Nunca de nadie Capítulo cuarenta y uno — La casa menos solemne
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Capítulo cuarenta y uno — La casa menos solemne

CAPÍTULO CUARENTA Y UNO

LA CASA MENOS SOLEMNE

F ebrero me encontró otra vez en Madrid. La sala de Elena seguía abierta, la Fundación Vidal mantenía un silencio calculado y Paula traía fechas, nombres y correcciones que obligaban a mover cartelas. El proyecto había dejado de ser una reparación abstracta: era trabajo, método y conflicto.

Nicolás me envió una fotografía del perro en la nevera y una frase: La casa está menos solemne. Una semana después viajé a Asheville.

En el estudio pequeño había piezas nuevas: marcos abiertos, madera clara, hilos, vidrio. Ninguna copiaba los dibujos ni mostraba a Lucía. En la pared, junto a la ventana, Nicolás había pegado una nota mía: No dejes que la obra se coma al niño completo.

—Todavía no sé si sirven —dijo.

—No tienen que servir todavía.

Amalia llegó al día siguiente con comida y una carpeta de fotografías familiares. La conversación fue torpe, pero no hostil. Habló de Madrid; Nicolás preguntó por las cartas de su padre; ella admitió que estaba revisándolas con una archivista.

Después de comer sacó una foto de Nicolás y Lucía en el suelo, los dos con pintura en las manos; no era una imagen trágica; estaban riendo.

—Quiero que la tengas —dijo.

Nicolás eligió un marco barato y la puso en el pasillo, no en el estudio. Amalia criticó el marco. Él se rió. El desacuerdo duró menos de un minuto y, precisamente por eso, pareció más cercano a una familia que cualquier gesto solemne.

Antes de irse, Amalia se quedó en el porche mirando la montaña.

—No sé cómo bajar a Lucía de una estatua sin sentir que la rompo.

—Devuélvele cosas que no sean la muerte —dije—. Una risa. Un dibujo malo. Una discusión. El derecho a no explicar a nadie.

No supe si la respuesta era suficiente; Amalia tampoco; pero se fue sin pedirnos que la absolviéramos.

Esa noche Nicolás y yo dormimos en la habitación de cortinas nuevas. La fotografía estaba en el pasillo y el perro seguía en la cocina. Lucía no había desaparecido; había dejado de ocupar todos los espacios con la misma forma.

Cuando el avión despegó hacia Madrid, entendí que una estatua no se destruye al devolverle contexto. Se vuelve alguien junto a quien los vivos pueden permanecer sin arrodillarse.