Capítulo 2 — Cafetería
La cafetería del banco ocupa un espacio que el arquitecto debió de proyectar como un error de cálculo o una concesión de última hora.
Es un rectángulo largo, de techos demasiado bajos, donde la luz blanca de las luminarias rebota con una agresividad molesta sobre las bandejas de acero inoxidable y sobre las caras de los empleados.
A las once de la mañana, el lugar es una caja de resonancia perfecta.
El ruido del vapor en el grifo de la leche de la máquina de café, el choque rítmico de las tazas contra las bandejas que corren por la barra y el murmullo de cien conversaciones privadas forman un muro sonoro que garantiza la única intimidad posible en este edificio: la que otorga el ruido blanco.
Andrés me espera en la mesa del fondo, junto a la cristalera que da al patio interior. Pegado a la cristalera, del lado de afuera, sobre el alfeizar, hay, desde hace tiempo, una colilla apagada dentro de un vaso de plástico. Nadie sabe cómo ha llegado ahí. Nadie accede nunca al patio.
Andrés está concentrado en un bote de yogur de cereales. Lo revuelve con una cadencia hipnótica, golpeando el fondo del envase con la cuchara metálica, un sonido seco que se repite cada tres segundos.
—Pedí que mi padre dejase de beber —dice, sin levantar la vista.
No espera ninguna respuesta. La frase no es para mí; es para él, en voz alta. Lo que ha pagado le ha salido bien y necesita oírlo. Yo sirvo de pared.
Me siento frente a él. El café que he pedido está caliente. Lo acerco a la boca y lo dejo otra vez sobre el plato.
—¿Dejó de beber? —pregunto.
Andrés remueve la cuchara.
—No del todo. Tampoco pedí un milagro. Pedí algo razonable.
Levanta la vista por fin. Sus gafas de pasta reflejan las luces del techo, ocultando sus ojos tras dos círculos blancos.
—Por lo menos ya no llega a casa hecho un despojo. Se queda en un punto medio. Manejable. Una especie de embriaguez aceptable. Lo justo para que mi madre no llore por los rincones y para que las cenas no terminen con alguien dando un portazo.
Saca otra cucharada de yogur, no la lleva a la boca y agrega.
—Me ha salido por nueve con noventa y nueve.
Pienso en la cifra en silencio. Nueve euros con noventa y nueve céntimos.
Es poco. Esa es la trampa visible. Una cantidad que no exige pensarlo dos veces.
Nadie llama al banco para preguntar por un cargo así.
Nadie revisa un extracto buscando una cifra que se parece demasiado al precio de una suscripción, de un envío urgente, de una mejora sin importancia.
Andrés deja la cuchara llena nuevamente dentro del envase y se inclina hacia atrás.
—Un regalo —dice—. Mi madre duerme. Él no rompe nada. En casa cenan a la misma hora. Por diez euros no te arreglan ni la pantalla del móvil.
Lo dice sin cinismo. Esa es la parte que más trabaja en el aire. Andrés no está justificándose. No necesita justificarse. Ha comprado algo, ha funcionado y la vida doméstica ha mejorado en una proporción razonable.
—¿Y qué te pidieron a cambio? —digo.
Andrés se ríe con la nariz, no con la boca. Es su forma de reírse. Coge otra cucharada y se la lleva a la boca.
—Bah. Una tontería. Llevar un sobre.
Mastica.
—¿Un sobre con qué?
Limpia una mancha inexistente en la mesa con el dedo índice, trazando círculos pequeños sobre la madera laminada.
—No sé. No lo abrí.
—¿Dónde lo entregaste?
—En un buzón.
—Eso ya lo has dicho.
—No, he dicho que lo llevé. Lo del buzón es información nueva.
Sonríe como si hubiera ganado una discusión menor. Después vuelve al yogur. Andrés tiene esa capacidad: convierte cualquier asunto en una conversación de oficina, incluso uno que debería dejar la mesa en silencio.
En la cafetería, una bandeja cae al suelo. Dos tazas se rompen. Nadie se vuelve. Solo lo justo para identificar el ruido y comprobar que no obliga a intervenir.
—¿Y tú? —pregunta Andrés.
Lo dice sin levantar mucho la voz. La pregunta queda protegida por el ruido de la máquina.
—¿Yo qué?
—Tú has mirado alguna vez.
—Todo el mundo ha mirado alguna vez.
—No hablo tan solo de mirar.
Toma el vaso de agua y bebe un trago corto.
—Hablo de entrar. De pedir algo.
Sostengo la taza entre las manos. La cerámica está caliente. La dejo sobre la mesa antes de que el gesto se note.
—Hace tiempo —digo.
Andrés asiente. No parece sorprendido. Tampoco interesado en los detalles. Para él, la intimidad ajena es una molestia salvo que sirva para confirmar una teoría sencilla.
—Claro.
—No fue nada.
—Nunca es nada —dice—. Por eso cuesta nueve con noventa y nueve.
Andrés baja la voz un tono.
—Dicen que ahora tardan más. Antes era pedir y esperar poco. Ahora depende. Igual se han puesto finos. O tienen demasiados pedidos.
Mete la cuchara en el yogur y rasca el fondo del envase.
—Como todo lo que funciona.
No añade nada más. No hace falta.
En la mesa de al lado, dos chicas de Operaciones hablan bajo. Una de ellas tiene una manzana verde intacta junto al móvil. Lleva la acreditación colgada del cuello y la gira entre los dedos mientras escucha a la otra.
—Mi hermana pidió lo del piso —dice.
La frase llega separada del resto del ruido. La otra pregunta algo que no llego a escuchar.
—No pidió el piso. Solo que la llamaran de una vez.
La cafetera expulsa vapor. Durante unos segundos no se entiende nada.
—Tres semanas —dice la primera cuando el vapor cesa—. Tres.
Después muerde la manzana. El sonido cruza la cafetería con una limpieza absurda. Andrés no parece haberla oído. O la ha oído y no la distingue de cualquier otra conversación del día. Remueve los restos del yogur y mira hacia la cola de la barra.
Doy un sorbo a la taza. Sigue caliente para mi gusto.
—El café está peor desde que cambiaron de proveedor —digo, cambiando de tema.
—Siempre dices eso.
—Porque siempre cambian de proveedor y cuando lo hacen, bajan la calidad y empeora.
Miro alrededor. Bandejas, tazas, móviles boca arriba. Una tarjeta de empleado olvidada junto a una servilleta húmeda. La gente habla con la boca llena, consulta pantallas, calcula minutos. Un hombre de Jurídico dicta un mensaje de voz sujetando el teléfono cerca de la boca.
Nadie baja la voz al decir nueve con noventa y nueve. Eso es nuevo.
—¿Te arrepentiste? —pregunta Andrés, sin dar el tema por terminado.
—¿De qué?
—De pedir.
La pregunta no tiene el peso que debería. Andrés la formula como si me preguntara si me arrepentí de cambiar de compañía telefónica.
—No lo sé.
—Eso es que sí.
—Eso es que no lo sé, Andrés.
—Yo no —dice—. Si mañana me preguntan si volvería a hacerlo, digo que sí. Sin pensarlo demasiado.
—Ese suele ser el problema.
Andrés sonríe. No lo toma como reproche. Tiene una impermeabilidad natural para ciertas cosas. Las frases le resbalan si no encajan con lo que ha decidido que es su mundo.
—La vida es larga si la haces a pelo, Pablo —dice—. Hay que usar herramientas.
No contesto. En la cristalera, el patio interior vibra bajo el aire caliente de las máquinas. La colilla dentro del vaso de plástico se mueve apenas, empujada por una corriente que no llega a la cafetería.
Yo también llevé un sobre, dos veranos antes.
Una tontería. Lo dejé en una dirección que no he vuelto a buscar.
Había una puerta metálica, una placa sin nombre y un telefonillo con tres botones.
No abrí el sobre. No llamé. Solo lo dejé donde me indicaron y volví caminando hasta la avenida principal, con la sensación de haber cumplido una gestión menor.
Fue un deseo pequeño. Eso me dije entonces.
—¿Estás escuchándome? —pregunta Andrés.
—Sí.
—Mentira. Te he preguntado si bajas luego a la reunión de Comercial.
—Bajo.
—Está Marta.
Lo dice como si añadiera un dato meteorológico. Probabilidad de lluvia. Presencia de Marta Vidal. Incidencia moderada sobre la productividad.
—Lo sé.
—Claro que lo sabes —dice y se sonríe.
Andrés deja el envase vacío del yogur dentro de la bandeja y se levanta.
—Venga. No quiero que me quiten el mejor lugar en la mesa.
Miro el reloj de la pared. Son las once y doce.
—Quedan tres minutos.
—Por eso me voy.
Camina hacia la salida con la bandeja en una mano y el vaso de agua en la otra. Saluda a alguien de Sistemas. Hace un comentario, no lo oigo. Ríe.
Me quedo sentado. El café ya no quema. Ha dejado una película oscura en el borde interior de la taza. Giro la taza sobre el plato sin levantarla, hasta que el asa queda alineada con la grieta de la mesa. Después recojo mi taza y la bandeja.
Al salir de la cafetería, paso junto a la papelera. El envase de yogur de Andrés está dentro, boca arriba, perfectamente vacío. La cuchara de plástico ha quedado cruzada sobre el borde, como si alguien la hubiera colocado allí con cuidado.
Por el pasillo acristalado veo a Marta en la sala de reuniones.
Está de pie junto a la pantalla, con el portátil abierto sobre la mesa y un rotulador en la mano.
Habla con dos personas de Comercial. No la oigo.
Solo veo el movimiento de su boca, la manera en que señala una cifra y espera a que los otros la alcancen.
Uno de ellos se ríe. Marta no. Corrige algo en la pantalla.
Levanta la vista hacia el cristal. No sé si me ve.
Sigo mirando un instante más de lo necesario.
Vuelvo a mi escritorio. En la pantalla sigue abierto el documento de antes. No recuerdo en qué punto lo dejé.