Capítulo extra — Taylor
—Está tramando algo, ¿verdad? —le susurro a Hunter en cuanto colgamos la videollamada con nuestra novia.
—Seguro. Pero siempre cree que puede ocultárnoslo —asiente mi novio, ya tumbado a mi lado en la cama gigante.
Llevamos seis meses viviendo juntos, y todavía me parece demasiado bueno para ser verdad.
Nuestra vida sigue siendo un constante ir y venir, con Hunter jugando en Italia, yo en EE.
UU. y Laila compitiendo en varios lugares del país y del mundo.
Por eso, después de un año saliendo, vimos que no tenía sentido que cada uno tuviera un apartamento cuando necesitábamos aprovechar al máximo cada momento precioso juntos.
Compramos una casa de tres plantas en una urbanización de lujo, y nos divertimos mucho decorando cada rincón. La cama y el colchón se hicieron a medida para tres personas, teniendo en cuenta que dos somos tipos muy altos.
Y sí, fue muy difícil meter esa cosa monstruosa por todas las puertas de la casa hasta llegar a nuestra habitación. Pero valió mucho la pena.
—Apuesto por un nuevo juego de pijamas a juego —dice Hunter, que decide acurrucarse en mi pecho en lugar de usar una almohada. Me río de su ocurrencia y le acaricio el pelo rubio.
—Mmm... es muy posible. Pero yo apuesto por ropa de baño, para el viaje y que pueda hacernos muchas fotos —comento, y ahora es él quien suelta una risita.
—Con batas incluidas —añade, y asiento.
—Obviamente —digo, y siento su sonrisa contra mi torso desnudo.
Era muy agradable tenerlo en casa, y en unas horas el vuelo de Laila aterrizaría en Boston, lo que completaría mi felicidad. Por fin estábamos todos de vacaciones, y en dos días viajaríamos juntos a las Bahamas para descansar, tomar el sol y tener sexo durante tres semanas maravillosas.
Estaba contando las horas hasta que todas las piezas de mi corazón estuvieran pegadas a mí, como Hunter lo estaba ahora.
—Me quejo, pero en el fondo me parece tierno cuando todos hacemos juego como una familia de verdad —añade con su voz tranquila, sin darse cuenta del vuelco que da mi corazón cuando dice familia.
Sí, esos dos eran sin duda mi familia. Y si aceptaban la propuesta que estaba planeando, nos casaríamos, aunque fuera de manera extraoficial, y tendríamos hijos.
Se me revuelve el estómago de los nervios solo de pensar en pedirles la mano. No creo que ni siquiera respire bien hasta el momento en que digan que sí...
Y joder, solo con imaginarme a Laila embarazada me dan ganas de llorar de emoción. Será una madre maravillosa. Y Hunter también será un padre estupendo...
Carraspeo para sacudirme la emoción antes de ponerme a llorar como un tonto. Aprieto a mi novio aún más fuerte contra mí.
—A mí también me gusta, pero no se lo digamos, o pronto hasta nuestros cepillos de dientes harán juego —replico, y Hunter se ríe mientras asiente—. ¿Intentamos dormir temprano o vemos algo?
Levanta la cabeza para mirarme, y veo su expresión somnolienta.
—Puedes encender la tele si quieres, pero yo voy a quedarme frito en los primeros cinco minutos de cualquier programa —me advierte, antes de darme un beso en los labios y volver a tumbarse en mi pecho, echándose la sábana por encima.
Había aterrizado de Italia hacía unas horas y debía de estar realmente agotado.
—Alexa, modo dormir —le pido al dispositivo de mi mesita de noche, y la IA obedece rápidamente: apaga las luces de nuestra habitación y pone la tele a bajo volumen.
Friends se ilumina en la pantalla, una de mis series favoritas para relajarme, y me acomodo más en las almohadas, seguro de que también me dormiré pronto.
Y cuando me despierte, mi chica también estará conmigo.
Cuando llegamos a la casa de playa alquilada en Eleuthera, una de las islas de las Bahamas famosa por sus arenas rosadas, respiro el aire fresco y húmedo, aliviado. ¡Nada de aire reciclado de avión durante al menos unas semanas!
Arrastro las maletas por la pequeña escalera hasta el porche, seguido de Hunter.
Laila ya se había colado dentro unos segundos antes.
Como optamos por privacidad total, no vino con nosotros ningún equipo de seguridad ni personal de servicio, y elegimos una casa justo en la orilla, tan aislada de las demás que parece que la playa de aguas cristalinas es solo nuestra.
Dejo las maletas junto a la puerta y me giro para contemplar la vista. Respiro hondo una vez más, intentando llenarme los pulmones con toda la paz que nos transmite este lugar.
Siento a Hunter acercarse por detrás.
—Joder, qué bonito es esto —comento cuando la mano de Hunter se posa en mi hombro.
—Es increíble —coincide, y lo oigo suspirar también.
—¿Qué tal si los guapos meten las maletas de una vez, para que todos podamos correr a ese océano? —dice la voz de Laila a mi espalda, y me giro para mirar a mi pequeña mujer.
Lleva un crop top azul claro y una falda larga blanca de tela ligera que le da un aire totalmente angelical. Su expresión, sin embargo, es traviesa: nos mira con una ceja levantada, una sonrisa ladeada y ambas manos en su estrecha cintura.
Le dedico una gran sonrisa.
—Sí, señora.
—Como madame desee —añade mi novio, y Laila le saca la lengua antes de darse la vuelta y enfilar el pasillo donde imagino que están los dormitorios.
Después de meter todo dentro, no tenemos paciencia para guardar nada en los armarios todavía; solo nos ponemos la ropa de baño, que sí, hace juego, toda con un estampado de hojas en varios tonos de verde, y corremos a la playa.
Son más de las dos de la tarde y el sol todavía pega fuerte, pero con mucho protector solar y una sombrilla enorme justo al lado del agua, podemos pasar horas allí bronceándonos, jugando en el agua y hablando de todo lo que pasó mientras estuvimos separados.
Es el paraíso, sin más.
Cuando el sol por fin se pone, estamos sentados en la parte poco profunda del mar, con las pequeñas olas acariciándonos suavemente. Laila está en mi regazo mientras Hunter me abraza por detrás y apoya la cabeza en mi hombro.
—¿Qué hacemos para cenar? —pregunto, y mi novia gira la cabeza para mirarme.
—¿Qué tal espaguetis con salsa de gambas? Tenemos los ingredientes y es rápido de hacer.
—Mmm, me gusta. ¿Trajimos vino blanco? —pregunta Hunter.
—Por supuesto, mi amor, puse la marca chilena que te gusta en la nevera portátil —digo, y el rubio me planta un beso en la mejilla.
—Perfecto. ¿Y de postre? —continúa Hunter, y ni siquiera me da tiempo a pensar, porque Laila se retuerce en mi regazo hasta quedar sentada de frente a nosotros, con su sonrisa sucia.
—Tengo una idea... —dice, y me da un beso y luego otro a Hunter—. Si vosotros dos estáis dispuestos.
Veo una ligera inseguridad en sus ojos mezclada con la emoción, y me pica la curiosidad.
—Dinos, Jaan —uso el apodo que Hunter le dio y que yo robo de vez en cuando. También me gusta llamarla Meri Rani, que significa «mi reina» en hindi.
Laila se muerde el labio inferior y baja la mirada, de repente avergonzada.
¿Qué demonios estaba pasando aquí?
—Compré un arnés... —confiesa, y alzo las cejas sorprendido—. Y quería follar a uno de vosotros con él... O a los dos... —termina, y por fin levanta la mirada hacia nosotros.
Hunter silba emocionado, sin necesidad de responder con palabras. Yo le dedico una sonrisa sucia a mi mujer.
—¿Así que de postre quieres nuestros culos, mi amor? —respondo, y aunque la poca luz del atardecer no me deja verlo, estoy seguro de que sus mejillas arden de vergüenza.
Este lado sucio y a la vez tímido es raro en ella, pero me parece particularmente adorable. Laila se muerde la punta de la lengua mientras asiente. Hunter pasa el brazo por encima de mi hombro y agarra a nuestra novia por la barbilla, haciéndola jadear.
—Así que esto es lo que estabas escondiendo, ¿eh? —pregunta el jugador, y ella asiente de nuevo, pero él le presiona los dedos con más fuerza contra la piel—. Quiero oír las palabras, Jaan.
Mis manos en su cintura me permiten sentir cómo se estremece.
—Sí, eso era. Lo compré en Milán, después de la primera mañana de la competición —confiesa, y Hunter le desliza el pulgar bajo el labio inferior.
—¿Y estrenaste ese juguete allí? —continúa el interrogatorio, y un calor intenso me recorre todo el cuerpo. Me encanta esa voz autoritaria suya, ya sea conmigo o con Laila.
—S-sí.
—¿Te lo metiste en ese coñito ansioso mientras pensabas en usarlo con nosotros? —es mi turno de preguntar, porque no puedo resistirme, pero al segundo siguiente siento la otra mano de Hunter enroscarse en mi nuca y me muerde la oreja.
—Yo soy quien hace las preguntas aquí, cariño —exige, y es mi turno de estremecerme—. Pero responde a su pregunta, mi amor.
Laila saca la punta de la lengua y lame el dedo de Hunter. Sus pupilas dilatadas y su sonrisa de diablilla me dicen que toda la vergüenza ha desaparecido, sustituida por pura lujuria.
—Sí. Me quedé en esa habitación de hotel pensando en follarme a uno de vosotros mientras el otro me folla por detrás —confiesa, y solo con imaginarlo ya se me hace la boca agua.
—Eres una guarrilla incorregible y deberías recibir unos azotes por haberte divertido sin siquiera hacernos una videollamada —comenta Hunter, y veo a Laila morderse la punta de la lengua—. Pero hoy seré bueno. Solo porque me muero por verte con el arnés puesto.
—Yo también —digo mientras deslizo una mano hasta su pecho y le aprieto el pezón duro bajo el bikini. Laila jadea.
—Voy a decirte cómo va a funcionar esto, guarrilla: voy a enseñarte a follarte a Tay. Si consigues que se corra sin tocarle la polla, entonces podrás follarme a mí. ¿Trato hecho?
—Sí, señor —decimos mi novia y yo al mismo tiempo.
—Entonces corred a la casa antes de que no pueda resistirme y os folle aquí mismo en la arena —ordena, y yo alzo las cejas. Laila suelta un chillido de emoción y se levanta de un salto para salir corriendo hacia la casa de madera blanca. Nosotros vamos justo detrás.