Nunca de nadie Capítulo treinta y tres — El calendario de lo posible
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Capítulo treinta y tres — El calendario de lo posible

CAPÍTULO TREINTA Y TRES

EL CALENDARIO DE LO POSIBLE

A ceptar el nuevo proyecto de Madrid fue sencillo.

Organizarlo exigió contratos, vuelos y una política real sobre materiales privados.

Inés me envió un borrador. Mara encontró en la primera página una cláusula que permitía a la curadora facilitar acceso «cuando lo considerara pertinente» y la tachó.

—Si el límite depende solo de ti, no es política —dijo—. Es fe.

Reescribimos el protocolo: revisión externa, consentimiento documentado, acceso temporal y derecho a no mostrar. Madrid ya no sería una fuga ni una promesa romántica; sería trabajo.

Nicolás y yo abrimos calendarios durante una videollamada. Él tenía compromisos en Nueva York y Asheville; yo, Chicago, Madrid y posibles viajes a Miami. Ninguno propuso reducir el mundo del otro para que las fechas encajaran.

—No toda distancia es una pérdida —dije.

—No conviertas eso en excusa para no extrañarme.

—Te extraño.

—Mejor.

El avión salió tarde. Llevaba la carta de Tomás en el cuaderno y ninguna decisión sobre cuándo leerla. Al despegar, Chicago quedó debajo como una habitación encendida, no como una vida abandonada.