Nueve con noventa y nueve Capítulo 23 — Oferta #2
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Capítulo 23 — Oferta #2

En el margen derecho aparece una columna estrecha.

Estado del candidato: pendiente de respuesta.

Canal: prioritario. Archivo 412: distribución suspendida.

Archivo 412. No pone Marta. No pone Pablo.

La habitación ha dejado de ser una habitación.

Es un archivo. Un número. Una pieza dentro de un inventario que puede suspenderse, ejecutarse, reabrirse, reasignarse.

Me levanto. No cierro el documento. Camino hasta la zona de impresoras.

No necesito imprimir nada. La impresora muestra un aviso de tóner bajo desde hace tres semanas.

Nadie lo corrige porque todavía imprime.

En una bandeja lateral hay documentos olvidados: una tabla de gastos, una convocatoria de formación, una hoja con firmas para un regalo de despedida.

Nadie sabe de quién. Me apoyo en el borde de la mesa auxiliar.

Desde allí se ve la zona de Marketing. El puesto de Marta vacío.

La silla bien colocada. La puerta de una sala se abre y salen tres personas hablando de objetivos trimestrales.

Marta estará en otro sitio con Daniel. Quizá en un aeropuerto.

Quizá en una habitación de hotel limpia.

Quizá en un coche de alquiler. Quizá desayunando con la torpeza amable de las primeras mañanas legales de un matrimonio.

Ninguna de esas imágenes me pertenece. Ninguna me sirve.

La Compañía no necesita separarla de Daniel.

Ya la ha colocado en una categoría donde Daniel puede recibir daño sin tocarla.

Vuelvo a mi mesa. El documento sigue en pantalla.

En la parte inferior aparece una nueva línea.

Tiempo de lectura suficiente. Después: ¿Desea guardar la propuesta para revisión posterior?

Dos opciones. GUARDAR. CONTINUAR. No hay salir.

No hay rechazar. Guardar parece prudente.

Continuar parece peligroso. Esa es la disposición obvia.

La Compañía nunca usa la disposición obvia sin motivo.

Miro mis manos sobre el teclado. Son manos normales.

Uñas cortas. Una pequeña marca roja junto al pulgar derecho, hecha al abrir una botella el sábado en la boda.

No hay polvo de una caja de cartón. No hay piel de Marta.

No hay nada que pueda leer un sistema salvo pulsaciones, horarios, accesos. Pulso GUARDAR.

El documento desaparece. La pantalla vuelve al escritorio corporativo.

No hay archivo en descargas. No hay notificación.

No hay rastro visible. En la esquina inferior derecha aparece durante un segundo una línea que no pertenece al banco: Propuesta conservada en canal.

Luego desaparece. A las doce y seis, recibo un correo de Recursos Humanos sobre la formación del viernes.

Lo veo entrar por encima del documento, una notificación ordinaria superpuesta a la oferta.

Gestión responsable de accesos críticos. Encuesta de evaluación.

A la una bajo a comer con Andrés. No lo propongo yo. Tampoco él. Coincidimos en los ascensores y seguimos juntos hasta la cafetería como si el cuerpo hubiera resuelto la logística antes que la conversación.

—Hoy estás peor que antes —dice al sentarse.

—No he dormido bien.

—No uses respuestas antiguas para problemas nuevos.

Toma una servilleta y dobla una esquina.

—¿Era algo de los de siempre?

La pregunta llega sin rodeos. No miro alrededor. Si lo hiciera, le daría más peso.

—No.

Andrés asiente despacio.

—Vale.

—No me crees.

—No. Pero tampoco me crees tú cuando digo que estoy bien con lo mío.

Tiene razón. Durante unos minutos hablamos de la boda.

Del discurso de Daniel. Del DJ. De Nuria bailando con un director de área que no sabía dónde colocar las manos.

Andrés exagera dos escenas, reduce una tercera, convierte la noche en anécdota.

Lo hace bien. Casi me permite recordar una boda distinta.

Después se calla. El yogur queda cerrado junto a su bandeja.

—Si vuelven —dice—, no sé si quiero saberlo.

—¿Quiénes?

—Ya sabes.

No contesto. Andrés mira la tapa del yogur.

—Antes pensaba que era peor no tener puerta. Ahora no sé.

La frase no parece de Andrés. O quizá sí. Quizá lleva tiempo llegando y solo ahora encuentra sitio.

—A veces una puerta es solo una forma de contar quién entra —dice.

Eso sí parece de él. Una frase que quiere ser broma y se queda a medio camino.

Subimos juntos a la cuarta planta. En mi calendario, la tarde está llena de reuniones menores.

Revisión de permisos. Formación. Seguimiento de campañas.

Un hueco de veinte minutos a las dieciséis cuarenta. Nada que pueda llamarse decisión.

A las seis y cuarenta y cinco cierro sesión.

Espero a que la pantalla vuelva al aviso legal.

Después me quedo mirando el campo vacío de usuario.

No está la propuesta. Eso no significa que se haya ido.

Bajo al parking solo. El ascensor no se detiene en ninguna planta.

Cuarta. Tercera. Segunda. Primera. Cero.

Menos uno. Menos dos. Seis plantas. La cabina cumple su trayecto sin interpretar a quién transporta.

En el coche, antes de arrancar, saco el móvil.

No hay mensajes nuevos. Abro el navegador.

No escribo la dirección de la Compañía. No hace falta.

En la pantalla de inicio hay un icono que no estaba por la mañana.

No tiene nombre. Solo un cuadrado gris, sin imagen, colocado al final de la última fila de aplicaciones.

Lo miro durante casi un minuto. No lo abro. Arranco.

La barrera del parking sube. El coche avanza bajo la barra levantada y sale a la avenida. En el semáforo, el móvil sigue en el asiento del copiloto, boca arriba. La pantalla se ha apagado, pero sé dónde está el icono. No necesito verlo. La oferta ha encontrado una forma de quedarse.