Nueve con noventa y nueve Capítulo 21 — Boda #2
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Capítulo 21 — Boda #2

—Puedes no comerlo todo —dice Nuria.

—No he venido a faltar al respeto al proveedor.

La conversación de la mesa se coloca en terreno seguro: comida, vestidos, lugar, tráfico, si la ceremonia fue larga, si alguien aparcó lejos, si Daniel parece más alto en persona.

Contesto cuando toca. Me río una vez, quizá dos.

No necesito esforzarme demasiado. En una boda, la atención está ocupada en otro sitio.

Marta se levanta entre platos para saludar a una mesa de familiares.

Daniel la acompaña. Caminan juntos, pero no pegados.

Él se inclina para escuchar a una mujer mayor.

Marta toca el hombro de una niña que le enseña algo en el móvil.

El fotógrafo aparece, dispara tres veces y desaparece hacia otra luz.

Todo queda registrado por alguien. La frase no me altera. Ya no.

Miro hacia la zona donde está el videógrafo.

Lleva una cámara pequeña, estabilizador, auriculares.

Graba risas, brindis, manos levantando copas, el movimiento de Marta al sentarse, Daniel ajustándose el chaleco.

Su trabajo es conservar una versión limpia del día.

Hay imágenes que se graban para recordar. Otras, no.

Durante el segundo plato, Daniel se acerca a nuestra mesa. Viene solo. Marta está en la mesa de unas amigas, inclinada hacia una de ellas. Daniel apoya una mano en el respaldo de una silla vacía.

—¿Todo bien por aquí?

Andrés levanta la copa.

—Institucionalmente satisfechos.

Daniel se ríe.

—Eso suena a encuesta interna.

—Es deformación profesional.

Daniel mira el grupo y luego a mí.

—Pablo, Marta dice que te está dando mucho trabajo con lo de la campaña.

—El trabajo lo da Comercial.

—Me lo creo.

No intenta caerme bien. Esa es la parte más eficaz. Daniel no invade, no exhibe, no compite. Se limita a ocupar su sitio con una tranquilidad que no necesita defensa.

—Gracias por ayudarla —dice.

No sabe qué acaba de decir. O sí, en otra capa que no le pertenece.

—Es mi trabajo.

—Aun así.

Daniel inclina la cabeza, recibe una llamada de otra mesa y se va. Andrés espera a que se aleje.

—Buen tipo —dice.

—Sí.

—Eso siempre complica los chistes.

Nuria le pide que no haga ninguno.

A las diez y media empiezan los discursos.

Primero habla el padre de Marta. Lee desde un papel doblado en cuatro partes.

La voz le tiembla solo al principio. Cuenta una anécdota de cuando Marta era pequeña y desmontaba juguetes para ver por qué dejaban de funcionar.

La mesa se ríe. Marta baja la cabeza y sonríe con una incomodidad luminosa.

Daniel le aprieta la mano. Después habla un hermano de Daniel. Luego una amiga de Marta. Luego Daniel.

Daniel no lee. Da las gracias a las familias, a los amigos, a quienes han viajado, a quienes han ayudado con la organización.

Mira a Marta al decir que casarse con ella no le parece un punto de llegada, sino una forma de ordenar el futuro.

La frase podría ser cursi. En su boca no lo es del todo.

Tiene la torpeza suficiente para parecer verdadera.

Marta lo escucha sin moverse. Cuando él termina, ella no se levanta. Coge el micrófono desde su silla.

—Yo solo voy a decir gracias —dice.

La gente se ríe porque espera que continúe. Ella espera a que la risa termine.

—Gracias por estar. Gracias por hacer fácil lo que no siempre lo ha sido. Y gracias, Daniel, por no pedirme que sea más sencilla de lo que soy.

No añade nada más. El aplauso empieza desde las mesas familiares y se extiende hacia el jardín. Yo aplaudo. Mis manos producen el mismo sonido que las demás.

Después llega el baile. No voy a la pista.

Me quedo en el borde, junto a una mesa auxiliar donde han dejado copas vacías y servilletas dobladas.

Andrés baila con Nuria durante media canción y luego finge una lesión de rodilla para volver a la mesa.

La música sube. Las luces del suelo se encienden alrededor de los olivos.

La finca cambia de función sin moverse. Marta y Daniel bailan primero.

Nada espectacular. Un giro lento, dos pasos mal contados, una risa breve de ella cuando Daniel se equivoca.

Él dice algo. Ella niega con la cabeza. La cámara los sigue desde un lado.

No hay tragedia en esa imagen. Ese es el problema.

No puedo odiarlo. No puedo convertirlo en un obstáculo simple.

Daniel no ocupa un lugar que debería ser mío. Ocupa el suyo.

Saco el móvil del bolsillo. Sin mensajes. Lo guardo.

—¿Te vas? —pregunta Andrés detrás de mí.

No lo he oído acercarse.

—Dentro de un rato.

—Eso significa que sí.

—Puede.

Andrés mira hacia la pista. Marta baila ahora con un hombre mayor. Daniel habla con dos amigos junto a la barra.

—Las bodas son útiles —dice.

—¿Para qué?

—Para confirmar que casi todo el mundo tiene una vida secreta de la que solo ves la parte comestible.

—No es una mala definición.

—Estoy creciendo.

Se queda a mi lado, sin beber.

—¿Has sabido algo de los de siempre?

La pregunta aparece tan baja que podría confundirse con el ruido de la música.

—No.

—Yo tampoco.

No dice más. Tampoco hace falta. En el centro de una boda, rodeados de luces y copas, el silencio de la Compañía parece una mesa más a la que nadie ha asignado número. Andrés vuelve con Nuria.

A las doce y veinte decido irme. No me despido de Marta. No sería imposible. Sería visible. Saludo a Nuria, a dos de Comercial, a Andrés. Él me abraza con un brazo, más por equilibrio que por afecto.

—Conduce como una persona que quiere llegar a casa —dice.

—Lo intentaré.

—Eso no tranquiliza.

Camino hacia la salida. En la mesa de tarjetas, ahora casi vacía, quedan algunos sobres blancos para los invitados que olvidaron entregar el regalo antes de cenar.

También hay un libro de firmas abierto. Varias páginas llenas de frases parecidas: felicidad, camino, siempre, gracias por compartir.

La tinta de algunas líneas todavía brilla bajo la lámpara de la mesa. No escribo nada.

En la explanada de grava, los coches están cubiertos por una capa fina de polvo.

Busco el mío por la matrícula. Lo abro. Antes de entrar, miro hacia la finca.

Desde allí solo se ven luces entre los árboles y fragmentos de música.

La boda continúa sin necesitarme. Me siento al volante. El móvil vibra. Mensaje de Marta.

«Gracias por venir».

Lo leo. Dos palabras correctas, una cortesía cerrada. No hay pregunta. No hay puerta. No hay deuda nueva. Escribo: « Gracias por invitarme ». Antes de enviar, borro la frase. Escribo: «Enhorabuena». La envío. La doble marca aparece casi al instante. Marta no responde.

Arranco. El coche avanza despacio por el camino estrecho.

Al llegar al cartel blanco, la flecha negra sigue indicando la entrada, aunque yo salga.

Nadie la ha girado. No hace falta. La señal no está pensada para los que se marchan.

En la carretera, el navegador recalcula sin que se lo pida.

Ruta a casa. Cuarenta y un minutos. Acepto.