Nuevo reinado (Royal Oaks Prep nº 2) Prólogo
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Prólogo

TRISTAN

Sabía que besarla me arruinaría.

Solo no sabía cuán rápido.

Royal Oaks no tolera la debilidad.

¿Y Stella Cortez?

Es lo único que me hace débil.

Empieza en los pasillos.

Después de cálculo.

Después del entrenamiento.

Después de que todos se van.

Pone los ojos en blanco de esa forma que dice que no le impresiono, pero que en el fondo siente curiosidad.

Me insulta en español cuando invado su taquilla.

—Idiota.

Suena como una canción de amor cuando lo dice.

Su pelo huele a coco y a algo cálido y real.

No es perfume.

Real.

Y la deseo.

No como los otros tíos desean a las chicas.

No para presumir.

No por una noche.

La deseo porque me mira como si no fuera inevitable.

Como si tuviera que ganármela.

Eso es nuevo.

Eso es peligroso.

Leo lo ve antes que yo.

—Estás jugando con fuego —murmura una tarde.

—No estoy jugando.

Se ríe.

—Tú no sales con chicas becadas, Vale.

Odio que tenga razón.

Royal Oaks es una monarquía.

Y se espera que me case acorde a ello.

Familias de abolengo.

Puestos en la junta directiva.

Hijas de donantes.

Melody Van Hinkenberg.

Lo cual es de risa.

Corté con Melody porque me aburría.

Porque trataba el cariño como una transacción.

Porque cuando miro a Stella, mi pulso hace algo que no puedo controlar.

¿Pero que me vean con Stella?

¿En público?

Sería un suicidio social.

Del tipo que no se ve en sangre, sino en silencio.

Invitaciones que desaparecen.

Llamadas sin respuesta.

La mandíbula de mi padre tensándose en la cena.

—Ten cuidado con quién te juntas, Tristan.

Alineación.

Así lo llaman.

Así que lo mantengo en secreto.

Flirteo en los pasillos.

Me acerco demasiado.

Le digo que está peligrosa con ese vestido el día del baile de bienvenida.

—¿Vas a bailar? —le pregunto.

Me mira como si importara.

Eso casi acaba conmigo.

En el baile, no se lo pido.

Me digo que encontraré un momento.

En algún lugar tranquilo.

En algún lugar nuestro.

El apagón no estaba planeado.

Pero cuando se corta la luz, el instinto toma el control.

Veo su silueta junto a la ponchera.

Me muevo.

La mano en su cintura.

Jadea.

Tiro de ella hacia detrás de la cortina antes de poder pensar.

Y entonces la beso.

Dios.

He besado a chicas antes.

A muchas.

Esto no es eso.

Esto es fuego.

Sabe a nervios y brillo de labios y orgullo obstinado.

Se agarra a mi chaqueta como si temiera que fuera a desaparecer.

Y por un segundo…

No me importa quién nos vea.

No me importan las alianzas ni los linajes ni los donantes.

Solo quiero su boca en la mía otra vez.

—Tris… —susurra.

Casi lo digo.

Casi digo: «No nos escondamos».

Entonces las luces vuelven de golpe.

La realidad irrumpe.

Voces.

Miradas.

Estamos expuestos.

Su pintalabios corrido.

Mis manos en sus caderas.

Silencio.

Y me quedo paralizado.

No porque me avergüence de ella.

Sino porque sé lo que esto significa.

Sé lo rápido que Royal Oaks puede darte la espalda.

Sé lo cruel que puede llegar a ser.

Y en ese medio segundo de duda…

Leo interviene.

Riéndose.

Dándome una palmada en la espalda.

—Supongo que te debo veinte mil pavos —anuncia a la multitud—. No pensé que de verdad te enrollarías con la chica de la beca.

Las palabras quedan suspendidas en el aire.

Lo miro.

¿Qué estás haciendo?

Sus ojos buscan los míos.

Una tapadera.

Me está cubriendo.

Dándole una salida a ella.

Haciendo que parezca una broma en lugar de una declaración.

Abro la boca para corregirlo.

Para decir que no fue—

Pero el daño ya está hecho.

Empiezan las risas.

Y la cara de Stella cambia.

Nunca he visto a nadie cerrarse tan rápido.

Como una puerta que se cierra de golpe en un huracán.

—Stella—

Se aparta.

¿Y cuando me mira?

No hay nada.

Ni calor.

Ni ternura.

Solo comprensión.

Se va.

Me abro paso entre la gente, ignorando la mano de Leo en mi brazo.

—Tristan, espera—

No lo hago.

Busco en los pasillos.

Los vestuarios.

Fuera.

Nada.

Se fue.

No responde a mis mensajes.

No me mira en clase.

Cuando intento hablar con ella, me da la espalda.

Como si fuera aire.

Como si fuera irrelevante.

Eso es peor que el odio.

Voy a su casa.

Es más pequeña de lo que imaginaba.

Luz cálida en las ventanas.

Luces navideñas colgadas alrededor del porche aunque no es diciembre.

Llamo a la puerta.

La lluvia empieza a caer a cántaros.

Su madre abre.

La señora Cortez.

Me mira una vez y lo sabe.

—Vengo a ver a Stella.

Sus ojos se endurecen.

—No.

—Solo necesito explicar—

—Sé lo que un chico guapo como tú quiere con mi hija.

Lo dice con dureza.

Protectora.

—Ya causaste demasiado daño solo con mirarla.

—Yo no—

—Vete —dice—. Busca en otra parte. Deja en paz su corazón.

La lluvia empapa mi chaqueta.

El frío me recorre la columna.

—Ella me importa.

Se ríe sin sonreír.

—Los chicos como tú solo se preocupan por sí mismos.

Retrocede hacia el interior.

La puerta se cierra.

Me quedo ahí.

Empapado.

Impotente.

Porque por primera vez en mi vida—

El dinero no puede arreglar esto.

El estatus no puede arreglar esto.

Leo no puede arreglar esto.

¿Y lo peor?

Ella piensa que fue una apuesta.

Cuando fue lo más real que he sentido en mi vida.