Nunca jamás (Harriet Blue 1) 1
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Nunca jamás (Harriet Blue 1)

Nunca jamás (Harriet Blue 1)

Por James Patterson, Candice Fox

© inepub.com

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—Si llegas al campamento antes que yo, te perdono la vida —dijo el soldado.

Les hacía esa misma concesión a todos, el juicio más justo por los delitos cometidos contra su pueblo.

El joven yacía lloriqueando en la arena, a sus pies.

Las lágrimas siempre habían asqueado al soldado.

Eran la forma de expresión más baja, el síntoma físico de la debilidad psicológica.

El soldado alzó la cabeza y miró las luces que delimitaban el campamento, al otro lado del desierto negro.

El cielo nocturno era una explosión de estrellas, parcheado aquí y allá por una nube en movimiento. Se llenó los pulmones de aire frío.

—¿Por qué lo haces? —gimoteó Danny.

El soldado cerró de golpe el portón de la furgoneta y giró la llave. Se colgó del cuello las gafas de visión nocturna y, pasando a grandes zancadas por delante del traidor acobardado, se acercó a un peñasco. Se encaramó a él y, con el brazo extendido, señaló hacia el noreste.

—En unas coordenadas de cero cuatro siete, a una distancia de uno coma seis dos kilómetros, te aguarda tu arma —bramó el soldado.

Se giró y señaló hacia el noroeste—. En unas coordenadas de tres uno cinco, a una distancia de uno coma seis cinco kilómetros, me aguarda la mía. El campamento está al norte.

—Pero ¿qué dices? —lloriqueó el traidor—. ¡Cielo santo! No lo hagas, por favor.

El soldado saltó del peñasco, se recolocó el cinto y se encasquetó bien la gorra.

El joven traidor, que había conseguido ponerse en pie, se encontraba temblando junto a la furgoneta, con los brazos, débiles, pegados al pecho.

«Juzgar es obligación de los justos —se dijo el soldado—.

No cabe la compasión, solo la rabia por el abandono del honor».

Al recordar aquellas palabras que conocía tan bien, sintió que brotaba en él una rabia incontenible. Se le tensaron los hombros y no pudo reprimir el gruñido animal que escapó de sus labios mientras se disponía a iniciar su misión.

—Luz verde, soldado —dijo—. ¡Muévete!