Nunca de nadie Capítulo doce — La inauguración
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Capítulo doce — La inauguración

CAPÍTULO DOCE

LA INAUGURACIÓN

L a mañana de la inauguración amaneció con un sol indecente, un sol demasiado limpio para una ciudad que llevaba días acumulando secretos, amenazas, correos falsos, fotografías robadas y decisiones tomadas con el cansancio de quienes ya no distinguen del todo entre valentía y terquedad, y cuando abrí los ojos en el sofá de la oficina de Bruno, donde había dormido apenas dos horas con una manta áspera sobre las piernas y el ruido lejano del equipo entrando a la galería antes de que abrieran las puertas, tuve la sensación de estar despertando dentro de una obra que aún no había terminado de montarse.

No había dormido allí conmigo, aunque durante un rato, después de que Mara nos dejara con la noticia de Valeria y después de que termináramos de revisar el discurso que yo iba a decir, se había quedado sentado en el suelo, junto al sofá, con la espalda apoyada en la pared y una mano cerca de la mía, tan cerca que yo podía tocarlo si despertaba sobresaltada, tan lejos que nadie habría podido decir que estaba invadiendo mi descanso.

Esa distancia medida, esa forma suya de quedarse sin ocupar por completo el espacio, se había convertido en una especie de lenguaje entre nosotros, más extraño y más íntimo que cualquier promesa.

Me incorporé despacio. La oficina olía a café viejo, papel, tela húmeda y pintura fresca, y a través de las persianas parcialmente cerradas vi la sala principal de la galería en una actividad contenida, casi quirúrgica: técnicos ajustando proyectores, asistentes pegando las últimas etiquetas, guardias revisando credenciales, Laura hablando con el equipo de recepción, Bruno de pie frente a una pared con el teléfono en una mano y una carpeta en la otra, vestido de negro, impecable, furioso, completamente en su elemento.

Nicolás estaba en la antesala de la puerta cerrada, solo, con las manos en los bolsillos, mirando el rectángulo de luz proyectado sobre el suelo donde no habría silla.

Me quedé observándolo antes de salir. Había algo en su postura que ya no pertenecía al hombre de Miami ni al hombre de Asheville, sino a una tercera versión que quizá estaba naciendo con dificultad: un artista que aceptaba no controlar del todo la recepción de su obra, un hombre que había permitido que una ausencia permaneciera ausencia, alguien que no había convertido a Lucía en pieza central aunque el dolor se lo pidiera con la voz de siempre.

Por un momento quise acercarme a él antes de que todos los demás entraran, apoyarle una mano en la espalda, decirle que la exposición funcionaba, que la puerta cerrada era más fuerte que cualquier revelación, que la silla ausente hablaba mejor que la silla exhibida, pero me detuve porque entendí que esa era precisamente la clase de frase que él no necesitaba esa mañana.

Nicolás no necesitaba que yo interpretara su herida. Necesitaba que la dejara estar.

Me lavé la cara en el baño privado de Bruno, me recogí el cabello, me maquillé con una sobriedad que no ocultaba el cansancio y me puse el vestido que había llevado en una bolsa desde Asheville, un vestido negro, sencillo, de líneas limpias, menos cerrado que los que habría usado cuando todavía confundía la severidad con la fidelidad.

Cuando salí, Bruno estaba esperándome junto a la puerta de su oficina con un café en la mano.

—Toma —dijo—. Tiene azúcar. No discutas. Pareces una estatua a la que le acaban de dar malas noticias por correo.

Acepté el café. —Tu capacidad para cuidar sin dejar de insultar debería tener una beca.

—Mi capacidad para cuidar te ha mantenido viva profesionalmente al menos tres veces.

—Dos.

—No seas ingrata.

Nos quedamos unos segundos en silencio, mirando la sala.

Bruno ya había leído el discurso. Lo había corregido con brutalidad, había quitado tres frases que, según él, “sonaban a manifiesto de alguien que no había desayunado”, y luego lo había aprobado con un gesto seco que en su idioma significaba emoción.

No me había preguntado por la noche con Nicolás.

No me había preguntado por el video completo de Tomás más allá de lo necesario.

No me había preguntado si estaba enamorada, y yo se lo agradecía tanto que casi podía perdonarle haberme empujado hacia este proyecto como quien empuja a alguien hacia una tormenta argumentando que el agua también limpia.

—¿Estás segura? —preguntó.

—No.

—Buena respuesta.

—Estoy segura de que voy a hablar.

—Eso es suficiente para empezar.

Bebí café. Estaba demasiado dulce. Me hizo bien. —¿Y tú?

—Yo estoy seguro de que si Valeria aparece, Mara la va a detectar antes que la policía porque tiene cara de haber memorizado incluso los lunares de la lista de invitados.

—¿La policía está afuera?

—Sí. Discreta, pero presente. Seguridad privada en entrada, pasillo lateral, baños, salida posterior y sala final. Nadie entra con bolso grande. Los teléfonos están permitidos, pero no en la sala de archivos cerrados ni frente a la puerta final. Esto va a molestar.

—Bien.

—Empiezas a parecerte a mí, y eso es una tragedia para tu vida afectiva.

Miré hacia Nicolás, que seguía en la antesala, hablando ahora con Mara. —Mi vida afectiva ya estaba bastante dañada antes de parecerme a ti.

Bruno siguió mi mirada. No dijo nada de inmediato. Luego, con una suavidad extraña en él, murmuró: —No dejes que él se convierta en otra forma de demostrar que ya no perteneces a Tomás.

Lo miré.

—No lo digo por él —añadió—. Lo digo por ti. A veces una libertad recién recuperada busca una bandera demasiado rápido.

La frase me dolió por ser inteligente y cierta como advertencia, aunque no necesariamente como diagnóstico.

—No es una bandera —dije.

—¿Qué es?

Miré a Nicolás otra vez, esta vez sin vergüenza. —Una elección que todavía no sé sostener.

Bruno me observó con una mezcla de cansancio y ternura que se escondió casi de inmediato detrás de su ironía. —Eso suena peligrosamente sano. Me incomoda.

—A mí también.

—Entonces quizá sirve.

Antes de que pudiera responder, Mara apareció junto a nosotros con una tableta en la mano y la expresión de quien no tenía tiempo para vínculos humanos complejos.

—Faltan dos horas para abrir. Clara, necesitas comer algo.

Nicolás está revisando la sala final por tercera vez, lo cual no cambia nada salvo mi presión arterial.

Bruno, hay dos periodistas intentando confirmar si el discurso inicial será grabable.

Respuesta: sí, desde la zona marcada, sin preguntas hasta después.

Laura necesita aprobación para mover a tres invitados a lista de espera. Y alguien acaba de enviar flores.

—¿Flores? —preguntamos Bruno y yo al mismo tiempo.

Mara nos miró como si fuéramos niños lentos. —Sí. Flores. Esa cosa que la gente normal envía cuando no sabe qué decir o cuando quiere parecer inocente antes de arruinarte la vida.

El cuerpo se me tensó. —¿De quién?

—No hay tarjeta visible. Están en recepción, sin abrir del todo. Seguridad ya las revisa.

Caminamos los tres hacia la entrada. Nicolás se unió antes de que llegáramos, seguramente porque Mara le había enviado un mensaje o porque su sistema nervioso ya estaba conectado a cualquier cambio en el aire.

Las flores estaban sobre el mostrador de recepción: un arreglo enorme de lirios blancos, demasiado funerario para una inauguración, envuelto en papel negro.

No había explosivo, no había dispositivo, no había nada dentro salvo flores, agua, tallos cortados y una tarjeta pequeña metida entre las hojas.

Mara la tomó con una pinza.

La tarjeta decía:

QUE NADIE DIGA QUE NO LES TRAJE ALGO VIVO.

Nadie habló.

El olor de los lirios empezó a parecerme insoportable. Había tenido lirios en el velorio de Tomás. Blancos, impecables, cargados de esa elegancia hipócrita que pretende volver soportable la desaparición de un cuerpo.

—Sáquenlos —dije.

Bruno hizo un gesto al guardia.

—No —dijo Nicolás.

Lo miré.

—No aquí —aclaró—. No por la entrada. Si los sacamos ahora, todos los técnicos y asistentes los verán. Se volverá rumor antes de abrir. Llévenlos al cuarto de seguridad, fotografíenlos, guarden la tarjeta, avisen a la policía.

Mara asintió. —Correcto.

Me molestó que tuviera razón; asentí apenas. Los lirios desaparecieron por un pasillo lateral, sostenidos por un guardia con la incomodidad de quien carga algo demasiado bello y demasiado amenazante.

—Está cerca —dijo Bruno.

—O quiere que creamos eso —respondió Mara.

—En cualquier caso —añadió Nicolás—, ya empezó.

Sí; ya había empezado; la inauguración no abriría a las siete; había abierto con flores blancas y una tarjeta.

Durante las horas siguientes, la galería se volvió una máquina de tensión.

Cada sonido parecía significar algo. Cada mensajero era revisado.

Cada invitado confirmado dos veces. Cada miembro del equipo recibió instrucciones claras: no comentar incidentes, no improvisar declaraciones, no dejar pasar a nadie sin credencial, no tocar objetos no previstos en montaje, no mover flores, cajas, papeles, sillas ni ningún elemento que apareciera “por accidente”.

Esa última palabra, accidente, había perdido toda inocencia.

Mara hizo una revisión final de la lista de invitados y marcó en rojo posibles nombres asociados a Valeria, a la fundación falsa, al archivo de Tomás y a antiguos colaboradores de Nicolás.

La policía, discretamente, esperaba en una sala administrativa del edificio, con acceso a cámaras y comunicación directa con seguridad privada.

Yo repasé el discurso una sola vez más.

No era largo; tenía que decir la verdad suficiente, no toda. Tomás, Lucía, la foto, la biblioteca, la silla real o falsa, los documentos robados, todo eso existía. Pero no todo lo existente pertenecía al público.