —Se apartó, recordando su plan de mantener a Craig alejado de su corazón—.

Pero entonces perdí la oportunidad de tener esa vida cuando me ordenaste que fuera contigo a tu casa.

Él le apartó un mechón de pelo detrás de la oreja.

—No. Ahora es nuestro hogar. Eres una MacKay.

Ella se puso las manos en las caderas y lo miró con ira.

—Soy una Gunn.

—Sí, estás muy orgullosa de ese apellido.

Se agachó y cogió la bolsa.

—Es hora de irse, muchacha.

Lorena miró la bolsa.

—Puedo llevarla yo. No soy una debilucha.

Él se inclinó hacia su oído y le dijo:

—Sí, pero quiero que reserves fuerzas para otras actividades.

El calor le subió desde los pies hasta la raíz del pelo.

—No me hables así.

Él fingió parecer confundido.

—¿Qué? Quiero que tengas fuerzas suficientes para aguantar a caballo todo el día durante los tres días que tardaremos en llegar a Dun Ugadale.

Ella le arrebató la bolsa de las manos y se fue enfadada mientras aquel tonto se reía de ella.

Antes de marcharse, se propuso buscar a Knox.

Se llevaba bien con él, aunque pasaba tan poco tiempo en la fortaleza que en realidad no lo conocía demasiado.

Él le deseó lo mejor y le dio un beso en la mejilla.

—Quizá te vea en alguna de las competiciones del clan.

—Sí. Estoy deseándolo.

Él le apretó la mano mientras ella se alejaba. Con Craig respirándole prácticamente en el cogote y recordándole que era hora de irse mientras desayunaba, lo único que consiguió tragar fue un trozo de pan, y se llevó una manzana.

David se acercó cuando ella se levantó de la mesa para reunirse con Craig.

—Siento mucho, hermana, que no nos llevemos mejor.

Ella resopló.

—Nos habríamos llevado mucho mejor si no me hubieras pegado cada vez que desobedecía tus órdenes.

Gunn se volvió hacia Craig, que ahora estaba de pie junto a ella.

—Más te vale tener cuidado con esta. Le hizo pasar un mal rato a su marido y él también se vio obligado a pegarle. Es una chica decidida que aún tiene que aprender cuál es su lugar en la vida. —Le señaló con el dedo—. Más te vale cuidar esa lengua, Lorena.

Craig se puso tenso y agarró a Lorena por el codo.

—No hace falta que le adviertas nada, ahora es mi responsabilidad.

—Te arrepentirás.

Lorena frunció el ceño ante el intercambio entre su hermano y su marido. Hablaban de ella como si ni siquiera estuviera presente. Abrió la boca para decir algo y Craig le apretó el codo.

—Es hora de irse, Lorena.

Ella asintió, se dio la vuelta y salió de la fortaleza. Con suerte, por última vez. Aunque había decidido no dejar que su nuevo marido entrara en su corazón, esperaba que pudieran vivir en armonía. Allí nunca había habido armonía.

—No dejes que te moleste. No hay razón para que vuelvas a verlo nunca más.

Ella sorbió por la nariz, sin querer mostrar ninguna debilidad.

—No estoy enfadada. Me alegro de dejar a ese bastardo.

Si Craig se sorprendió por su lenguaje, no lo demostró. Le quitó la bolsa de la mano y la ató al caballo. Antes de que él pudiera ayudarla a montar, ella subió al animal por sí misma.

Las dos carretas estaban cargadas. Edith se sentó en una de ellas y Lorena se dio cuenta de que no tendría caballo para montar, pero sin duda parecía cómoda en su acogedor asiento.

Los guardias MacKay se reunieron. Craig les dio instrucciones sobre el camino que tomarían, quién iría delante y qué guardias permanecerían junto al grupo.

Recalcó que estuvieran atentos a las dos mujeres para garantizar su protección en todo momento.

Después de nombrar a dos de ellos para que fueran delante como exploradores, levantó la mano y les indicó que partieran.

Lorena no pudo evitarlo. Miró hacia atrás mientras se alejaban. El castillo de Clyth era un lugar precioso, al menos por fuera. Con David al mando, el interior era tan oscuro como el alma del diablo.