Capítulo veinticinco — El lector valiente
CAPÍTULO VEINTICINCO
EL LECTOR VALIENTE
A la mañana siguiente, Elaine me envió un enlace antes de que yo saliera hacia el museo.
Andrés Roldán había publicado un ensayo donde llamaba censura a los límites, investigadora a Valeria y «muerto útil» a Tomás.
A Lucía la reducía a una niña ausente que solo podía ser nombrada por quienes poseían su apellido.
Nicolás leyó esa frase y se levantó de la mesa.
—No respondas —dije.
—No iba a responder.
—Ibas a destruir algo.
—Todavía lo estoy considerando.
Mara entró en la llamada con una instrucción simple: el texto se agregaba al expediente, el museo reforzaba seguridad y nadie le regalaba a Andrés una escena pública.
Fui a trabajar. No por valentía, sino porque cancelar mi reunión habría convertido su texto en una orden. Elaine me hizo entrar por una puerta interna y confirmó que todas las credenciales de la empresa de digitalización estaban bloqueadas.
Andrés apareció poco después del mediodía. Llevaba abrigo verde, lentes y la serenidad de un hombre acostumbrado a llamar pensamiento a su derecho de entrar. Se sentó en una sala, tomó notas y esperó que yo lo viera.
Avisé a Elaine. Dos guardias se acercaron.
—Solo vine a leer —dijo Andrés cuando le pidieron acompañarlos.
—Usó una credencial falsa —respondió Elaine.
Andrés me miró antes de irse.
—Usted no sabe lo que Tomás quería que se leyera.
—Y usted tampoco.
La policía encontró en su mochila copias de su ensayo, tarjetas del museo y notas sobre mí, Nicolás, Amalia y Lucía. En el teléfono había mensajes eliminados con Valeria. No era todavía una prueba definitiva, pero sí la conexión que su defensa había negado.
Cuando salimos de la oficina, las manos todavía me temblaban. Nicolás quiso acompañarme a casa.
—Primero quiero volver a Miami —dije—. Quiero ver la galería sin que Valeria dirija la escena.
Esa noche guardé la carta de Tomás sin abrirla. Andrés había querido usar la voz de un muerto para obligarme a entregar la mía; no iba a conseguirlo.