Capítulo 27 — Laila
Si vamos a ver este desastre con optimismo, muchas celebridades ya han sobrevivido a que se filtraran sus fotos y vídeos de desnudos.
Yo también podría, ¿no? No era famosa, pero sí rica.
Bueno, quizás un vídeo mío en un trío me haría famosa.
¿Debería plantearme convertirme en la próxima Kim Kardashian?
Por otro lado, podría arruinarme la vida sin más. ¿Tendría la Federación de Gimnasia alguna norma sobre conducta sexual inapropiada de los atletas? Debería investigarlo.
Mi padre también podría cambiar de opinión cuando viera el vídeo y, en lugar de intentar ayudarme, decidir desheredarme por completo. A mi madre le daría un infarto, seguro. Mis hermanos se cambiarían de apellido para no estar vinculados a mí.
Pero esas últimas opciones podrían ser solo cosa de mi ansiedad. Esa perra desalmada que vive dentro de mi cabeza sin pagar ni el alquiler.
Muy al contrario, me hacía pagar a mí los medicamentos que la mantenían un poco más a raya.
Repito: perra desalmada.
¡Y si no paro de darle vueltas a todo esto, el próximo medicamento que tendré que conseguir será para la locura!
Respiro hondo y paso unos buenos minutos haciendo ejercicios de respiración antes de tener que salir al pabellón donde voy a competir en breve.
Por la mañana, había sobrevivido a las rondas clasificatorias de grupo.
Aunque desde luego no estaba en mi mejor momento, logré concentrarme lo suficiente para ejecutar las dos rutinas de grupo sin errores importantes, primero con el aro y luego con la cinta.
Mis chicas y yo pasamos a la final en quinto lugar y competiríamos por la medalla al día siguiente.
Era tiempo suficiente para recuperarme del todo.
Tenía que serlo.
Pero no quedaba ni un solo minuto de preparación antes de los eventos individuales del concurso completo.
Salgo del vestuario hacia el pabellón donde están instalados todos los aparatos de gimnasia. Hay cientos de personas en las gradas, haciendo mucho ruido y animando a sus países, pero prefiero no fijarme en eso, o podría sobreestimularme.
Encuentro a Ivanka y Teresa en la zona asignada a EE. UU. y las abrazo. Éramos las únicas que habíamos pasado en esta categoría. Las otras chicas querían quedarse para animar, pero Ivanka las mandó de vuelta al hotel a descansar y prepararse para el día siguiente.
Evito mirar a quien esté compitiendo en el tapiz en este momento y me concentro solo en mí misma. Reviso mi aparato meticulosamente, me quito los pantalones cortos del uniforme para quedarme solo con el maillot y me pongo las zapatillas de media punta.
Cuando la música de la gimnasta actual llega a su fin, sé que me toca a mí y que empezaré con la cinta, así que la cojo rápidamente.
Mi entrenadora me dedica unas últimas palabras de aliento, al igual que Teresa cuando me abraza de nuevo.
—Sal ahí y arrástralo, Lalik. Recuérdales a todos por qué ganaste el último campeonato mundial —dice mi amiga, y sonrío agradecida.
La verdad, que les den por culo lo que piensen de mí mañana. Seguía siendo una puta estrella. Tenía docenas de medallas para demostrarlo, incluido un bronce de Tokio.
Era jodidamente buena y lo demostraría una vez más.
Saludo a los jueces con una enorme sonrisa y tomo mi posición inicial en el tapiz. En el momento en que suenan los primeros acordes de «ITSAHELL!», la música de mi ejercicio, mi cuerpo se mueve instintivamente.
La cinta se convierte en una extensión de mí misma.
La muevo para expresar todo lo que siento, toda la ira, la indignación y la fuerza atrapadas dentro de mí.
Giro, salto, bailo y me entrego por completo.
Lanzo el accesorio, en blanco, verde y negro, al aire varias veces con la esperanza de que forme un efecto hermoso y lo bastante impactante como para combinarse con mi maillot rojo brillante.
Son solo setenta y cinco segundos de ejercicio, y estoy un poco jadeante cuando termino, pero inmensamente feliz.
Simplemente sé que lo hice bien, incluso antes de ver mi puntuación.
No perdí la concentración ni un solo segundo y no cometí ningún error.
Confirmo la sensación cuando veo a Ivanka con una sonrisa poco habitual en ella, y a Teresa prácticamente dando saltitos de emoción mientras regreso al banco.
Quedaban tres de los cuatro eventos, pero iba a conseguirlo.
Por solo un segundo, dejo que mis ojos se desvíen hacia las gradas en busca de las dos personas que más me importan. Encuentro a Hunter y Taylor cerca, a mi derecha, con enormes sonrisas orgullosas. Les lanzo un beso y siento un calor reconfortante en el corazón.
Iba a ganar y a hacerlos sentir orgullosos. Pero, sobre todo, iba a ganar por mí misma y por todo aquello por lo que había trabajado tan duro toda mi vida.
Bajo la mirada por lo que debe de ser la milésima vez. Aun así, nunca parece real. Siento que voy a despertar en cualquier momento y la medalla de oro que llevo al cuello habrá desaparecido.
La puntuación estuvo muy reñida, pero mi última rutina con el aro, con música india, obtuvo una nota que nunca había conseguido en toda mi carrera.
Ocupé el primer lugar en el podio, por encima de China, que se llevó la plata, y Brasil, con el bronce, y sentí que realmente estaba en el séptimo cielo.
Toda mi familia ya había llamado para felicitarme, e incluso la madre de Hunter hizo una aparición poco habitual por videollamada para hablar conmigo. No es la persona más presente en su vida, y mucho menos en la mía, así que fue toda una sorpresa.
Mis amigas de gimnasia abandonaron su descanso para celebrar conmigo, y pasamos las últimas dos horas en la zona de la piscina del hotel, haciendo el tonto y diciendo tonterías.
Hunter y Tay también estuvieron cerca todo el rato, pero me sentí un poco aliviada de estar por fin a solas de nuevo en nuestra habitación.
Taylor había conseguido una nueva, por cierto.
Una habitación que ya no estaba en el ático, pero seguía siendo grande, y que el equipo de Wolf Security había revisado de arriba abajo.
Además, Blake había conseguido acceso en directo a las cámaras del hotel y ahora estaba monitorizando sobre todo la que había frente a la nueva suite.
En cuanto al chantajista, todavía no había muchas novedades.
Lucca logró comprar las criptomonedas e hizo el pago, y Blake estaba siguiendo el rastro digital, tratando de encontrar al culpable antes de que volviera a atacarnos.
También nos habían devuelto los móviles, y pude ver la publicación de celebración que Sheila había subido a mis redes sociales. Era mi foto del podio, sonriendo tanto que parecía que los mofletes se me iban a salir de la cara. Ridículo, pero auténtico y perfecto.
—Dios, estoy agotada —digo mientras me suelto el pelo del moño clásico y me quito las zapatillas de una patada.
—Me lo imagino, Jaan. Ha sido un día agitado y lleno de emociones, y has estado absolutamente increíble —me dice Hunter, y me da un beso en la frente. Sonrío con dulzura.
—¿Por qué no nos duchamos y luego te damos un buen masaje? —ofrece Taylor, y me muerdo el labio, deseando aceptar.
—Mejor no, vosotros dos también debéis de estar agotados, y las finales son mañana.
Esa es mi respuesta educada, que me vale una doble puesta de ojos en blanco.
—Quítate eso ya y no seas boba, mujer. Nuestra medallista también merece un masaje y un orgasmo antes de dormir. Tu única opción es qué boca quieres —replica Hunter, y me río con malicia.
Empiezo a quitarme la ropa, prenda a prenda, mientras finjo sopesarlos, pensando en cuál elegir.
—No sé... quizá tenga que probar a los dos para decidirme —bromeo, y les guiño un ojo antes de salir corriendo al baño.
Oigo reír a Taylor y a Hunter decir algo como «niña terrible», lo que solo me hace reír aún más.
Si alguien me hubiera dicho que este día tan caótico podría acabar con tanta alegría, jamás lo habría creído.