Nueve con noventa y nueve Capítulo 1 — Rutina
3%
Nueve con noventa y nueve

Nueve con noventa y nueve

Por Oscar Broullon

© inepub.com

Capítulo 1 — Rutina

El despertador suena a las siete. No es un sonido estridente, sino un pulso electrónico que sube de volumen hasta que deslizo el dedo por la pantalla del móvil.

La habitación está a media luz. Por la rendija de la persiana entra una claridad gris que basta para delatar el polvo sobre la cómoda: la clase de suciedad que no altera una vida, pero sí la define.

La claridad es seca, ya anuncia calor antes de que el sol despunte sobre los bloques de la periferia.

Cojo el móvil de la mesilla. Tengo una notificación de Marta Vidal en la pantalla. Un mensaje de WhatsApp. No lo abro. La pantalla se apaga con el nombre de Marta todavía visible. No la reactivo. Dejo el móvil boca abajo, nuevamente, sobre la mesilla.

Me levanto sin encender la luz. El suelo está tibio bajo los pies, como si la casa hubiese conservado durante la noche el calor del día anterior.

Camino hasta el baño y me lavo la cara con agua fría.

La luz del espejo me marca las ojeras con demasiada precisión.

No tengo mala cara, tampoco buena. Tengo la cara de los días laborables.

Me afeito por costumbre, aunque apenas hay barba. La cuchilla raspa la piel con un sonido seco. Dejo correr el agua unos segundos y observo cómo la espuma desaparece por el desagüe.

Bebo el café de pie, en la cocina. El sabor es metálico, un residuo de la cafetera que no he limpiado en tres días.

Miro por la ventana. La calle es una línea de asfalto que se pierde entre edificios neutros, fachadas de ladrillo visto y balcones donde la ropa tendida cuelga lacia, sin aire que la mueva.

En la acera de enfrente, una mujer arrastra un carrito de la compra vacío.

Un repartidor deja una caja junto al portal del bloque de al lado, hace una foto con el móvil y se marcha sin llamar a ningún timbre.

Nadie parece haberse instalado del todo en este barrio.

El apartamento tampoco tiene mucho que decir.

Un sofá gris, una estantería con más libros comprados que leídos, la tablet con la última página abierta de una novela inglesa que avanzo por costumbre, no por placer.

En la cocina, una sartén limpia y una mancha de cal alrededor del grifo.

Dejo la taza en el fregadero, y el ruido de la cerámica contra el metal es el único sonido en la casa.

El trayecto al banco es un ejercicio de memoria muscular.

Cruzo la ciudad por la avenida principal, una sucesión de fachadas de cristal que reflejan el cielo sucio.

Los carteles luminosos anuncian servicios de limpieza dental, créditos rápidos, academias de idiomas.

En cuatro manzanas se puede corregir la sonrisa, refinanciar una deuda, apuntarse a un gimnasio y contratar un seguro de vida y hacerlo todo en otra lengua.

El aire acondicionado del coche emite un silbido agudo sobre el olor a plástico caliente del salpicadero.

En la radio, un tertuliano económico habla de confianza del consumidor.

Cambio de emisora antes de que termine la frase.

Una canción de hace diez años ocupa el habitáculo durante dos semáforos.

Después la apago. Afuera, el calor de mayo empieza a ablandar el asfalto, y los peatones cruzan deprisa los pasos de cebra, con la cabeza baja y los ojos fijos en el móvil en su mano.

Nadie mira a nadie más tiempo del necesario.

Los coches van ordenados, cada uno ocupa su carril y avanza cuando le toca.

Aparco en la plaza asignada en la planta menos dos, la treinta y cuatro de la columna H.

El sótano huele a hormigón húmedo y a combustible quemado.

Es un espacio de techos bajos, iluminado por fluorescentes que parpadean con una frecuencia que termina por golpear en las sienes.

Hay charcos antiguos cerca de las juntas de dilatación.

No sé de dónde sale el agua. Nadie lo sabe.

El edificio tiene sus propias filtraciones y todos fingimos que forman parte del diseño.

Cierro el coche. Compruebo dos veces que las luces quedan apagadas. Me dirijo hacia los ascensores.

Marta está junto a las puertas, con una carpeta apretada contra el pecho y el móvil en la otra mano.

Lleva una americana clara sobre una camiseta blanca, el pelo castaño recogido en un moño, con algunos mechones sueltos junto a la cara.

No parece arreglada para llamar la atención.

La llama igualmente. Levanta la vista cuando me acerco.

—Hola, Pablo. Te he mandado lo de la campaña —dice—. Cuando puedas.

Asiento.

—Hola. Lo veo al subir.

—Es poca cosa. Comercial quiere tenerlo antes de las diez.

Las puertas del ascensor se abren. Marta entra primero, sin esperar a que yo conteste nada más.

El interior conserva una huella de grasa en el espejo, a la altura de una frente.

Pulso la cuarta planta. Marta se coloca a un lado, revisa algo en la pantalla de su móvil y sonríe.

Yo miro los números en el panel luminoso.

El ascensor sube desde la planta menos dos con una vibración leve.

Menos uno. Cero. Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Seis plantas dentro de una caja de acero, dos empleados mirando sitios distintos para no tener que sostener una conversación antes de la primera reunión del día.

Su presencia junto a la mía sin tocarse: dos cuerpos trasladados por el mismo mecanismo hacia el mismo lugar.

Las puertas se abren.

—Luego tenemos la reunión con Comercial —dice al salir—. No llegues tarde a esa.

Lo dice sin detenerse.

Su bolso roza la puerta. Salgo antes de que vuelva a cerrarse.

Camino hacia mi mesa. Mi oficina es un cubículo abierto, delimitado por mamparas de cristal translúcido que no aíslan el sonido pero sí la visión.

Esa es la lógica del edificio: nadie está solo del todo y nadie está acompañado de verdad.

La luz entra desde una fachada de cristal orientada hacia otra fachada de cristal, y entre ambas queda un patio técnico donde las máquinas de climatización expulsan aire caliente durante todo el día.

Andrés ya está en su puesto de trabajo. Tiene el portátil abierto y un yogur de cereales a medio terminar sobre el escritorio. Siempre come el mismo. Siempre lo remueve demasiado. Me saluda con un gesto vago, sin mover la vista de una hoja de cálculo.

Me siento. Abro la sesión. El ventilador del ordenador empieza a girar, un zumbido que se suma al murmullo de la oficina: teclados, impresoras, pasos sobre moqueta, alguien grapando documentos con una violencia innecesaria.

En la pantalla, el cursor parpadea, un pulso constante, una cuenta atrás que no se detiene.

Dejo mi móvil sobre el escritorio. Lo activo, el mensaje de Marta sigue ahí, sin leer. No lo abro. Todavía no.

Vuelvo al ordenador, reviso el correo. Hay diecisiete mensajes nuevos.

Tres son urgentes y ninguno lo es: un informe de validación pendiente, una cadena de respuestas sobre una incidencia que ya se resolvió ayer, una convocatoria de reunión enviada a las siete y cuarenta y dos, como si tanta antelación medida en minutos pudiera seguir llamándose antelación.

La mañana transcurre entre correos que no dicen nada y llamadas que se olvidan en cuanto cuelgas, el sostenimiento de una inercia que nos mantiene a todos en nuestros sitios.

El aire no cambia. Tampoco el ruido de las impresoras.

Andrés se levanta para ir a por agua. Se detiene un momento junto a mi mampara.

—¿Has visto la nueva circular? —pregunta.

—No. ¿Qué circular?

—Cambian otra vez el protocolo de validación de campañas. Ahora Marketing tiene que pasar por Riesgos antes de subir nada a Cliente. —Mira hacia el pasillo—. Marta estará encantada —agrega.

—Seguramente.

—Dice Nuria que vienen semanas divertidas.

Andrés pronuncia la palabra divertidas como si pudiera aplicarse a un formulario.

—Nuria siempre es optimista —dice.

—Nuria no es optimista. Nuria nunca lee los adjuntos, por eso no se entera.

Se ríe con la nariz y se aleja hacia la máquina del agua. Andrés siempre sabe de las noticias antes de que ocurran; es su forma de sentirse seguro en un sistema que no conoce la lealtad. Lo veo alejarse por el pasillo. El sonido de sus pasos es absorbido por la moqueta.

Entonces abro el mensaje de Marta.

«Pablo, necesito que me revises el acceso de la campaña antes de la reunión. Prometo no tocar nada sin tu bendición técnica».

Lo leo una vez y después otra. No hay nada especial en la frase. Una petición laboral, una broma mínima, el tipo de mensaje que se escribe a las siete de la mañana porque el trabajo ya ha invadido incluso el trayecto entre la cama y la ducha. Bloqueo el teléfono y lo dejo junto al teclado.

Vuelvo a la pantalla del ordenador, selecciono la aplicación de riesgos del banco. Me pide la contraseña, la tecleo. El sistema me da la bienvenida con una frialdad algorítmica que agradezco. Abro el primer expediente.