Nunca de nadie Capítulo treinta y cuatro — No acceso #3
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Capítulo treinta y cuatro — No acceso #3

Lo vi salir con su maleta, más delgado quizá, cansado, con un abrigo negro y esa cara de intentar no mirar demasiado alrededor hasta encontrarme. Cuando me vio, dejó de buscar. Eso me atravesó con una fuerza casi simple.

Nos abrazamos sin hablar.

No fue una escena de rescate, sino un cuerpo que volvía a otro cuerpo después de haber aprendido a no comprar boletos por miedo.

—Llegaste —dije.

—Con boleto autorizado por calendario, no ansiedad.

—Mara estaría orgullosa.

—Le envié captura.

—Ridículo.

—Útil.

Nos besamos.

Madrid siguió moviéndose alrededor, indiferente, generosa.

En el taxi hacia el apartamento, Nicolás miró por la ventana como si la ciudad fuera una sala que no quería tocar mal.

—¿Dónde está la caja? —preguntó de pronto.

No necesitó decir cuál.

—En la institución. Cerrada para mí.

—¿Y tú?

—Abierta a ratos. Cerrada a ratos.

Tomó mi mano.

—Bien.

—¿Tienes miedo de Tomás en Madrid?

—Sí.

—¿Más que de Julián?

Sonrió apenas, pero no esquivó.

—De maneras distintas.

—Eso fue honesto.

—Estoy agotado de ser honesto.

—Yo también.

—Podemos ser vulgares esta noche.

—Por favor.

Compramos comida mala, la llevamos al apartamento y comimos en el suelo porque la mesa estaba cubierta de papeles del proyecto. Cuando Nicolás vio su camisa en el cajón mientras guardaba la ropa, se limitó a colocar una camiseta suya al lado.

—Eso sí parece expansión territorial —dije desde la puerta.

—Temporal, revocable, sin derecho adquirido.

—Has leído demasiados contratos.

—Estoy aprendiendo el lenguaje del amor contemporáneo.

Me reí.

Esa noche no hablamos de cajas, Tomás, Julián ni calendarios. Comimos las papas fritas frías sentados en el suelo y discutimos sobre la ventana hasta que Nicolás se puso de pie, me quitó el plato de las manos y dijo que olía a aeropuerto.

—Eso es un insulto innecesario.

—La ducha es pequeña. Tendrás que supervisar.

Entramos juntos y comprobamos que era todavía más estrecha de lo que parecía.

El agua tardó en calentarse. Nicolás retrocedió contra los azulejos cuando el primer chorro salió helado y yo me reí con tanta fuerza que él me atrajo bajo el agua como castigo.

La camiseta se pegó a mi cuerpo antes de que lograra quitármela; sus manos la subieron despacio, arrastrando la tela mojada por mi vientre y mis pechos.

—Vulgar —dije.

—Esa era la instrucción.

Lo besé; el agua caliente borró el cansancio del viaje y dejó en su lugar algo más directo.

Nicolás me sostuvo por la espalda, pero fui yo quien lo hizo girar hasta pegarlo a la pared.

Le besé el cuello, el pecho, la línea húmeda que descendía por su abdomen.

Cuando me arrodillé, su mano se cerró en mi cabello sin empujar.

—Clara.

Levanté la mirada.

—No preguntes por Julián ahora.

—No iba a hacerlo.

—Bien.

Lo tomé en la boca. Nicolás apoyó la cabeza contra los azulejos y dejó escapar un sonido que el agua no consiguió ocultar.

Me gustó tenerlo así, sin discursos, sin la corrección cuidadosa que tantas veces convertía cada gesto en una negociación verbal.

Su mano siguió en mi cabello, abierta, mientras yo decidía la profundidad y el ritmo hasta sentir cómo todo su cuerpo se tensaba.

Antes de que terminara, me levantó. Me besó con hambre, me hizo volver contra la pared y deslizó una mano entre mis piernas.

El azulejo estaba frío en mi espalda; su boca, caliente en la mía.

Me tocó sin prisa, contradiciendo la urgencia con que respiraba, y yo le mordí el labio cuando sus dedos encontraron el movimiento que me hacía perder fuerza en las rodillas.

—No te detengas.

No lo hizo; me sostuvo con el otro brazo y siguió hasta que el orgasmo me dobló contra él. El agua cayó sobre los dos mientras recuperábamos aire, apretados en aquella ducha absurda, demasiado pequeña para permitir distancia o solemnidad.

—Todavía hueles un poco a aeropuerto —dije.

Nicolás se echó a reír.

La discusión sobre la ventana regresó en la cama. Duró menos de un minuto. Dormimos desnudos, profundamente, con Madrid entrando por la abertura mínima que yo gané.

A la mañana siguiente, llevé a Nicolás a la institución.

Inés lo saludó con afecto discreto. Marta lo miró como quien evalúa si un hombre entiende la diferencia entre consultar y hurgar.

Sami le ofreció café malo. Dos hombres que no tenían conflicto y, sin embargo, representaban posibilidades distintas de mi presencia en la ciudad: una elegida, otra apenas insinuada; una amada, otra prueba de que el mundo seguía abierto.

Nicolás se comportó bien; julián también; eso no eliminó la tensión; solo la volvió civilizada.

Más tarde, en la sala de consulta, Inés nos mostró una caja de postales ya catalogadas.

No la de Tomás. Otra. Nicolás y yo nos sentamos juntos a revisar imágenes de exilio, direcciones incompletas, saludos breves, sellos borrados.

En una postal, alguien había escrito: “No sé si volver es regresar o insistir.” La copié en mi cuaderno.

—Esa es buena —dijo Nicolás.

—No la robes.

—No.

—Puedes recordarla.

—Mejor.

Al salir, pasamos frente al depósito donde estaba la caja de Tomás, invisible detrás de una puerta cerrada con control de acceso, y me detuve un segundo.

Nicolás también.

—No tienes que demostrarme nada —dijo.

—No estoy demostrando.

—Bien.

—Estoy saludando una tentación sin obedecerla.

—Eso es muy específico.

—Estoy intentando ser exacta.

Seguimos caminando.

Esa noche, en el apartamento, Nicolás me preguntó:

—¿Crees que algún día la leerás?

—Tal vez.

—¿La nota con tu nombre?

—Tal vez. Con condiciones. Quizá cuando no quiera leerla para saber si Tomás me vio bien o mal. Quizá nunca.

—¿Y eso te basta?

Miré el cajón donde estaban nuestras ropas mezcladas de forma temporal, revocable, sin derecho adquirido. Miré la mesa con mis papeles; la ventana; Madrid.

—Hoy sí.

—No acceso hoy.

—No acceso hoy.

Nicolás me abrazó desde atrás. No como dueño, sino como alguien que entendía, por fin quizá, que acompañar a una persona no es entrar con ella en todas las habitaciones.

A veces una puerta cerrada no era amenaza ni censura ni misterio.

A veces era, simplemente, la forma que tomaba el cuidado mientras una aprendía a no confundirse con su hambre.