Capítulo treinta y dos — La última sala #2
Esa noche cenamos en un restaurante cercano.
Bruno pidió demasiado. Mara corrigió la cuenta antes de que llegara.
Elaine contó una historia inesperadamente divertida sobre una donante que había intentado regalar al museo una colección de abanicos con “energía emocional documentada”.
Nicolás habló poco, pero cuando lo hizo fue para contar que estaba intentando hacer una pieza que no pudiera fotografiarse bien.
Bruno le dijo que eso era un suicidio comercial.
Nicolás respondió que era una posibilidad formal.
Bruno dijo que esas eran las últimas palabras de muchos artistas pobres. Mara pidió postre.
Yo los miré con una gratitud que me dio pudor.
Era algo menos limpio, más elegido, más operativo y por eso quizá más confiable: personas que sabían dónde estaban ciertas cajas, qué cartas no debían leerse enteras, qué comida pedir cuando una no podía decidir, cuándo intervenir, cuándo callar, cuándo decir una verdad sin convertirla en sentencia.
Después de cenar, Nicolás y yo caminamos hasta mi apartamento; no hablamos de Madrid hasta llegar. Yo dejé las llaves en la mesa, me quité los zapatos y saqué del bolso las tarjetas que había decidido conservar. Las puse junto al cuaderno. Nicolás dejó su abrigo en una silla.
—La propuesta de Madrid —dijo al fin.
—Sí.
—¿Quieres aceptarla?
Me apoyé contra la mesa.
—Creo que sí.
La frase salió con menos miedo del esperado. Eso me asustó igual.
Nicolás asintió; se sentó; no para dramatizar, sino como si el cuerpo necesitara estar cerca del suelo.
—Entonces deberías aceptarla.
—No tan rápido.
—No lo digo rápido. Lo digo con dolor lento.
Me acerqué y me senté frente a él.
—Seis meses no necesariamente continuos.
—Lo sé.
—Podrías ir.
—Sí.
—Yo podría venir.
—Sí.
—Podríamos cansarnos.
—Sí.
—Podríamos descubrir que la distancia nos vuelve elegantes otra vez.
—Entonces tendremos que volvernos vulgares a propósito.
Sonreí, pero los ojos se me llenaron de lágrimas. La facilidad del humor no borraba lo que estaba en juego. Amar a alguien sin convertirlo en frontera era más difícil que cualquier discurso sobre libertad.
—Tengo miedo de elegir algo amplio y que parezca que te elijo menos —dije.
Nicolás se inclinó hacia mí.
—Yo tengo miedo de pedirte menos amplitud para sentirme elegido.
Nos miramos.
Allí estaba, sin adorno; la herida futura, formulada antes de convertirse en resentimiento. Quizá eso era lo más cerca que podíamos estar de una promesa adulta: decir el miedo cuando aún no había hecho daño.
—No quiero que seas mi casa única —dije.
—No quiero serlo.
—Mentira.
Sonrió con tristeza. —Una parte de mí quiere serlo. La parte mal educada.
—Yo también tengo una parte que quiere que tú seas mi casa única, para descansar de decidir.
—Esa parte me gusta y me asusta.
—A mí también.
Nicolás tomó mi mano.
—Entonces hagamos esto mal, pero con cuidado.
—¿Eso qué significa?
—Que aceptes Madrid. Que yo no finja que no me duele.
Que vaya cuando sea invitado y no cuando mi ansiedad compre boleto.
Que tú vuelvas cuando quieras y no cuando la culpa te llame.
Que tengamos calendarios, que probablemente fallemos, que discutamos, que no usemos cada discusión como prueba de incompatibilidad.
Que dejemos ropa en lugares sin exigir mudanza.
Que si un día queremos otra cosa, lo digamos antes de convertirla en castigo.
—Eso fue casi un contrato.
—Mara estaría orgullosa.
—Bruno pediría mejor redacción.
—Elaine quitaría dos adjetivos.
Reí llorando un poco. Nicolás me soltó la mano solo para tocarme la cara.
—Te amo —dijo.
La frase ya no era nueva, pero seguía abriendo espacio.
—Te amo —respondí.
No resolvimos Madrid esa noche, pero supe que iba a aceptar.
A la mañana siguiente, mientras Nicolás dormía todavía, abrí la caja de Tomás. Saqué la carta de Madrid. La leí una vez más, completa.
No lloré. Sentí una ternura difícil, no por el hombre que me había limitado, ni por el que me había amado mal, ni por el muerto que otros intentaron usar, sino por esa claridad suya, parcial e insuficiente, que había logrado ver una puerta sin saber cómo acompañarme a cruzarla.
Doblé la carta.
Por primera vez pensé en sacarla de la caja.
No la guardé para archivarla, destruirla o exhibirla; la puse dentro de mi cuaderno de Madrid, entre las páginas donde había escrito que no vine a corregir la memoria de Tomás.
Allí se sintió menos como reliquia y más como correspondencia con una versión de mí que ya no necesitaba pedirle nada al pasado.
Nicolás apareció en la puerta, despeinado, medio dormido.
—¿Estás bien?
—Sí.
Miró la carta en mi mano, pero no preguntó.
—Voy a aceptar Madrid —dije.
Su rostro cambió; dolor, amor, miedo, orgullo; todo en silencio; luego asintió.
—Bien.
—¿Solo bien?
—Estoy buscando algo mejor que no sea posesivo.
—Tómate tu tiempo.
Se acercó; me besó la frente.
—Qué bien te queda el mundo —dijo.
La frase volvió, pero en la habitación sonó distinta; no como despedida, sino como reconocimiento.
Esa tarde escribí a Inés:
“Me interesa la propuesta. Hablemos de condiciones, calendario y límites de acceso. Quiero que el proyecto incluya una política clara sobre materiales privados y derecho a no mostrar.”
Su respuesta llegó una hora después:
“Eso esperaba.”
Sonreí.
Luego abrí el documento de la publicación de Chicago y revisé por última vez mi ensayo. El final seguía allí.
Lo leí varias veces.
Después cerré el archivo.
No todo estaba resuelto; Valeria y Andrés seguían existiendo en documentos legales, aunque ya no en mi mesa.
Amalia y Nicolás seguían aprendiendo una lengua mínima para hablar de Lucía sin usarla.
Mara seguía organizando el mundo para que nadie confundiera caos con profundidad.
Madrid se abría; Chicago cerraba; Miami esperaba sin exigir.
Asheville contenía una camiseta, un libro y cajas con fechas.
La última sala estaba vacía.
Pero, por primera vez, el vacío no parecía una pérdida.
Parecía espacio.