Capítulo cincuenta y cuatro — Lo suficiente para volver
CAPÍTULO CINCUENTA Y CUATRO
LO SUFICIENTE PARA VOLVER
E n agosto sacamos del gabinete la hoja donde habíamos prometido volver a hablar sobre hijos. La puse sobre la mesa de la cocina.
—No quiero intentarlo ahora —dije.
Nicolás asintió, pero no escondió el golpe.
—Yo tampoco quiero ahora. No sé qué querré después.
—Yo tampoco.
Acordamos seguimiento médico sin urgencia y otra conversación en seis meses. No era un nunca ni una promesa aplazada, sino información sin mandato.
A mediados de mes viajamos a Houston con Bruno y Mara. El cuadro de Tomás estaba en una sala de estudio, fuera de mi casa y todavía sin exhibir. La ficha lo situaba junto a Elena, la Fundación y mi trabajo sin convertir mi viudez en argumento de venta.
Bruno leyó cada línea. Mara corrigió dos fechas. Nicolás se quedó frente a la obra y dijo:
—Aquí parece menos solo.
Yo no sentí que Tomás hubiera dejado de pertenecerme ni que alguna vez me hubiera pertenecido por completo. Sentí que ya no debía custodiarlo sola.
De vuelta en Asheville, guardé la carpeta médica en el cajón de mi mesa. El manuscrito seguía creciendo. Houston había comprado tiempo; yo tendría que decidir cómo usarlo.
Esa noche Nicolás preguntó qué forma tenía nuestra vida.
—Una mesa, varias ciudades, un perro ridículo y preguntas que no necesitan respuesta hoy.
—¿Por ahora?
—Por ahora.
La expresión ya no sonó pobre; sonó exacta.