Nunca (Arpías 4)
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Prólogo
Neva
M iro a mi alrededor y, desde luego, nunca hubiera imaginado estar aquí en este momento. La casa se cae a pedazos y todo está lleno de polvo, salvo esta habitación. Aquí podrías hasta comer en el suelo.
Otra contracción me viene y trato de no gritar. Estamos alejadas de la civilización, por aquí nunca pasa nadie, pero no me voy a arriesgar, no cuando estoy a punto de verle la cara a la persona más importante de mi vida.
—Aguanta un poco, ya deben estar por llegar —me asegura Day, con su mano apretando la mía.
Jesse me mira horrorizado; lleva fatal lo del dolor, y eso me hace sonreír. Está claro que, el día que estos dos decidan aumentar la familia, vamos a divertirnos mucho.
Respiro hondo de nuevo y miro el reloj. Las contracciones son cada vez más seguidas. Llevo así cerca de diez horas. Lo de ser primeriza y dar a luz en media hora y sin despeinarte solo pasa en las películas.
Camino por la habitación de al lado tratando de no pensar, salgo al pasillo tratando de no volverme loca.
Estoy exhausta, el pelo se me pega a la cara y tengo ganas de llorar.
Quiero que Evan venga a cogerme la mano, a acariciarme la espalda, a decirme que todo va a salir bien.
Sin embargo, es algo que no puede hacer; yo misma me he encargado de que no recuerde que he pasado por su vida, y ahora… ahora tampoco sabrá que va a ser padre.
—Deja de pensar en eso —me dice Day, y con solo mirarla a los ojos entiendo que sabe perfectamente lo que pasa por mi cabeza.
—Lo intento, sé que fue la mejor decisión, pero…
—Aun así, duele —interviene Jesse—. Eres una mujer maravillosa, Arcoiris, y tu forma de amar te hará ser una madre espectacular.
Sus palabras me hacen llorar y lo abrazo. Quién me iba a decir que el imbécil al que todas odiábamos se iba a convertir en parte de nuestra familia.
—¿A quién tengo que besar? —pregunta Row, entrando por la puerta principal mientras arrastra a una mujer con una venda y las manos atadas.
Me limpio las lágrimas y me acerco.
—¿De verdad era necesario traerla así? —inquiero, quitándole la venda a la doctora, que nos mira asustada.
—Culpa de ella, se lo pedimos amablemente —suelta Nao, y la miro alzando las cejas. Ella se encoge de hombros en respuesta y Preston, que aparece tras ella, rueda los ojos.
—Mejor no preguntes —sugiere él, y decido, cuando otra contracción me viene, que paso de explicaciones.
Ponemos a la doctora al día en un momento y nos presentamos de la forma más educada dadas las circunstancias.
Mi situación no es la ideal, lo sé, pero es la que hay. Llevamos meses huyendo y por fin hemos encontrado un lugar donde quedarnos. Es en un pueblo a unas dos horas de aquí, en una granja.
Jesse y Day ya se han acomodado, fueron los primeros en aparecer. Después llegaron Preston y Nao. Los lugareños no hicieron demasiadas preguntas. Mis hermanas se encargaron de ir contando que éramos dos más, que ambas vivíamos en Las Vegas y que mi marido era soldado.
Todo esto es para que nadie sospeche cuando Row y yo aparezcamos con un bebé.
Nos pusimos de acuerdo en contar que mi marido murió en el frente; ahora no hay guerra, pero siempre existen minas enterradas que provocan desgracias, y justamente la semana pasada salió la noticia de una que mató a cinco norteamericanos destinados allí.
Así que ahora el pueblo entero sabe que estoy de luto, recogiendo todo para venir a dar a luz junto a mis hermanas y que me ayuden con el bebé. Solo que no he llegado a tiempo y hemos tenido que ir a secuestrar a una doctora para que me ayude con el parto.
En fin…, cosas de Arpías, ¿no?
—Así que… cuando el bebé nazca, ¿podré irme? —pregunta la doctora, que me mira queriendo ayudarme, pero a la vez asustada de lo que le pueda pasar.
—Le doy mi palabra —asegura Day.
La mujer asiente y se mete en la habitación preparada para que mi hija venga al mundo. Por suerte, lo hace antes de escuchar a Row decir que como le pase algo al bebé le va a dar un beso que va a parecer porno de lo profundo que será.
Me tumbo en la cama con almohadas apoyadas en mi espalda y riñones. Abro las piernas y dejo que la doctora me examine. Por supuesto, Jesse se encargó de obtener todo lo necesario para que sea viable; no he querido preguntarle de dónde ha sacado un monitor fetal.
Viene una contracción, una fuerte, y me doblo. Day, Row y Nao están a mi lado. Jesse y Preston abandonan la habitación. Esto ya es real.
—Respira, Neva. Mírame —me pide la doctora, y lo hago.
—No sé si puedo… —gimo, sintiendo cómo otro dolor me atraviesa, asustándome más de lo que he estado en mi vida—. No puedo hacer esto aquí…
—Sí puedes —responde con una calma que no sé de dónde saca—. Y no estás sola.
Mira hacia mis hermanas y ellas me aprietan las manos y el hombro, están conmigo, no me encuentro sola, y eso me da fuerza.
Otro espasmo me sacude. Grito. Ya no me importa quién pueda oírme.
«Que vengan. Que lo vean. Que vean cómo traigo vida a un lugar muerto».
—Escúchame —dice firme—. Tu cuerpo sabe lo que tiene que hacer. Déjalo trabajar. Yo estoy contigo.
Asiento, aunque no estoy segura de creerla.
El sudor me empapa la frente. Mis piernas tiemblan y solo puedo pensar en que Evan no está aquí, en que no la va a conocer, en que ella no sabrá el hombre que es su padre y en que cuando se entere de que la separé de él me va a odiar.
Es uno de mis miedos, uno que ha aumentado con cada día del embarazo. Le borré la memoria para protegerlo, pero en el proceso dejé huérfana a mi hija.
—Bien…, eso es… —murmura mientras coloca sus manos con cuidado—. Estás avanzando. Muy bien, Neva.
Aprieto los dientes. Siento que me rompo. Que me abro en canal. Pero también… algo más. Una fuerza. Una necesidad primitiva que me impulsa hacia adelante.
—Cuando venga la contracción, empuja —me indica—. No luches contra ella. Úsala.
Asiento de nuevo, esta vez con más rabia que miedo.
El dolor regresa. Más fuerte. Más intenso. Grito y empujo.
—Eso es. Eso es. Otra vez.
El tiempo deja de existir.
—Ya casi está —dice de pronto, y su tono cambia—. Neva, mírame. Ya está aquí.
Lloro sin darme cuenta. No sé si de dolor o de alivio.
—Una vez más. Solo una más —me pide.
Reúno lo que me queda. Empujo con todo lo que soy.
Y, entonces…, ocurre.
Un llanto.
Pequeño. Frágil. Pero real.
El mundo se detiene.
—Lo has hecho —susurra ella.
Mi pecho sube y baja con violencia. Mis ojos buscan, desesperados. Y cuando lo veo…, cuando ella coloca a mi bebé sobre mí…
Todo lo demás desaparece.
Es cálida. Viva. Mía.
—Hola… —murmuro con la voz rota—. Hola, pequeña…
Las lágrimas caen libres ahora. La acaricio con manos temblorosas, incapaz de creer que está aquí, que hemos sobrevivido.
Levanto la vista hacia mis hermanas y ellas me miran con lágrimas en los ojos, incluso Row. Nao es la única que no tiene los ojos empañados. Pero la intensidad de su mirada me dice que va a ser una niña amada.
—Gracias… —susurro a la doctora.
Ella niega suavemente con la cabeza.
—Gracias a ti por no rendirte. Ahora toca sacar la placenta y coser, has tenido un pequeño desgarro. Que una de ellas coja a la niña.
Las miro y todas parecen asustadas, pero, para mi sorpresa, es Row quien extiende sus brazos y la sujeta con delicadeza mientras le susurra que hará que el mundo arda si alguien le hace daño.
Sonrío. Si hay algo de lo que estoy segura es de que esta niña estará protegida toda su vida.
El acto de sacar la placenta es desagradable, pero termina rápido. La doctora coge a la niña de nuevo para revisarla bien y he de decir que yo, en su lugar, estaría algo estresada con las miradas asesinas de cuatro mujeres.
Jesse y Preston todavía no han entrado, así que los llamo.
—A ver, los tíos de mi hija, ¿queréis conocerla?
No termino de decirlo cuando veo a Preston entrar justo antes de que Jesse lo coja de la capucha de la sudadera, lo tire para atrás y pase primero.
—Ven con tu tío favorito, Miniarcoíris —suelta, yendo a por la niña, y todas nos reímos.
Mi bebé le ha cogido el dedo a la doctora, que la mira embelesada.
—Tienes una… una… —se queda sin palabras—, niña, una niña preciosa.
La mujer sonríe y se la entrega a Jesse, que se acerca a Preston para que la vea.
—Gracias por todo lo que has hecho —le digo de corazón a la doctora mientras Day saca de un cajón una jeringa sin que se dé cuenta la mujer y se la pasa a Jesse—, pero es momento de que olvides todo.
Sus manos entre las mías se quedan lánguidas, al igual que su cuerpo, cuando justo al terminar mis palabras Jesse le clava la aguja. Y mi estómago ruge, haciendo que todos riamos.
Preston la coge con cuidado y sale de allí con ella, seguido de Jesse.
Mi niña regresa a mis brazos, Nao me la tiende con cuidado y todas se sientan alrededor de mí, sobre el colchón.
—Ha sido lo más asqueroso que he visto nunca —declara Row.
—No digas eso, es maravilloso —la corta Day.
—Sí…, sobre todo cuando se ha cagado encima —interviene Nao.
Nos reímos y me abrazan. Me duele todo, y sé que va a ser así unos cuantos días, pero no hay nada que prefiriera estar haciendo ahora más que estar dándole la bienvenida al mundo a mi hija.
—¿Ya has decidido el nombre? —pregunta Day, tocándole la carita con cuidado.
—Sí.
—Por favor, dime que no será algo como Purpurina —ruega Row.
—Ni Brillibrilli Junior —se une Nao.
Me río divertida, he tenido claro desde el principio que el nombre de mi hija sería en honor a su padre, pero no he querido decirlo en voz alta para que ella sea la primera en escucharlo.
—Su nombre es Everly, porque lo que siento por su padre es para siempre.