Capítulo veinticuatro — La declaración #3
Esa tarde, la policía recibió el nuevo material.
La abogada actualizó la estrategia. Bruno llamó para decir que la declaración había sido sólida y que mi frase sobre la curiosidad no legítima era “casi demasiado buena para un procedimiento legal”, lo cual, viniendo de él, era elogio y advertencia.
Mara informó que Andrés seguía sin aparecer en su dirección y que la empresa de digitalización negaba haberlo contratado directamente.
Valeria, a través de su abogado, negaba cualquier relación con “supuestos terceros no identificados”.
Todo avanzaba, como avanzan estas cosas: lento, sucio, frustrante, lleno de zonas donde la verdad moral y la prueba legal no siempre caminaban juntas.
Pero algo había cambiado.
La versión de Valeria ya no parecía tan limpia.
Tenía cómplices; O ecos; O discípulos.
Y eso, aunque abría otra amenaza, también rompía su mito de autora solitaria. Era una red de personas pequeñas convencidas de que la sensibilidad ajena era un territorio donde podían entrar si llevaban la credencial adecuada.
Al volver al apartamento, Nicolás y yo caminamos desde la esquina porque necesitaba aire. Hacía frío, pero no demasiado, y no porque el peligro hubiera desaparecido, sino porque empezaba a entender su tamaño: era real, aunque no infinito.
—Hoy no quiero hablar más de Andrés —dije.
—Bien.
—Ni de Valeria.
—Bien.
—Ni de puertas.
—Haré lo posible.
Entramos al apartamento y no encontramos sobres ni mensajes, mientras la caja pequeña seguía en el armario, la foto de Tomás en la repisa, la comida en la cocina y las luces apagadas: mi casa permanecía imperfectamente segura.
—Quiero una ducha —dije.
—¿Quieres que pida comida?
—Sí.
—¿Algo específico?
—Algo vulgar.
Nicolás sonrió. —Amalia estaría horrorizada.
—Exactamente.
Pedimos hamburguesas, papas, agua con gas.
Comimos en el sofá, sin platos decentes, viendo una película mala que ninguno siguió del todo.
La vulgaridad, como había dicho en Atlanta, salvaba; comer algo sin significado salvaba; reírse de una escena pésima salvaba.
Que Nicolás se manchara la camisa con salsa y pareciera ofendido por la traición del universo salvaba más de lo que yo habría admitido en voz alta.
Después de cenar, mientras recogíamos las bolsas, me detuve frente a él.
—Hoy sí quiero que te quedes en la cama —dije.
Nicolás dejó de moverse.
—¿Como anoche?
—No como anoche.
El silencio cambió y se volvió atento en lugar de urgente.
—Clara —dijo, muy bajo.
—No estoy intentando demostrar que estoy bien.
—Necesito que eso sea verdad.
—Lo es.
—¿Y tu cuerpo?
—Mi cuerpo quiere ir despacio. Pero quiere.
La frase me sonrojó un poco, no por pudor sino por la vulnerabilidad de decir deseo después de semanas de dolor, vigilancia y cifras.
Nicolás se acercó, despacio.
—Entonces vamos despacio.
Fuimos al dormitorio sin prisa. Nicolás se detuvo junto a la cama y esperó a que yo decidiera la distancia. Me acerqué, tomé su mano y la puse en mi cintura.
—Aquí sí —dije.
Me besó despacio. El cuidado no era tibieza; debajo estaba el mismo deseo de la biblioteca y del hotel, pero ya no necesitaba imponerse para demostrar que seguía vivo. Le quité la camisa y recorrí con la boca el lugar donde su pulso golpeaba bajo la piel. Nicolás me sostuvo la cara entre las manos.
—¿Cómo estás?
—Aquí.
—No es una respuesta médica.
—Por eso te la doy.
Nos desvestimos por partes, deteniéndonos cada vez que mi cuerpo dudaba. Al quedar desnuda sentí un impulso de cubrirme el vientre. Nicolás vio el gesto y no intentó apartarme la mano. Besó mis dedos; esperó.
—No quiero que lo mires como si estuviera roto —dije.
—Te estoy mirando a ti.
Moví la mano. Él besó mi vientre sin convertirlo en altar ni herida y luego subió por mi cuerpo con una lentitud que me hizo arquear la espalda. Yo lo guié, a veces con palabras, a veces empujando su hombro, a veces deteniéndolo para respirar, porque no existía una ruta correcta, sino atención.
Cuando su mano llegó entre mis piernas, el placer apareció mezclado con una punzada de miedo; me tensé; Nicolás se detuvo de inmediato.
—No te vayas —dije.
—No me voy.
—Solo más despacio.
Volvió a tocarme. Esta vez sostuve su mirada mientras mi cuerpo recordaba que podía abrirse sin estar declarando nada.
El placer llegó de manera lenta, casi incrédula, y cuando por fin me atravesó, lloré con una mezcla inseparable de tristeza y alivio.
Nicolás no preguntó cuál de las dos cosas era; me sostuvo hasta que pude besarlo otra vez.
Hicimos el amor con cuidado, pero sin miedo a la intensidad.
Marqué el ritmo al principio; después dejé que Nicolás lo tomara cuando se lo pedí.
Cada vez que mi respiración cambiaba, él me miraba; cuando la suya se rompía, yo lo acercaba.
No estábamos recuperando un cuerpo anterior, sino aprendiendo a habitar este.
Más tarde quedamos de lado, todavía unidos por las piernas, su mano abierta sobre mi cadera. No había demostrado que estuviera bien; solo había sentido placer, que era otra cosa y bastaba.
Más tarde, cuando la ciudad estaba callada y su respiración se mezclaba con la mía, pensé en la tarjeta de Andrés: los archivos no pertenecen a quienes sobreviven.
Qué equivocado estaba.
Nada pertenece más profundamente a una sobreviviente que la decisión de qué hacer con lo que queda.
A veces se entrega.
A veces se guarda.
A veces se destruye.
A veces se toca con amor, en silencio, sin testigos.
A veces no se nombra todavía.
Y a veces, simplemente, se apaga la luz y se deja que el cuerpo, por fin, no declare.