Capítulo 46 El principio de todo
Domingo, 14 de septiembre 19:32
Septiembre había llegado casi sin avisar.
Las vacaciones habían terminado.
Las calles volvían a llenarse de gente.
Los colegios abrían sus puertas.
Y poco a poco todo regresaba a la normalidad.
O, al menos...
A una nueva normalidad.
Porque para Danna y Andrés ya nada volvía a ser igual.
Seguían viviendo en ciudades distintas.
Seguían dependiendo de los mensajes y de las videollamadas.
Pero ahora existía una diferencia enorme.
Ya no eran dos desconocidos detrás de una pantalla.
Eran dos personas que conocían el olor del perfume del otro.
Su forma de reír. La manera en la que se abrazaban.
La temperatura de sus manos.
Y el brillo de sus ojos cuando sonreían.
La distancia seguía estando ahí.
Pero ya no daba miedo.
Aquella tarde hablaban por videollamada.
Como casi todos los días.
Danna estaba sentada en su escritorio.
Detrás de ella podían verse la libreta azul, el álbum de Italia, el marco con las fotografías y la pequeña moneda que seguía descansando junto a la pulsera.
Andrés sonrió al verla.
—Cada vez tienes más cosas de Italia en esa habitación.
Ella rió.
—No son cosas de Italia.
Son cosas nuestras.
Él asintió.
—Tienes razón.
Pasaron casi una hora hablando.
De las clases. De los profesores.
De los deberes.
De lo mucho que echaban de menos el verano.
Hasta que Andrés guardó silencio unos segundos.
—Oye...
Ella levantó la vista.
—¿Qué pasa?
Él sonrió.
—¿Te acuerdas de la lista?
Danna comenzó a reír.
¿Cómo olvidarla?
Aquella lista había nacido cuando todavía eran dos desconocidos.
La buscó entre las primeras páginas de la libreta azul.
Todavía seguía allí.
Escrita con una letra un poco más temblorosa.
La abrió.
Comenzó a leer.
—̶Conocer ̶Ita̶lia.̶...
Cumplido. —Conocernos ̶en ̶persona..̶.
Cumplido.
—Ha̶cernos ̶una ̶foto ̶juntos..̶.
Cumplido.
—Ver ̶u̶n ̶a̶tardecer ̶en ̶Rom̶a..̶.
Cumplido.
Los dos comenzaron a sonreír.
Habían cumplido mucho más de lo que imaginaban.
Entonces Danna pasó a la última página de la libreta.
Cogió un bolígrafo.
—Creo que toca escribir otra cosa.
Andrés sonrió.
—¿Cuál?
Ella pensó durante unos segundos.
Después escribió despacio.
"Seguir escribiendo nuestra historia."
Le enseñó la libreta por la cámara.
Él permaneció unos segundos en silencio.
Después sonrió. —Creo que ese es mi sueño favorito.
Un rato después, Andrés cogió su móvil.
Abrió la conversación.
Deslizó hacia arriba.
Muy arriba.
Hasta llegar al primer mensaje.
Los dos se quedaron mirándolo.
Andrés:
"Perdona, creo que me he equivocado de número."
Danna soltó una pequeña risa.
—Menos mal que no borré ese mensaje.
Él negó con la cabeza.
—Yo tampoco.
Durante unos segundos ninguno habló.
Hasta que Andrés sonrió.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Creo que nunca me equivoqué.
Ella arqueó una ceja. —¿Cómo que no?
Él negó lentamente.
—No.
Porque si aquel error me trajo hasta ti...
Entonces fue la casualidad más bonita de mi vida.
Danna sintió que los ojos comenzaban a humedecerse.
—¿Sabes qué pienso yo?
—¿Qué?
Ella sonrió.
—Que algunos errores...
Solo son la manera que tiene la vida de llevarte al lugar correcto.
Los dos permanecieron unos minutos mirándose a través de la pantalla.
Ya no les molestaba la distancia.
Porque sabían que volverían a verse.
Y después otra vez.
Y otra.
Y otra.
Hasta que un día dejaran de contar los kilómetros. Antes de despedirse aquella noche, Andrés sonrió.
—Buenas noches...
Principessa.
Ella sintió el mismo cosquilleo que la primera vez.
—Buenas noches...
Principe.
Él levantó una ceja.
—Una cosa más.
—¿Qué?
Sonrió.
—Te quiero.
Danna respondió inmediatamente.
—Yo también te quiero.
Muchísimo.
La llamada terminó.
La habitación quedó en silencio.
Danna cerró la libreta azul.
Miró el álbum. La moneda.
Las pulseras.
Las flores secas que había conseguido conservar del ramo de Roma.
Cada objeto contaba una parte de su historia.
Se acercó a la ventana.
El cielo comenzaba a oscurecer.
Sonrió.
Porque comprendió algo muy importante.
Aquella historia nunca había tratado de un mensaje.
Ni de un viaje.
Ni siquiera de Italia.
Había tratado de dos personas que, sin buscarse, terminaron encontrándose.
Y eso era mucho más bonito que cualquier casualidad.
Abrió el cajón del escritorio.
Guardó la libreta.
Antes de cerrarlo, pasó una última vez la mano por la portada.
Susurró para sí misma:
—Esto no ha terminado. Sonrió.
Apagó la luz.
Y cerró el cajón.
Como si con ese gesto terminara un capítulo de su vida...
Y comenzara el siguiente.
Hay personas que llegan por casualidad.
Otras llegan para quedarse. Nosotros tuvimos la suerte de ser las dos cosas.
Fin Agradecimientos
Gracias.
A todos los que alguna vez creyeron que un simple mensaje podía cambiar una vida.
A quienes encontraron un pedacito de sí mismos en Danna y Andrés.
A mi familia, por apoyarme y animarme a seguir escribiendo incluso cuando este libro solo era una idea.
A mis amigos, por escucharme hablar una y otra vez de estos personajes y acompañarme durante todo el proceso.
Y, sobre todo, gracias a cada persona que ha abierto este libro. Sin vosotros, esta historia solo existiría en mi imaginación. A mi familia, a mis sobrinas, a mi suegra y a mi pareja.
¡Gracias por dar una oportunidad a mi primera novela! Espero que, al cerrar este libro, Danna y Andrés se hayan quedado un ratito más contigo.
Con cariño, Diana Hernández