Capítulo once — Miami sabe mirar #3
Me sentó sobre el escritorio. Aparté con el antebrazo una pila de pruebas de impresión y lo atraje entre mis piernas.
La prisa no nos volvió torpes, pero sí menos educados: su boca en mi pecho, mis uñas marcándole la espalda, la mano de Nicolás encontrando el ritmo exacto mientras afuera un carrito metálico cruzaba la sala y alguien probaba una luz.
Nos quedamos inmóviles al oír pasos en el pasillo. Yo seguía aferrada a él, con la falda levantada y el pulso golpeándome en la garganta. Los pasos pasaron de largo. Nicolás soltó una risa mínima contra mi cuello.
—Cinco minutos —dijo.
—Cállate.
Buscó un preservativo en la cartera. Esta vez no hubo conversación alrededor del gesto; ya conocíamos la pregunta y la respuesta seguía en mi manera de abrir más las piernas, de tomarlo por la cintura y traerlo hacia mí.
Cuando entró, tuve que apoyar una mano detrás para no perder el equilibrio.
La otra quedó en su nuca. El escritorio golpeó una vez contra la pared y después otra, más bajo, mientras él intentaba contener una fuerza que yo no quería contenida.
—Más —le pedí.
Nicolás obedeció sin mirarme con sorpresa, y esa falta de ceremonia me excitó todavía más.
Lo sentí perder el control por momentos y recuperarlo solo para prolongar el mío, hasta que el placer me atravesó con una violencia breve y tuve que cubrirme la boca con su hombro.
Él terminó poco después, temblando contra mí, con la frente hundida bajo mi mandíbula.
La galería siguió respirando detrás de la puerta: herramientas, voces, el zumbido del aire acondicionado. Nosotros permanecimos unidos unos segundos, todavía vestidos a medias, dentro de una oficina donde por fin no estábamos explicando nada.
Después, nos quedamos en silencio en el sofá de la oficina, con las persianas cerradas, la ropa recompuesta a medias, mi cabeza apoyada en su hombro y su mano sobre la mía, no como gesto posesivo sino como una forma de permanecer.
Había trabajo por terminar, una inauguración al día siguiente, una mujer desaparecida que podía estar preparando su última entrada y demasiadas verdades recién abiertas.
Pero también había esto: el cuerpo de Nicolás respirando junto al mío sin exigir una interpretación inmediata.
—No quiero que mañana te pongas delante de mí si algo pasa —dije.
—No prometo eso.
Me aparté para mirarlo. —Nicolás.
—No prometo algo que quizá no pueda cumplir.
—Entonces prométeme que no decidirás por mí.
—Eso sí.
—Aunque creas que me proteges.
—Aunque lo crea.
—Aunque tengas miedo.
Me miró de una forma que me hizo entender cuánto le costaba esa parte. —Aunque tenga miedo.
Asentí; volví a apoyar la cabeza en su hombro.
—Yo prometo no usar tu miedo como prueba de que quieres controlarme —dije.
—Eso es mucho prometer.
—Estoy siendo generosa.
—No te acostumbres.
Sonreí contra su camisa. Él besó mi cabello, apenas, y ese gesto pequeño, casi doméstico, me dio más miedo que cualquier escena de deseo.
Mara golpeó la puerta veinte minutos después.
—Espero que estén vestidos porque no tengo energía espiritual para procesar más intimidades mal programadas.
Me separé de Nicolás con una mezcla absurda de vergüenza y risa. Él cerró los ojos, resignado.
—Estamos vestidos —dijo.
Mara abrió apenas la puerta, lo suficiente para asomar la cabeza. Nos miró, evaluó el estado de la habitación, decidió no comentar lo que seguramente habría podido comentar durante media hora y dijo:
—Encontraron a Valeria.
Me levanté de inmediato.
—¿Dónde?
Mara entró, cerró la puerta y sostuvo el teléfono en alto.
En la pantalla había una imagen enviada por la policía: una cámara de seguridad de la galería, de esa misma tarde, cuando nosotros todavía estábamos en el aire.
Una mujer de cabello lacio, lentes redondos y vestido claro aparecía en la acera de enfrente, mirando hacia la fachada.
Solo una mujer quieta, casi ordinaria, observando el lugar donde todo iba a ocurrir.
—Estuvo aquí —dijo Mara.
—¿La detuvieron? —preguntó Nicolás.
—No. La imagen se revisó después. Pero hay más.
Pasó a la siguiente foto.
Valeria aparecía otra vez, esta vez entrando a un café cercano, acompañada por un hombre.
Bruno.
Sentí que el cuerpo me quedaba frío.
—No —dije.
—La imagen es de hace dos días —explicó Mara—. Antes de que Bruno recibiera el correo falso. Él dice que no la reconoció. Ella se presentó con otro nombre, como representante de una fundación interesada en la exposición. Se reunieron veinte minutos.
—Bruno no me dijo nada.
—Porque no sabía que importaba.
Miré la imagen: Bruno aparecía inclinado hacia la mesa, atento, profesional y quizá halagado por una posible alianza, mientras Valeria sonreía frente a él con el cabello detrás de las orejas, invisible y normal, aunque peligrosa precisamente porque podía parecer una mujer culta hablando de arte en un café de Miami.
—¿Qué le dijo? —preguntó Nicolás.
—La policía está con él ahora. Al parecer preguntó por la inauguración, por protocolos de prensa, por la presencia de Clara, por si Nicolás presentaría una pieza inédita. Bruno no dio información sensible, pero confirmó que ambos estarían aquí.
—Eso ya podía saberlo —dije.
—Sí —respondió Mara—. Pero necesitaba oírlo de alguien dentro.
Volví a mirar la foto. No como una sombra gótica en la montaña, sino como una profesional más en el circuito, una mujer con credenciales falsas y vocabulario suficiente para atravesar puertas sin forzarlas. Más terrible.
—¿Qué quiere hacer mañana? —preguntó Nicolás.
La pregunta no era logística; no del todo; me estaba preguntando si quería seguir.
Miré la oficina, las persianas, los catálogos, a Mara, a Nicolás, la foto de Valeria, la galería al otro lado de la puerta.
Pensé en Tomás, en el video completo, en su frase: si me sobrevives, sobrevívelo todo y en la silla blanca, en la foto robada, en Bruno regresando del aeropuerto, en mi cuenta hackeada, en la frase escrita en mi libreta.
Nadie habla en mi nombre.
—Mañana inauguramos —dije.
Mara no se mostró sorprendida. Nicolás tampoco, aunque su rostro se tensó.
—Pero no como estaba previsto —añadí—. Antes de abrir puertas, voy a hablar.
Bruno, si hubiera estado allí, habría intentado corregir la idea por razones de prensa. Mara solo inclinó la cabeza.
—¿Qué vas a decir?
—La verdad suficiente.
Nicolás me miró con esa atención que ya conocía.
—No toda —aclaré—, ni la de Tomás, la de Lucía o la de la foto, sino la suficiente para quitarle a Valeria el poder de insinuar que hay un secreto sucio detrás de la exposición.
Diré que este proyecto fue modificado después de que materiales privados fueran consultados sin autorización, que la exposición defiende el derecho a no mostrarlo todo y que ningún archivo, ninguna imagen y ningún dolor se vuelven públicos solo porque alguien pueda acceder a ellos.
Mara sonrió apenas.
—Eso va a incomodar a mucha gente.
—Bien.
Nicolás dio un paso hacia mí, no para detenerme, sino para asegurarse de que estaba viendo el costo.
—Valeria puede reaccionar.
—Sí.
—Puede filtrar algo.
—Sí.
—Puede estar en la sala.
—Entonces que escuche bien.
El silencio que siguió fue breve, pero denso. Mara bajó el teléfono. Nicolás me sostuvo la mirada y, por primera vez desde que lo conocía, no vi en él la necesidad de dirigir la escena, sino la aceptación difícil de que la escena era mía.
—Está bien —dijo.
No dijo «ten cuidado», «yo me encargo» ni «no te dejaré»; dijo solo eso.
Está bien.
Y esa fue, quizá, la forma más extraña y más limpia en que Nicolás Aranda me dijo que confiaba en mí.