Nueve Caminos Hacia Uno El Tapiz, Casi Terminado
3%
Nueve Caminos Hacia Uno

Nueve Caminos Hacia Uno

Por Luis Miguel Gallardo

© inepub.com

El Tapiz, Casi Terminado

Antes de que ninguna de ellas naciera, una mujer en Guatemala comenzó a tallar piedras.

No sabía para quién. La madre de su madre le había dicho, en un sueño, que las piedras un día encontrarían su camino.

Así que talló —una piedra al año, nueve piedras a lo largo de cincuenta y un años, cada una del tamaño de una mano cerrada, cada una con un dragón dormido dentro, cada una con cuatro palabras en una lengua más antigua que el español—, sin saber, en ninguno de aquellos cincuenta y un años, a quién estaba destinado lo que tallaba.

La piedra sí lo sabía.

Nueve mujeres que aún no se conocían entre sí, avanzando, en este momento, hacia nueve tardes que tampoco se parecen entre sí.

Una va por un camino polvoriento, cerca de una pirámide cuyo nombre su abuela solía pronunciar mientras dormía.

Otra está a punto de olvidar la palabra aspirina en la decimosexta planta de un hospital de Bombay.

Otra está en una azotea de Estambul; ha bebido su café demasiado deprisa y está a punto de realizar un pequeño whirling alrededor de la tetera —el giro de los derviches— en un gesto que llevaba ocho años sin hacer.

Otras seis están más cerca de recordar de lo que creen. Dos no creen todavía que vayan a venir.

Ya se reunieron antes, en otros siglos, bajo otros nombres.

En un desierto intercambiaron agua. En un bosque intercambiaron silencio.

Bajo una pirámide de piedra tan grande que la propia piedra recordaba, acordaron una vez algo cuyo nombre se ha borrado desde entonces de todas las lenguas que aún se hablan en la tierra.

Bajo una catedral, algunos siglos después, se perdieron unas a otras —del modo en que nueve pierden a nueve, que es cuando les dicen, en la lengua nueva, que nunca fueron parientes.

Cada dispersión sembró una semilla. Cada semilla esperó.

Ahora el siglo se ha estrechado hasta convertirse en la ventana que los Guías llevan tiempo nombrando en los lugares silenciosos.

El programa de aprendizaje a través del sufrimiento ha completado su largo curso.

Sus exámenes han sido corregidos. Sus alumnos han sido, en la expresión particular que emplean los Guías, declarados listos.

Lo que viene no tiene aún nombre en ninguna lengua que se hable sobre la faz de la tierra.

Lo que viene no exige conversión, ni persuasión, ni derrota.

Exige, simplemente, que las almas despiertas necesarias, no todas, solo las suficientes, recuerden el patrón a tiempo de sembrarlo —en silencio, con precisión, en sus propias cocinas, en sus propias azoteas, en sus propios círculos pequeños y particulares— antes de que el vacío se llene de otra cosa.

Lo que esté disponible será lo que se instale. Así funcionan los vacíos. La única pregunta es de quién serán las manos que lo instalen.

Nueve esta vuelta. Ocho que ya empiezan a removerse, sin saber de la novena, que todavía se niega. Sin saber, casi todas, unas de otras. Sin saber, casi todas, del reloj.

El reloj no asusta a la llama. La llama lleva mucho tiempo contando.

La primera de las nueve se acerca a la base de una escalinata que está en sombra. Lleva, en el bolsillo trasero, un papel con su propio nombre escrito y una línea en blanco debajo. Lleva tres años cargando ese papel. Cree que ha venido a ver la serpiente.

Ha venido porque una abuela cuya voz ya casi no logra oír solía decir la frase nou kin kuch a las plantas cuando las regaba.

Ha venido porque la primera de las nueve piedras —tallada en el invierno de 1974, cuando su madre tenía diez años— lleva cincuenta y un años esperándola junto a un lago de Guatemala.

La piedra ha sido muy paciente.

La rueda giró. Los vientos comenzaron.