Capítulo 28 — Taylor
Me despierto con el timbre insistente de mi teléfono. Oigo a Hunter gruñir y cubrirse la cabeza con la almohada mientras intento a tientas coger el móvil y llevármelo a la oreja.
—Diga.
—Sr. Carter, disculpe la hora, pero es urgente —anuncia una voz grave que no reconozco.
—¿Quién es? ¿Qué hora es? —pregunto, todavía aturdido por el sueño.
—Blake Wolf. Son poco más de las cuatro de la madrugada ahí en París, pero he descubierto la identidad del chantajista y necesito saber cómo prefiere que proceda.
Eso me despierta de golpe y me incorporo en la cama.
—Joder. Vale. ¿Está seguro?
—Sí, señor.
—Déme un minuto para despertar a Laila y Hunter, por favor —pido, y lo oigo aceptar.
Dejo el teléfono en la mesita de noche y despierto a los dos.
Laila espabila bastante rápido, sobre todo después de que le explique el motivo.
Hunter todavía parece un zombi, pero consigo que los dos se sienten a mi alrededor, y vuelvo a coger el teléfono, lo pongo en el centro y activo el altavoz.
—Vale, puede contarnos lo que ha encontrado.
—Su acosador/chantajista fue relativamente inteligente, pero yo soy mejor —comienza Blake, con voz firme y decidida—. Los correos electrónicos procedían de cuentas temporales, y el dinero en esa criptomoneda específica era imposible de rastrear.
Los tres suspiramos frustrados al escucharlo, porque sabíamos que esa era una posibilidad.
—Sin embargo, no fue especialmente cuidadoso a la hora de vigilarles. Solo cuatro personas estuvieron en su habitación durante las últimas semanas: su representante y tres empleados de limpieza del hotel.
Contengo la respiración y el corazón me late más rápido, porque algo me dice que no me va a gustar lo que Blake está a punto de revelar.
—Pero necesitaba alguna prueba para vincular la situación con el culpable, ¿verdad?
Así que ofrecí al personal una recompensa en efectivo por informar de cualquier cosa fuera de lo normal, cualquier cosa que al menos levantara sospechas.
Y funcionó. Una empleada de la limpieza recordó haber visto a Lucca salir de su habitación con un objeto decorativo, lo que le pareció extraño, ya que no era algo del hotel, pero tampoco le pareció gran cosa, así que lo dejó pasar.
Pero conseguí captar ese momento en las grabaciones, y era una miniatura del Arco del Triunfo.
Mientras Blake lo cuenta, recuerdo el pequeño objeto que pasó unos días junto a la cafetera y que pensé que era algún recuerdo que Laila o Hunter habían comprado. Ni siquiera me di cuenta de cuándo desapareció.
—Esa era la cámara oculta —dice, y se me cae el alma a los pies.
No puede ser.
¡Simplemente no puede ser!
La pareja a mi lado me mira con preocupación al comprender lo mismo que yo.
—¿Está seguro? —pregunto, deseando con todas mis fuerzas que sea mentira, porque no puedo haber sido engañado tan fácilmente.
¡Lucca ha estado a mi lado todos estos años!
¿Cómo es posible que alguien capaz de hacerme tanto daño estuviera justo delante de mí todo el tiempo sin que yo siquiera sospechara?
—Sí. Como mencioné, no fue muy listo en ese sentido.
La compra se hizo desde su cuenta de Amazon y se entregó aquí en el hotel mientras ustedes estaban en Lille.
Lucca la instaló el mismo día, cuando no había nadie en la habitación, y la retiró horas antes de reaparecer en su habitación para contarle lo del chantaje que supuestamente había recibido.
Siento cada músculo de mi cuerpo tensarse de dolor e ira, y me resulta imposible quedarme ahí sentado.
Me levanto de la cama de golpe. Tengo el pecho tan oprimido que apenas puedo respirar, así de intensa es la sensación de traición.
Voy a la ventana todavía con el teléfono en las manos porque necesito un poco de aire o acabaré asfixiándome dentro de esta suite.
—Todo este tiempo... Mi propio primo —digo, devastado, mientras intento contener las lágrimas que se me acumulan.
—Sí. Lo siento mucho —confirma Blake, y apoyo la frente contra el cristal de la ventana. La ciudad allá abajo todavía duerme, ajena a que aquí dentro mi mundo se está derrumbando.
Noto caricias en la espalda y los brazos, y dejo que Laila y Hunter se coloquen a mi lado, intentando darme fuerzas con su presencia.
—¿Por qué? —pregunto, aunque sé que nadie allí puede darme la respuesta. Solo mi canalla de primo.
—Por lo que he podido investigar en este poco tiempo, sospecho que su primo tiene una adicción al juego y está acumulando deudas —dice el hombre, y siento las primeras lágrimas rodar por mi rostro.
Mi propia familia. Una persona que creció conmigo, a quien siempre quise y en quien confié ciegamente, había intentado destrozar mi vida y también la de las personas de las que me había enamorado. Hunter y Laila me abrazan torpemente, pero en este momento estoy tan fuera de mí que apenas lo siento.
—Y ahora necesito que me diga qué quiere que haga.
Mi equipo está en la recepción esperando instrucciones.
Podemos intentar que vaya a la policía discretamente, o bien llamarla al hotel para que lo arresten.
De cualquier manera, la decisión debe tomarse ahora, antes de que su primo se despierte, vea que he eliminado todas sus redes sociales y su correo electrónico, y piense en huir.
Y también porque la ciudad todavía está despertando, y en caso de complicaciones, no llamaríamos tanto la atención.
Millones de cosas me pasan por la cabeza cuando me pongo a pensarlo. Recuerdos de momentos juntos. De todas las cosas que le confié durante estos años. Todas las veces que me abrí a Lucca, porque lo consideraba uno de mis mejores amigos.
—No se irá voluntariamente. Puede llamar a la policía —digo, mientras el corazón se me rompe en pedazos.
—De acuerdo. Louis está ahí y les avisará cuando llegue la policía francesa.
—Vale —confirmo en un susurro, pero entonces recuerdo algo importante—. ¿Puede pedirle a Louis que ofrezca lo que haga falta por el silencio del personal? Sé que no hay forma de evitar que se filtre, pero cuantas menos fuentes, mejor.
—Por supuesto, haremos lo que podamos.
Le doy las gracias antes de despedirme y colgar. Intercambio una sola mirada con Laila y Hunter antes de desmoronarme por completo.
Toda la escena es tan deprimente y horrible que me duele aún más el pecho.
Nos vestimos después de que consigo recomponerme un poco, y bajamos a la recepción para esperar con Louis.
La policía llegó poco después, y ahora observo cómo arrastran a mi primo hacia el ascensor.
Se retuerce y maldice, incluso esposado, y los agentes parecen a punto de perder la poca paciencia que les queda. Louis me mira antes de preguntar:
—¿Le gustaría hablar con él?
No creo que vaya a ayudar en esta situación de mierda, pero asiento, porque necesito saber. Louis les hace una seña a los guardias y traen a Lucca hasta dejarle a unos metros de mí.
Apenas reconozco el rostro desencajado del hombre al que consideraba casi un hermano.
—¿Por qué? —es lo único que logro preguntar, y él me responde con una sonrisa desdeñosa.
—¡Porque me robaste toda mi maldita vida, idiota! ¡Te llevaste todo lo que se suponía que era mío! —ruge, y abro los ojos de par en par.
—¿Perdona?
—¡Así es! Yo te metí en el baloncesto. Te enseñé todo lo que sabes, ¡y me lo agradeciste quitándome toda mi carrera!
—¡Tuviste un accidente! Y yo tenía quince años, ¿qué demonios crees que hice? ¿Plantar el árbol contra el que te estrellaste? ¿Poner el semáforo en rojo telepáticamente para que perdieras el control del coche? —contraataco, indignado, y doy un paso hacia él.
—¡Solo estaba en ese coche a esa hora porque mi madre me obligó a ir a recogerte de tu maldito entrenamiento! —Sus palabras me hacen retroceder, porque nunca supe eso.
—¡Eso es mentira! —digo, y él resopla.
—Mentira mis cojones. Mi madre me llamó y me dijo que fuera a recogerte, ¡porque el príncipe no merecía cansarse tanto caminando!
Así que tuve que irme de la fiesta en la que estaba con mis amigos para ir a buscarte.
¿Nunca te diste cuenta de que el accidente ocurrió a tres manzanas del gimnasio, idiota?
—No, yo...
—¡Y mi madre incluso me prohibió hablar de ello! Dijo que te sentirías culpable y que no había razón para eso, ya que «no fue más que una triste tragedia» —dice, imitando la voz de mi tía en esa última parte. Trago saliva y lo miro con indignación.
—Lamento que te dieran esa tarea, pero ¿de qué podría tener yo la culpa?
¡Tú eres quien no vio que el semáforo cambiaba e intentó frenar para no golpear un camión, y acabaste estrellándote contra el árbol!
¡Podría haber pasado en cualquier lugar del mundo y cualquier día!
—argumento, pero Lucca solo niega con la cabeza.
—¡No! ¡Es tu culpa! ¡Y después de eso todavía te pasaste cada día de tu vida dedicado a humillarme! ¡A robarme la vida y restregarme en la cara en quién podría haberme convertido!
Se me cae la mandíbula, de lo absurdo que es.
—¿Te estás oyendo? ¡Yo solo viví mi maldita vida! Si tú te quedaste en un rincón rumiando todo y viendo pasar la vida, ¿de qué tengo yo la culpa?
—¡De todo! —ruge con odio, con la voz incluso más aguda de lo habitual—.
¡Y todavía tuviste el descaro de hacerme trabajar para ti!
¡Reforzando mi humillación cada maldito día!
—dice, y hace una pausa solo para reír como un completo demente—.
¡Había perdido todo para servir al príncipe del baloncesto, y todavía me veía obligado a hacerlo cada día de mi maldita vida!
—¡Tú solicitaste el trabajo, imbécil! ¡Y básicamente te hice rico junto conmigo! —respondo, tan atónito por toda la situación que me siento como en una película de muy mal gusto—. ¡Con cada contrato firmado, tu salario subía más!