Nunca de nadie Capítulo treinta y cuatro — No acceso #2
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Capítulo treinta y cuatro — No acceso #2

—No “gente”. Julián. Porque si no lo nombro ahora, después el nombre se vuelve fantasma.

Es coordinador de programación. Me cae bien.

Me hizo reír. No pasó nada. No tiene que pasar nada para que tu miedo exista.

Pero tampoco quiero que la existencia de tu miedo convierta cada hombre cercano en interrogatorio.

Nicolás respiró al otro lado; lo escuché; esa respiración era trabajo.

—Gracias por nombrarlo —dijo.

—No lo hice para pedir permiso.

—Lo sé.

—Ni para provocarte.

—Lo sé.

—¿Lo sabes o estás practicando?

—Ambas.

Me apoyé contra la pared del patio. Una maceta con una planta triste estaba a mi lado.

—Nicolás, yo también tuve miedo anoche.

—¿De qué?

—De que Madrid te pareciera una traición en cuanto empezara a ser real. De que yo empezara a editar mi vida aquí para no despertar tu ansiedad. De que el amor se volviera otra forma de reporte.

—No quiero eso.

—Lo sé. Pero no basta con no querer.

—No.

—Tenemos que poder decir: hoy voy a cenar, hoy me reí con alguien, hoy no pensé en ti durante dos horas y eso no significa que te amo menos.

Se quedó callado.

—Eso me duele —dijo al fin.

—A mí también me dolería oírlo.

—Pero es cierto.

—Sí.

—Y quizá también es sano.

—Odio cuando lo sano duele como amenaza.

—Yo también.

Hubo un silencio largo; no castigador; difícil.

—No voy a comprar un boleto por ansiedad —dijo.

Sonreí, sin querer.

—Gracias.

—Mara estaría orgullosa.

—No usemos a Mara como santa patrona de la regulación emocional.

—Imposible no hacerlo.

—Cierto.

—¿Puedo decir algo feo? —preguntó.

—Sí.

—Una parte de mí quiere que Madrid te guste menos.

La honestidad fue tan cruda que me calmó.

—Gracias.

—¿No te enoja?

—Un poco. Pero prefiero oír eso a verte disfrazarlo de preocupación por mi cansancio.

—Madrid te queda muy bien —dijo, con tristeza.

—Sí.

—Y yo quiero aprender a que eso no sea una pérdida.

—Yo quiero aprender a que alguien me ame sin tener que encoger la ciudad para hacerlo sentir seguro.

—Estamos en eso.

—Estamos en eso.

Cuando colgué, no todo estaba resuelto. Pero algo se había sostenido. La primera grieta no se había convertido en derrumbe. Eso me pareció más importante que una semana perfecta.

Esa tarde, Inés me llamó a su oficina.

Sobre su escritorio había una caja gris con una etiqueta antigua. Mi nombre aparecía en una nota adhesiva encima.

—Antes de que lo veas por accidente en el inventario general, prefiero decírtelo —dijo.

Sentí una tensión inmediata.

—¿Qué es?

—Una donación reciente de la familia Alcázar. Correspondencia de exilio, sobre todo años ochenta y noventa. Entre los materiales hay cartas de varios artistas latinoamericanos. Una carpeta incluye correspondencia con Tomás Vidal.

No me moví.

Inés continuó:

—No es central para el proyecto. Pero toca el tema de archivo migrante y circulación artística. También puede tocarte a ti. No sé cuánto. No abrí más de lo necesario para identificar remitente y fechas.

Miré la caja.

Tomás, otra vez, apareciendo no como fantasma sino como documento. Ya no bajo mi cama, ni en la galería, ni en la boca de Valeria. En un archivo real, bajo custodia real, dentro de una investigación que yo misma había aceptado dirigir.

—¿A quién escribía? —pregunté.

—A Elena Alcázar. Poeta venezolana exiliada en Madrid. Murió en 2011. Su sobrina donó los papeles. Las cartas de Tomás son de antes de conocerte, salvo dos que podrían ser posteriores. No lo sé con seguridad.

Antes de conocerte; salvo dos.

Ahí estaba la tentación, fría y perfecta.

—¿Por qué me lo dices antes de catalogar? —pregunté.

—Porque hay conflicto de interés. Y porque tú redactaste una política de No acceso. Pensé que quizá querías usarla contigo también.

La frase no fue cruel; fue justa.

Me senté.

La caja estaba cerrada; gris; sin aura; una caja más; una parte de mí quiso abrirla de inmediato; otra quiso sacarla del proyecto; otra quiso decir que no me importaba; todas eran formas de no pensar.

—No debo catalogarla yo —dije.

—Estoy de acuerdo.

—Tampoco quiero que se cierre automáticamente por mi relación con Tomás. Eso sería convertir mi incomodidad en censura.

—También estoy de acuerdo.

—Necesitamos evaluación externa. Marta o Sami pueden hacer una descripción inicial sin reproducir contenido íntimo. Si hay menciones a personas vivas, se restringen. Si hay algo relacionado conmigo, no se incorpora al proyecto sin que yo lo sepa, pero tampoco lo leo como primera revisora.

Inés asintió.

—Eso me parece correcto.

Me quedé mirando la caja.

—¿Puedo no verla hoy?

—Por supuesto.

—Y quiero que en el registro aparezca la razón: conflicto de interés de la curadora principal por relación personal y conyugal previa con el remitente. Evaluación delegada.

Inés tomó nota.

—Así será.

Me levanté.

No toqué la caja.

Al salir de su oficina, sentí una mezcla de orgullo y pérdida. Orgullo por no haber abierto. Pérdida porque una parte infantil de mí todavía creía que todo lo relacionado con Tomás me debía acceso. Qué difícil era descubrir que el derecho a no tocar también podía aplicarse contra el propio deseo.

Esa noche llamé a Nicolás.

Le conté lo de la caja.

No de inmediato; primero hablamos de la cena, de la llamada, de su estudio, de una pieza que se había roto. Luego dije:

—Hoy apareció Tomás en una caja.

Nicolás se quedó en silencio, no por celos, sino por atención.

—¿Qué caja?

Le expliqué.

Cuando terminé, dijo:

—¿La abriste?

—No.

—¿Querías?

—Sí.

—¿Mucho?

—Sí.

—¿Y?

—La delegué. No acceso temporal para mí por conflicto de interés.

Nicolás respiró hondo.

—Eso es enorme.

—Se sintió horrible.

—Claro.

—Una parte de mí está furiosa. Como si hubiera perdido un derecho.

—Quizá perdiste un privilegio que parecía derecho.

La frase me molestó.

—Eso fue demasiado bueno para alguien que anoche dijo “haz lo que quieras”.

—Estoy compensando.

—No funciona así.

—Lo sé.

Pero me hizo sonreír.

—¿Te duele que haya cartas de Tomás a otra mujer? —preguntó.

—No lo sé. Tal vez. Tal vez no. Me duele más no saber si debo querer leerlas.

—No tienes que saberlo hoy.

—No acceso.

—No acceso.

La frase, dicha por él, sonó como una mano abierta.

En los días siguientes, la caja de Tomás y Elena Alcázar se volvió una presencia discreta en la institución.

Marta hizo la revisión inicial y me comunicó categorías, no contenidos: cartas profesionales, discusión de exposiciones, comentarios sobre Venezuela, pintura, precariedad, una invitación a colaborar, dos cartas personales con restricción temporal y una nota sin fecha donde aparecía mi nombre, dato que me informó con una seriedad impecable.

—No la leí completa —dijo—. Vi tu nombre al verificar fecha y la cerré. Se marca como restringida para revisión ética.

—Gracias.

Sentí frío.

Mi nombre en una carta de Tomás a otra mujer. La tentación volvió con más fuerza. No leer lo que una imagina sobre una misma es más difícil que no leer lo que pertenece solo a otros. No igual a Valeria, pero sí lo bastante parecido como para obligarme a detenerme.

Esa noche no llamé a Nicolás. Le escribí:

“Hoy apareció mi nombre en la caja. No leí. Estoy malhumorada.”

Él respondió:

“¿Quieres hablar o quieres estar malhumorada sin audiencia?”

Pensé.

“Sin audiencia.”

“Estoy cerca sin mirar.”

Esa frase me acompañó toda la noche.

El proyecto empezó entonces de verdad. No cuando firmé el contrato, ni cuando organicé la primera reunión, sino cuando el límite dejó de ser una teoría que aplicábamos a donantes desconocidos y se volvió una puerta frente a mi propia curiosidad.

Durante semanas, trabajamos con otras cajas, otros nombres, otros exilios. O al menos más honesta.

Julián me invitó a cenar otra vez, esta vez solo nosotros, para hablar de una posible conversación pública con escritores.

Dijo “si te apetece, sin obligación”, y lo dijo de una forma que no era inocente del todo.

Lo noté. Me halagó. Me incomodó. No porque quisiera traicionar a Nicolás, sino porque el deseo ajeno, incluso cuando una no lo desea de vuelta, recuerda que el mundo no se organiza alrededor de nuestras decisiones amorosas.

Le dije que prefería comer al mediodía en la institución y hablar del programa allí.

—Claro —dijo él, sin insistir.

Agradecí eso.

Esa noche se lo conté a Nicolás.

—No tenía que decírtelo —aclaré.

—Lo sé.

—Te lo digo porque prefiero que los nombres no se vuelvan fantasmas.

—Gracias.

—Me invitó con una intención ambigua. Dije que no.

Silencio.

—Estoy celoso —dijo.

—Lo imaginé.

—También agradecido de que me lo digas sin pedir absolución.

—No hice nada malo.

—Lo sé.

—Ni tú tienes que castigarme porque alguien me mire.

—Lo sé.

—¿Lo estás sabiendo o practicando?

—Practicando con algo de éxito.

Sonreí.

—Bien.

—¿Te gusta?

La pregunta llegó baja, difícil.

—Me cae bien.

—No pregunté eso.

Miré por la ventana. Madrid estaba oscura y viva.

—Me gusta sentir que puedo gustar sin que eso destruya nada —dije.

Nicolás no respondió enseguida. La honestidad había vuelto a abrir un borde.

—Eso me duele —dijo.

—Lo sé.

—Pero también lo entiendo.

—Gracias.

—¿Lo deseas?

—No.

—Gracias por no suavizarlo con teoría.

—De nada.

La conversación nos dejó cansados, pero no rotos. Pensé que quizá esa era otra forma de fidelidad: no fingir que el mundo se había vuelto ciego porque una amaba a alguien.

Octubre pasó. Nicolás fue a Nueva York, desarmó la retrospectiva con menos desastre del esperado y no compró boleto a Madrid por ansiedad.

Yo trabajé, caminé, aprendí a vivir con la caja restringida de Tomás sin rondarla como animal hambriento, escribí el primer borrador del programa público y envié a Bruno fotos de carteles horribles que encontraba en la calle.

Mara me mandaba mensajes de voz corrigiendo cláusulas y, de vez en cuando, preguntando “¿sigues viva o ya te convertiste en concepto europeo?”.

Elaine escribió desde Chicago para decir que una estudiante había citado mi texto en una tesis y que, por desgracia, lo había entendido.

A principios de noviembre, Nicolás llegó.

Esta vez sí fui al aeropuerto.

Lo hice por deseo, no por necesidad.