Nueve con noventa y nueve Capítulo 22 — Semana
78%

Capítulo 22 — Semana

La primera jornada laboral posterior a la boda llega sin música.

No hay mensaje de Marta al despertar. Tampoco de la Compañía.

Me levanto a las siete. La camisa del viernes sigue colgada en el respaldo de la silla, todavía con la forma del cuerpo dentro.

La aparto y saco otra del armario. Azul clara.

Botones blancos. Puños sin iniciales. Ropa de trabajo, no de invitado.

Sobre la mesa baja queda el papel de la invitación, doblado por la mitad. Lo había dejado allí al volver de la boda, junto a las llaves. No lo tiro. Tampoco lo guardo. Lo meto dentro de un libro que no estoy leyendo y cierro la tapa.

La oficina está encendida por sectores. En la zona de Marketing, el puesto de Marta permanece vacío.

Pantalla apagada, silla metida bajo la mesa, archivador cerrado.

En el calendario compartido, su nombre aparece bloqueado toda la semana.

Ausencia. Eso es todo lo que el sistema sabe decir de una luna de miel.

Andrés llega a las nueve y dieciséis con gafas oscuras y un vaso de café de la máquina.

—La institución matrimonial debería venir con baja laboral para invitados —dice.

—Tú bailaste más que nadie.

—Precisamente. Hay daños acumulativos.

Deja el vaso sobre su mesa y se sienta con cuidado. Durante unos segundos parece un hombre mayor entrando en una bañera.

—Daniel parece buen tipo —dice, sin mirarme.

—Sí.

—Eso siempre complica las cosas.

No contesto. Andrés tampoco insiste. Tiene resaca social, no solo física. La boda le ha dejado frases pendientes, nombres de personas que no recordará y una cantidad incómoda de imágenes en el móvil.

A media mañana circulan las fotos. No llegan por Marta.

Las envía Nuria a un grupo de oficina que alguien abrió para coordinar coches y que nadie ha cerrado.

La finca al atardecer. La mesa de compañeros del banco.

Andrés con una servilleta atada al cuello, fingiendo una solemnidad que no le pertenece.

Luego Marta y Daniel saliendo entre aplausos.

No abro esa foto al principio. La miniatura basta para reconocerla: vestido blanco, traje oscuro, manos juntas, cuerpos inclinados hacia una lluvia de pétalos que no sé quién preparó. La notificación queda en la pantalla unos segundos. Luego desaparece.

Trabajo. Valido accesos, reviso un informe de excepciones, devuelvo a Sistemas una solicitud mal justificada.

Desde la caída de Romero, el banco exige más campos para hacer lo mismo de antes.

La gente protesta con frases cortas y luego aprende la nueva ruta.

Esa es la velocidad real de una institución: primero se defiende, después incorpora.

A las once y media abro la foto. Marta mira hacia Daniel, no hacia la cámara.

Tiene la boca abierta en mitad de una risa o de una palabra.

El velo se le ha desplazado sobre un hombro.

Daniel sostiene su mano con una naturalidad que no parece aprendida para el fotógrafo.

La cierro. La vuelvo a abrir. Busco el punto en que la foto deje de pertenecer al sábado y empiece a decir otra cosa.

No lo encuentro. La imagen resiste. Marta parece feliz, o parece capaz de parecerlo sin que la diferencia tenga utilidad.

Daniel parece presente. No como obstáculo.

Como marido. Bloqueo el móvil y lo dejo boca abajo.

El martes, Recursos Humanos convoca una formación obligatoria para el viernes: Gestión responsable de accesos críticos. Noventa minutos, presencial, asistencia registrada. La convocatoria no menciona a Romero. No hace falta. Romero está en cada palabra que pretende no nombrarlo.

Andrés lee el correo al otro lado de la mampara.

—Van a explicarnos que no se deben dejar puertas abiertas —dice.

—Eso parece.

—Siempre llegan tarde a las verdades importantes.

Por un momento no sé si habla del banco o de otra cosa. Él tampoco parece seguro. Abre el yogur, lo mira y vuelve a cerrarlo.

—¿Has probado algo? —pregunta—. La página.

La palabra cae baja, protegida por teclados y llamadas.

—No.

—Yo tampoco.

Miente. O deja una parte fuera. No importa. Desde el parque, desde Andrés en la cafetería, desde el silencio de la Compañía, todos decimos menos de lo que sabemos y más de lo que podemos sostener.

El miércoles llega un correo automático del directorio corporativo.

En Auditoría Interna, la línea provisional se convierte en nombre propio.

Otro director. Otra extensión. Otra fotografía pendiente.

Romero desaparece un poco más. No del todo.

Nunca del todo. Queda en las casillas nuevas, en el doble visto bueno, en las alertas que ahora se revisan con una atención que durará tres semanas.

Primero con silencio, después con procedimiento, más tarde con olvido útil.

Después el sistema encontrará una manera de seguir siendo él mismo.

El jueves por la tarde, Nuria deja sobre la mesa de Marta una bolsa pequeña de una tienda de decoración.

Dentro asoma papel de seda blanco. Un regalo atrasado.

Nadie sabe dónde guardarlo hasta que vuelva, así que queda allí, junto al teclado apagado.

Durante el resto de la tarde, varias personas miran la bolsa al pasar. Nadie la toca.

A las seis y veinte recibo un mensaje de Marta.

«Llegamos bien. Gracias por venir». No hay foto.

No dice dónde está. No añade el nombre de Daniel.

La frase podría enviarse a cualquier invitado correcto que hubiera cumplido con su asistencia y se hubiera marchado sin provocar trabajo posterior.

La leo dos veces. Escribo: «Me alegro» .

No envío nada más. La doble marca aparece. Marta no responde.

El viernes la formación ocupa la sala grande.

Un consultor externo habla de responsabilidad, de accesos críticos, de cultura de control y de la importancia de reportar cualquier anomalía.

Tiene una presentación con iconos azules, flechas ascendentes y fotografías de personas mirando pantallas con expresión responsable.

En una diapositiva aparece la frase: «Una desviación no reportada compromete todo el sistema» .

Andrés, sentado a mi lado, dibuja una puerta en la esquina de la libreta. La puerta tiene pomo, bisagras y una mirilla demasiado grande.

—¿Eso qué es? —pregunto en voz baja.

—Arquitectura conceptual —dice.

El consultor sigue hablando. Nadie escucha del todo. Todos firmaremos la asistencia al salir. Eso será suficiente.

Recojo mis cosas a las seis y cuarenta. Al pasar junto al puesto de Marta, veo la bolsa del regalo todavía sobre su mesa. El papel de seda se ha hundido un poco por el centro. La silla sigue metida. La pantalla sigue apagada. Su ausencia ya no parece una ausencia; parece una parte del mobiliario.

Bajo al parking. En el coche, antes de arrancar, miro el móvil.

No hay mensajes nuevos. La semana termina sin ofrecer una forma.

Solo deja una serie de cosas en su sitio: Marta fuera, Daniel dentro de su vida, Romero fuera del banco, Andrés delante de una puerta dibujada, yo en mi plaza de aparcamiento con las manos sobre el volante. Arranco.